- COLECCIÓN LITERARIA -

- OBRA  COMPLETA -
 

 


 

 


En éste ensayo pretendo plasmar temas reales expresivas, creadas por los fenómenos naturales expansivos y elocuentes, significativamente graficados en abiertas formulas poéticas metafóricas, causando o generando la originalidad literaria expresiva.


 

SINGULARIDAD INMEDIATA


El día desde su inicio s

 VIENTO DEL TRIGAL

(Ensayo de la prosa persuasiva)

De

ARNULFO MORENO RAVELO

 

-2010-

 

Colección Nº 23


119 págs.

 

LIMA-PERÚ

 

Lima, Jueves 17 de Abril del 2003

 


Autor:

Alipio Arnulfo Moreno Ravelo

Editor:

Hélwis César Moreno Bardales.

Ilustrador:

Hélwis César Moreno Bardales.

Diagramador de la carátula y contratapa.

Hélwis César Moreno Bardales.

Editado por:

Demagraf PERU

Av. Eloy Espinoza Nº 415, Urb. Ingeniería, distrito de San Martín de Porres-Lima.

Revisión y corrección: Dra. Flora Nelly Bardales Flores.

Primera publicación: año 2011

Tiraje: 1,000 ejemplares

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2011-13462

Derechos Reservados del autor D. Ley Nº 822.

Impreso en:

Talleres gráficos de la Empresa Editora: J&O Editores Impresores S. A. C.

Jr. Rufino Torríco Nº 225-Lima.

Diciembre – 2011.

 


 

MANIFIESTO DE LA PROSA PERSUASIVA

 

Después de haber realizado un estudio de las corrientes literarias universales, me permito presentarles este Ensayo de la prosa persuasiva, en donde la estructura conceptual y la forma del lenguaje, no se encuentran sometida menos sujeta a alguna medida y ritmo determinado.

 

En éste trabajo he tomado el inmenso territorio de la naturaleza, expresando sus diversos fenómenos y recursos naturales, en una serie de temas que se armonizan en torno de un ambiente determinado.

 

Induciéndose mediante razones sustentadas, a suscribirse aceptando a creer y obligando a compartir los temas, en torno a una amplia idea subjetiva.

 

Circunscribiéndose a ciertos límites generales de la obra, formando un todo  conteniendo el mayor número de temas que centraliza al entendimiento del pensamiento expresado con palabras de la obra natural literaria.

 

El principal protagonista persuasivo en éste ensayo es la naturaleza, es guía principal de la tesis a seguir una metodología estructuralista, como se podrán observar, que no todos, en los temas nos ponemos de acuerdo, algunos tratan de seguir individualmente su propio camino, en forma netamente natural, siguiendo formas, concertando y conformando ideas, para un mismo anhelo literario.

 

Cuando uno desea crear una obra, el escritor debe sólo desarrollar el contorno perimetral de su personaje, en que se puede posibilitar un pensamiento razonable, enmarcando a lo ideado en una medida adecuada, a la sensación del sentido de la visualidad subjetiva.

 

Todos los escritores siempre buscan una cualidad necesaria, como para tener la consecuencia de la realidad, que se pretende encontrar y alcanzar el objetivo del juicio formado a partir del criterio ideado.

 

El escribir es simplemente un camino para buscar lo ideado, para sentir lo deseado en los sueños y si uno puede expresarlo, debe buscar la forma de decirlo, según lo pensado, con capacidad suficiente de convencer, en una existencia real de la formada imaginación.

 

                                                               Dr. A. Arnulfo Moreno Ravelo

                                                                           Autor del proyecto

 


SINGULARIDAD INMEDIATA

 

El día desde su inicio se abrillantaba con alegría, sobre todos los más alejados cerros resplandecientes, por encima de los puentes ensombrecidos, por el comienzo de los escalonados ríos cristalinos, por los orígenes de los inciertos caminos plateados, por arriba del silencioso pueblo de viejo entejado, toda la naturaleza en superpuesta línea viva se pintaba, hasta perderse sobre los confines de los campos, colmados de verdor en tantas rayas rosadas de eterna juventud.

 

Su aroma de hierba sobrepuesta era encantadora de esencia, todo el ambiente de color esmeralda, se teñía en mantos de fibras brillantes de rocío, las flores perlaban las vertientes de plata humedecida, ese incomparable momento esperado por la gente se iba abrigando a la  distancia, todo parecía haberse derramado el sol radiante, por las mismas hundidas faldas de las doradas cumbres.

 

La gente del pueblo en silencio, había dejado su plácido sueño, ya comenzaban su acostumbrado caminar, por los alrededores del pueblo, bajo las hojas plateadas  de unos cuántos árboles típicos del lugar, ya que pronto se agrandará el día.

 

Los razonamientos de los pobladores, a ésas horas de la mañana, se encontraban perdidos entre una desafinada duda, por las prioridades de las labores cotidianas del día, las miradas de la gente cortaban distancias y la verdad rutilante se calentaba con fuerza los hábitos adquiridos de sus antepasados, como costumbres de formas usuales brotaban por debajo de los recuerdos.

 

El trabajo del día se tenía que realizar, los trigales se encontraban a punto de cegarse, cada poblador se encaminaba hacía sus siembras parceladas, el campo los esperaba ampliamente abierta con la fragancia de las cosechas y con el sabor del pan saliendo del candente horno de barro.

 

La estación primaveral era la propicia del hombre andino, el agricultor creativo de su propia esperanza, el quién con fuerza traza en el vientre de la tierra su propio destino, se alimenta con el sudor de su frente y hace subsistir a su pueblo con el valor de nación, olvidado bajo la sombra, en dónde sólo un viento friolento y humedecido, se extiende de extremo a extremo sobre la lejanía emprendida, siempre seguirá sostenida todo el límpido y azulado cielo.

 


FRONDOSA ARBOLEDA

 

La vida retoñada en la sobresaliente y admirable tierra del campo, espléndida traviesa se levantaba de entre las hojas frescas de las sementeras y entre el tibio aire  se filtraba la propia esencia de la vida del hombre andino en la profundidad del tiempo.

 

He sentido cercanamente el sosiego paternal de la naturaleza y con ansia he comenzado a respirar vida a los cuatro vientos, a veces la lejanía me ha sonreído con un solo gesto de alegría trazada a profundidad del azul cielo del agua.

 

Más que el consuelo, el bullicio de sus caídas, corrían de plata recaída por las quebradas, en su constante discurrir de cristal, decoraban el paisaje de color fluido de tierra regada al amanecer.

 

Luego allá, andaba lejos la gente del pueblo, reflexionando a cerca de algo de inventar, mientras un viento fuerte mecía sin compasión los nacarados trigales, que anaranjados por el calor eran enderezados junto al cielo, para ser llevados rectamente por un mismo camino hacía un determinado lugar en redondo.

 

Las cargadoras mujeres se guiaban unas a otras, mostrando las señas de un improvisado camino, sus intensiones escribían las señas que indiquen a dónde descargar las gavillas de trigo dorado en grandes manojos de fibras de plata, amontonadas en las adecuadas parvas circulares, mirando al cielo del día engrandecido, eran encaminados a un determinado fin de las intensiones y de los pensamientos del día.

 

Las coloridas mujeres con una mirada ausente se alejaban de las extensas parvas de maizales, ajustaban una controversia en su textura opaca de las hondonadas, que posteriormente se verdeaban de mañana junto a los caminos de color friolento de quebrada.

 

El pueblo distinguiendo una cosa de otra, sabían señalar la diferencia que zanjaban entre sus pensamientos, entre ambos extremos expresaban con agudeza e ingenio sus secretos de vertientes, bordeados por las acequias en luz puntual de regadío, en dicroicas luces de reflejo de plata, que al caer el sol algunas presentaban dos colores diferentes, según el nivel de la caída del anaranjado sol o en la dirección en que la gente del pueblo se los mirara en una raya enrojecida de occidente.

 

Desde lejos la gente distinguía a sus paisajes en dos inmensos colores, una la que iluminaba ésa cálida atmósfera, sobre de las miradas abiertas desde el pueblo y la otra, se describía con palabras relevantes a las cóncavas armónicas figuras, delineación profunda ejecutada en claro y oscuro del tiempo, gracias a la imagen dibujada de un cielo grisáceo, que bifurca a los extremos su iluminación suave terminada y de difusa luz gualda concentrada, en una misma hondonada de la naturaleza, en el estilo original de abanicados colores claros y eternos.

 


PARDA INTENCIÓN

 


 

En el sinclinal de la esperanza, se han plegado mis deprimidos sueños, como abiertos cóncavos de mar, suprimiendo los fonemas en el interior de la palabra, han pasado los vientos de color nogal, articulando el sonido del tiempo, en unas débil, en otras fuertes y prolongadas sobre un mismo tiempo.

 

Los trilladores del trigo, como una luz dibujada en redondo, dan tantas vueltas en espiral, que se han sobrepasado hasta perderse dentro de los lejanos repliegues relucientes color de miel.

 

Las intenciones y pensamientos, a las orillas de las parvas, se pierden en la distancia, como una nube fugitiva en círculos pesares son dejadas al vuelo, para que  trazados en rodajas de fragancia, los rasgos orbitales en un corazón tendido, sea razonado por la gente del pueblo.

 

La circunferencia de la parva trazada por los caballos, son entrecruzadas a menudo, con las huellas dejadas por la nostalgia de la contrastada vida, que en un frío diseño, se entierra en el olvido del ennegrecido tiempo.

 

Toda la gente del pueblo, sobrevivido al tiempo meridiano del campo, con sus miradas grandes y voluminosas en redondel, de grosor de rústica rueda transitada, con medio ambiente ampliada al alrededor del horizonte.

 

La gente del pueblo gemía su blancura, sentía su candor en miniatura muy seguros de su indiscutible flora y fauna, ingenuas bondades de la armónica madre naturaleza y de sus azulejos minerales que forman la sólida corteza de sus cumbres nevadas, bella  perspectiva estirada de celeste y bien templa de azulino en ellos mismos.

 

La tarde esta fuera de si y como una planta sacada de adentro y arrancada con fuerza de raíz, en un mapa desplegado de viejo azul sobre el fino cóncavo tiempo, a punto de morir encajonado en el mismo espacio.

 

La gente del pueblo, eran dueños absolutos de todo el inmenso mundo, todo lo creado alcanzaban en cuestión de grata imaginación, sin límite alguno de su propia monografía local, atenuada de luna se esparcía a todas las distancias, sin cruzar los suaves caminos que les rodeaban, en esos días de verde alivio, tan felices de la vida holgada y tan delgada de aroma a sabor de anís subida de cuesta.

 


OLOR AZUFRADO

 

Nadie está de vuelta en la vida, sino regresan por las ranuras ajustaditas de las puertas, para mirar las alturas azuladas de su alcance culminante, que aventajado se espiga sobre el empedrado, que al cielo se encumbra como todo un alejado.

 

No arrojes al viento, lo que puedes necesitar al encuentro, de elevado andino crece la dulce aurora, como un regresado semblante del inicio del día.

 

El sólido penetrante de las alturas, se encuentra recibiendo luz viva de la mañana, cual proverbio moralizador hundida en las mejillas, rozaba la suavidad del cielo, mientras el áspero suelo, eran palpadas con dedos huesudos y dolorosos del pintado.

 

Las madrugadas de la gente del pueblo, a veces eran desabridas y amargas, casi todas afiladas de aforismos se escribían brevemente escapada de alguna aguda mirada expresiva de disgusto y mortificación.

 

Todas las amanecidas eran de alegre caminar, pero el cierre de puertas con algunos intervalos de solfeos, acompañado de un largo y entrecortado camino de áspero quejido en el mundo y todos los pensamientos enclavados en la vida clara  de mañana, giraban dulcemente con toda calma.

 

En contrasentido por las calles de conversación, va el día aclarando el paso, en dulce sueño las lomadas, unas tras otras sosegadamente descansan, bajo una sombra precipitada del azul cielo, que al ritmo de los movimientos acompasados de la gente del pueblo suben y bajan alegremente con su ganado, pendiente de cualquier desacierto que en plácido descanso se pierden a orillas del firmamento.

 

Hondamente en línea subrayada de azul verdoso, siempre la mañana de perforada razón, aspira el color carmesí oscuro de la neblina en su que hacer cotidiana  y cabeza levantada de alba, persiste en insuflar la refulgencia insolada que terciopelado queda a los ojos abiertos y miradores del pueblo. Despeñados y sin razón alguna pronto será más grande el día, despiertan a todos los melancólicos y soñadores, que levantando polvo de los caminos, vuelven a repasar contando las horas y los días perdidos. Retorna la mirada de los años y se acercan al débil corazón estrechadas en el alma, sin entender nada de nada, en un color cerezo muy serio de razonamiento, se agota todo en los resoplidos  de la  oquedad celeste del viento.

 

De pronto ahondando los sueños, por los visillos nublados de la ventana, se percibe en profundidad la  mañana, que en la hondonada vuelve reluciente, la niebla regresa de blanco rosa en reflejos de cosas, va exhalando de lejos el residual colorante escurrida en lustrosas relampagueantes de tejados.

 

Ascendida el día hasta el medio cielo, la blancura de la piedra se vuelve primavera, que en vida contrastada de anheladas esperanzas se marcha, su enloquecida curiosidad se revierte en niebla de las honduras verdosas lejanas, escritas en pura espina de rosa al revés sin color.

 

En la lumbrera de la puerta, la buena hierba se deshoja dos veces de su claridad, que en réplica del sonido entreabierta se queda en el camino, los nudillos violetas del día, buscando el final del medio tiempo asustados brillan y  se tiñen en tímida e indecisa alegría del pueblo.

 

Para alejarse fulgurando por los rincones de los jardines de la gente del pueblo, que ardiendo de amarillo en redondo, la emoción detenida en el tiempo, se abre en rosa viva sin quedarse al final, hasta buscar el otro lado en el macetero de la esquina, para que en alzado vocablo refinada e inteligente, defina el intersticio entre el palomar de gris y el pequeño espacio blanco de tardes.


 

CONTRASTADA REALIDAD

 

En un silencio sepulcral retenido ya recojo la palabra, desde el más allá de la quebrada, junto a la pradera de amanecida entrada, el cero detenido es la profundidad de la nada, es el vuelo silvestre retirada de la claridad, el uno es el signo representativo del principio del final y de la individualidad universal, precisamente como una parte del latido del corazón de Alipo, seguido del comienzo de aquel supuesto vértigo estilístico del principio salido del pueblo andino.

 

Las descripciones figurativas que armonizan los momentos del despliegue al final del cielo ya llegado, cual palpitaciones sentidas de tibia sonrisa percibida por Alipo, que en tiznados humos de fraguas del tiempo, salido del pueblo andino hacia la lejanía, como un beso de estrella se queda a la retirada del azul cielo.

 

En todos los amaneceres, la vista andina se espera asomar de alba por las altas cumbres y desatar dos veces los nudos minutos de aurora en las veras del camino,  para que al borde de un frío sueño, recluido al extremo de toda proximidad, se detenga en la orilla de la inconclusa senda del retorno del vuelo de las aves.

 

 Alirio un hijo salido del pueblo, de la hierba se levanta como sobrevolando surca el infinito, escarbando a un lado de la separación del sendero, va al segador rústico de la bondad que en la parva se trilla el trigal, buscando en las hojas alejadas del espacio, el protocolario gesto de entrada al pueblo, mientras toda la gente enmudecida encima del suelo, van por la ruta al inicio del paisaje.

 

El aire enrarecido barre las oscuras huellas de los caminos, que después de mirar con mano fuerte y corazón amplio, todo el azulado día se concentra en la parva con trigo, Alipo gira y gira con su juventud al paso de los caballos como una fuente de agua, se hunde en la paja hasta triturarla, su mirada quebrada hacia la tarde próximo al vacío andadero.

 

El pueblo andino, como un soplo de pulmón cederá a la inmediata oscuridad, oyendo la caída del agua que se yuxtapone tan cerca a los rastros del resplandor de la piedra de molino, que pronto antes que tarde el trigo llegará, alejado sin querer a un paso de la orilla del molino, huye de azulado jazmín la harina del trigo hacía lo lejos del pueblo como el mar.

 

En tardecida los campos, como un extremo de soga de cabuya desligada al aire, semejando a la cabellera desordenada de una campesina, se desgaja la oscuridad por las vertientes, por las cuestas, por los árboles, por las quebradas, para luego mirar bajo la luna, quebrantado en sus trochas esconderse tras de ésa distancia del horizonte.

 

Mientras tras de la gente, los leves dedos del viento sobrepasan el ambiente, deslizándose por encima de las hojas de las hierbas ensombrecidas, alcanzando su doblez justo al punto desgajado del morir, en donde la sombra se hunde en nostálgicos colores, guardado su figura debajo de ése semicírculo acampanado y cóncavo cristal de tierra ennegrecida.


 

CERCADO DE PIEDRA


 

 

Por las veredas del pueblo andino, Alirio se detiene, las luces reflejan en algunos de los cristales de las viejas ventanas, a grandes guiños de quietud se sienta en la esquina de las calles de espaldas, las miradas de la gente giran por que los rayos de luna se agrandan y se alimentan del frío, los tallos del trigo enmudecidos se enredan en las ramas de los árboles, por el borde de las acequias transitan la incredulidad paciente de la tierra, y con ojos grandes de jardín maltratada, por la mitad del pensamiento de la gente se traza  la trayectoria del camino de la vida humana.

 

 Alirio, tenía en la punta de su larga lengua, el lugar que en ésos instantes no se acordaba, pero allí en tres senderos de acequias, empezaba el valle interandino y a un costado del prado terminaba el extremo agudo del objeto de espera, en donde termina el sol florecía una perfumada rosa blanca, que se agrandaba por encima de los campos alzaba sus dimensiones, de un tamaño que no parecía nada distinto para un pueblo andino.

 

La gente del pueblo, puntualizaba con inmensa exactitud en el centro de la memoria todos los lugares y las circunstancias de los hechos, pero sus expresiones no se les abrían con mayor amplitud, era desigual y estrecho como las angostas calles empedradas del pueblo, hasta cierto punto era una extensión de siglos, en cierta medida era una estirada del tiempo, por debajo del suelo traída en la historia ancestral, veteadas las casas de un apagado blanco cal.

 

En el punto medio de la oscuridad, el pueblo andino en su interioridad sonaba dormida la música característica, en el núcleo mismo de los sentimientos, escritos  casi en todo la esfera del corazón, sobrepasando la mitad del cogollo de todas las plantas de la naturaleza, dejando el cegado de trigo debajo del tejado de las blanquecinas casitas del pueblo dormido, en las entrañas de las oscurecidas noches.

 

La gente del pueblo, esperan deshacerse de los rasgos verdosos estropeados por la humedad, quise detenerme para cerciorarme en calma que un relámpago desgarró  el punto medio de la tierra, de las vertientes lejanas un silencio rudo agrandó la noche, Alirio hijo del pueblo, se le enfriaba las pupilas de los ojos, adentrándose hasta las yemas de sus huesos, como piedras azulejas traídas de la jalca para los cercos de piedra del suelo torcido.

 

Alirio enrojecido escuchaba el cercano murmullo del viento, desde abajo se proyectaban alargadas sombras, por encima de las lomadas vacías de contornos, se alargaban las esperanzas y se doblaban las puntadas de cristal, para girar en un extremo de la periferia torcida de viento, que se aumentaba de verdor los campos y los surcos de las siembras de la vida.

 

Más abajo se extiende una superficie  pintada de violeta azulada, por donde navega oculta una oscurecida esperanza, de cielo desplazado y tierra dividida en dos ásperas sendas contrapuestas a la realidad, a ratos la oscuridad de la noche se cerraba más a la derecha, a pocos caían los chorros de las aguas del centro de la tierra, el comienzo del día se doblaba semejando a una mirada por encima de las lomas en quebradas.

 

Los profundos latidos de un joven corazón de vida, dejándose oír a lejos los pasos  y la seguida fuerza de arrastre de los vientos, el pueblo como un resoplar de un voluminoso pulmón andino, las nubes rozando las cumbres de verde azul espera, que en el tiempo se remonta hacia la distancia de los Andes delineadas de profundos horizonte.

 

Las nubes pasan casi rozando el tejado del pueblo y en un moribundo de sonoras notas musicales, sienten en sus notas entrar por la puerta del alma el sentimiento andino, que se esbozan en miles de pedazos de luna caída de almendras, a la luz retenida en la ribera de las abiertas quebradas en forma de ventanas.

 

La gente saborean tanto, tanto, desde hace un buen rato, acercando una redonda lágrima al marco de la puerta, por dentro las hojas rígidas rozaban al viento, desde la rendija de la claraboya se ve entrar también, la claridad viva del cercano viejo tejado y por el borde del cobertizo, abierta de gris sombreada al margen se queda el artesonado diseñado, como aposento ovalado tirado hacia arriba del tiempo.

 

Mientras la densa neblina borronea, los extremos de las vertientes en la lejanía, imponiéndoles un acerado color natural dormida, la orillada realidad se ha vuelto todo en minutos, como una marginada noche bien oscura casi sin salida, ni para la respiración hay algún resquicio, todo la ribacera en declive se ahoga por dentro, como un condenado de playa al borde del naufragio.

 

En una larga ranura de los Andes, la luz de la ventana se extiende a lo largo del valle temblando en su interior, vaciada por completo desde el mismo cielo. La noche de este martes desplazado hacia el extremo de la vertiente me trae recuerdos friolentos, muchos ya borrados por el olvido que parten en dos mitades el corazón. El día se ha hundido en medio de esta oscuridad retenida en un extremo del pueblo, para soñar sonriendo los años en el vientre de una lágrima, lavada con el lado más pequeño en una cruzada claridad, de tanta desigualdad en busca de una blanca libertad.

 

¡Oh! noche, noche, todo se ha humedecido bajo la sombra, como una expresión de forma perdida dentro del agua, también iba colgada entre las hojas del zapallo, del maíz, del campo, todos corriendo hacia el vocablo la lluvia se han disuelto en el fondo, junto a su tallo, cerca a su grito se ha llenado.

 

En las orillas de la luz había arena, envueltas de amarillo se han quedado retenidas en el tiempo, como el agua en una palabra, en forma introducida en las hondonadas del valle, a donde no llega la voz ni un trozo de corazón, menos la luna ennegrecida en alguna parte del llanto.

 

Las mujeres cargadoras del trigo, se han lesionado en alguna parte de la tierra, cogiendo el grano en su mano, una lágrima se ha corrido cargado el peso negativo del ayer. Para quedarse a distancia como un sonido retrocedido en el verbo de color, el agua cristalina refulgía en su agrandado interior, una luz entreabierta a las horas del otro lado de la nada.

 

El dolor goteaba a pocos de la gente sobre las piedras, como la lluvia entre las hojas plateadas, Alirio la vio encoger su lágrima a orilla del pueblo, luego a engullir lo poco que se quedaba, no masticaba por llorar, alguien enguantaba sus manos, he aquí lo estipulado, no mojes sobre lo ya mojado, no engroses tus pesares, vasta ya lo dispuesto, toma tus baldes y vete al río.

 

El mundo social son manantiales frescos e inagotables, dan vida y esperanza a la tierra, las lágrimas en su interior no baja, tampoco el nivel de las aguas sube en activa cuesta, el ribete de las sombras no tiene alma, el universo  es uno, los caminos del bien y del mal, no van ni vienen; pero ambos recorren a leguas cogidas de las manos como una sola avenida.

 

Como una trenza de campesina se deslizaba por su vertical espalda, a lejos reflejaba como una fina poesía, escrita en perfecto paralelo, ligado a un ideal inseparable de anillos celestes por encima del pueblo andino. Era un día de temporada goteando de invierno la niebla se esparcía por los filos de los campos, en precipicios de quebrada casi llenada de arte, transitaba en nosotros mismos, semejando a una franja descolgada de una flor, de una sola razón literaria.


 

A MEDIO CAMINO

 

El crepúsculo de la vida, transmite su encanto de armonía, presidiendo a la salida de claridad, sigue el tiempo en declive del sol, en medio del mar de un orillado de universo. En olores cálidos y frescos de las flores enervan los deseos más íntimos del ser, la devuelve hasta su nacimiento, en un vuelo de paloma describiendo el círculo azul del cielo.

 

En la ribera de la plácida soledad hondonada del marfil de agua, el tiempo alargado en una blanca pared andina y el espacio abierto ribetea el aplazamiento del viento, al no lograr encontrar el comienzo de las alturas, se descuelgan del cielo como unos aros de flor sincera transparente al sol. Los caminos de luna arrancada de lo profundo en el mes de mayo oscurecen muy tarde, la noche emerge perfumada de cementerio, distanciado del pueblo, retardado cubre el suelo andino, hasta encontrar el inicio del día, regado de sol radiante de primavera, que al fruncido ceño se le caiga el estruendoso beso de rosa.

 

Alirio hijo del pueblo, a medio camino, con gesto de enfado arruga su frente y luego frunce su entrecejo, ante el necesitado indigente ocioso. Cuantos árboles junto al camino, más allá el frescor de tierra regada de abundancia, inundada de un verdor infinito del más aquí, tan cerca los deslizamientos y desbordes de agua pura del tiempo, que bulliciosamente se adentra en los muchos arbustos descubiertos a la gloria, a unos pasos más de los flecos y encajes, mitigando el cansancio se desliza en la claridad litoral.

 

Desplegada el día sobre las cumbres de los Andes, las sombras van recogiéndose en sus acantilados, mientras se emerge del suelo las yerbas naturales, aspirando alcanzar el extremo final del mismo día, en su apurada dificultad estropea algunas florecillas cercanas al pueblo, a donde llega los encubiertos rezagos de aquel día, en un aprieto oscurecido muy distante buscando el medio camino.

 

Justo en los inicios del verano se deslizan por debajo de los árboles, en un disgusto oscurecido siguiendo el mismo camino, que se advierte a lo lejos el ramaje intranquilo, por sus únicos variados colores, que se reflejan en las sombras de los campesinos, como si la misma tarde la empujara con la inmensa fuerza salida del pulgar del medio tiempo.

 

El cielo quedaba muy lejos, inclinada a un extremo de la altísima cumbre de los Andes, parecía que alguien la empujaba de adentro hacia fuera a la pesada noche, para derramarse fuera de los campos, y desde arriba se veía que los ríos a medias eran imputados fuera de sus cauces, para dejar a los reservorios resecos de agua, y el invierno se ausente extraído por el verano del pueblo.

 

Los trigales con sus espigas acariciaban el azul del cielo, mientras por debajo se reducía la claridad de la luna, jaladas en línea gruesa por los polvorientos caminos, los pájaros silbaban como yerbas frescas a la distancia, a esa hora en la entrada ya no hacia viento tibio, todo era de un ligero frío de piedra hundida a la salida del viento, No hacia sol, tampoco acudió a la entrada del pueblo, el corazón de una rosa colgaba desprotegida y acabada de en su lejana pureza.

 

Encima del jardín, cada flor tiene su propia sombra de nube, por debajo del patio se mira envuelta una mañana en sus mismas hojas del día, a media subida de los arbustos se quedaba los sueños, una música larga y quebrada sonaba sin melodía en los caminos de al lado, bajado de costado, quedando su final flotando como cinta en todas partes de las lomadas de verano.

 

A medias tintas de paisaje, en una prevención regional aparecía de hermosura incomparable de colores, entre ellos desnudo y rígido se precisaba a la distancia, encima de los campos se pintaban de una espaciosa sombra envuelta de un amarillo extenso, luego hacia el fondo de la longitud media del patio, reposa el azulino final del mar derramando la inspiración sin igual, a su completo paralelo un poco desviado en forma horizontal.

 

Cada flor tiene un color, el rojo carmesí de corazón, al otro lado del techo casi circulando el lugar, cada planta tiene su propia sombra caída, al lado del final está la claridad buscando crecer hacia lo alto del cielo, del cual se esparcía como una olorosa medianera tela de seda, delicadamente extendida de color encarnada como la sangre disuelta  en bastante agua retenida en el cause.

 

Al otro extremo de la anchura también, se bifurcaba como entre dedos de una mano friolenta del río, otras tantas agotadas florecillas de diversos colores, moteados en grama impregnada de cuesta, con pistilos dorados en plata que se arrastran terminados por encima de las hojas hacia la latitud del firmamento, ¡Oh! que belleza, ¡Oh! que fragancia de felicidad, todo la región era absorbida por nuestra inagotable admiración natural, propiciadora de una honda inspiración poética de Alirio pueblerino.

 

En toda la longitud de la vasta sierra andina, la interpretación pura y sincera como el agua perfilada de afecto, siempre con el avance del acercamiento amistoso de todos los días, el sol radiante cariñosamente bruñida, avanza lentamente en la claridad, hacia las cumbres de acero dorado, en sus enhiestos picachos profundamente pintará de blanco cristal la voz de esperanza y en una semivuelta de concordia apegada al tiempo, se diluirá en la encrucijada piedra para corre en los cauces acantilados de la tierra y regar el verdor natural del canto, llevado hasta el mismo final del campo en el tranquilo encanto de la cercanía de un nuevo día.

 

Estos fenómenos hidrometeoro lógicos del tiempo, memoria celeste del espacio de lejanía, que en el horizonte fríamente avanza coloreado de carmesí y estirado a la medida, se va quedando en la  travesía final del huerto, como pétalos friolentos tirados al humedecimiento de las amorosas cuencas del futuro, que cargadas de piedras parduscas avanza en doble sentido de latitud.

 

Alirio del pueblo, meneando con la punta del dedo imaginario las nubes esparcidas en el espacio, a su vez buscando las líneas profundas del brillante canto, quiere deslizarse en verso oscuro, hasta tocar por encima el mismo extremo terroso inferior de la vertiente, para leer el sombrío contenido de la escabrosa cumbre, como un poema natural escarpada que se yergue a un plomizo lado izquierdo de la cúspide.

 

La primavera buscaba tocar los comienzos de su final, por el lado derecho se escondía las pocas nubes caídas de su matorral, rayada quedaba las vertientes nubladas próximas a las frondosas frutas del otoño, que siempre salía nudoso al áspero camino esperado, pero algo se veía más allá de su inicio, profundizarse la escabrosa calzada que bifurcadas divisaban por sobre el extremo desaparecido, bajo la sombra rumorosa del trayecto de rosaledas.

 

Melancólica imaginación de Alirio hacia el otoño acabado, ¡Oh! que cambio de mentalidad abierta al fin, entre un racimo como sostenido de esperanza en un friolento viento de invierno y en la observancia de criterios amplios, como fuertes trazos amarillos en campos rosales de seda, con alta admiración y de expresión alturada, resulta demasiado lejos comenzar el inicio de la dobles de la luna ensombrecida.

 

El pueblo en señal de indicios de la tarde, cerca de la noche traza una enorme línea imaginaria en el espacio, Alirio encorvado siente lejos un nudo frío tendido en las interdicciones del camino, obstruido en objetivos como si de lejos soplara el viento de libre apreciación, estrujando unas ramas verdosas que se cuelgan de los árboles, encontrando su respiración sostenido en el fondo del corazón.

 

En las calles del pueblo, se abre paso a la gente como una luz plomiza que se levanta, en el transcurso recuperado del futuro, mientras de los árboles gotean el roció gris congestionado de aurora, las flores tienen sus bordes de un sabor parduzco, que se encuentran por encima del valor celeste que se le asigne y el destino situacional que aliente al mejor color de la mañana.

 

Soltada la claridad como el agua cristalina, que tendido de anhelo los juncos sobre el corazón, mecen las hojas del saúco de encajes en granada madura, asciende las vertientes como los dibujados caminos perdidos en semivueltas; mientras la moteada neblina descienden por los valles cercanos, descontrolados de amor hacia la esquina del instante.


 

AVIVADA CALMA

 

La noche se aclara, cual un puño abierto al aire libre, fraccionada en la existencia penumbral de la peña descuidada se ajusta. Contrarresta la fuerza ocasional de media noche de luna, que no se ha buscado entre el pedrusco, el tipo distinto al promedio distancial del mundo ennegrecido; tampoco se ha decidido segmentar el lenguaje en colores del peñasco.

 

La roca de Alirio gira y gira hacia adentro, con respecto al perfil del tradicional encuentro de sombras humedecidas. Con carácter enriscado memorístico de la penumbra alejada. Se busca encontrar en la práctica rocosa un nuevo descorrido de media luz desandada tras una planta ocultada.

 

Retrocedida, sin capacidad de reflexión de tantas vueltas de azotea, o sin la destreza rítmica sobre el suelo natural y las habilidades manuales creativas, que exige este mundo retrechado poético del pueblo.

 

Este momento de interpretación del trigo aldeano, en forma avanzada se observa remontarse por encima del intervalo marrón claro y en la salida retrogradada en una sólida formación verdosa del pueblo. En materia literaria blanquecina, los árboles del caserío muertos a todos los lados se negrean el ambiente, todo se escribe en retroceso para borrarse en el aire de azul cielo.

 

Alirio del pueblo, conociendo profundamente la realidad de la población, queda retirado del centro de la parva, pintado a todo rojo con temas ausentes del lugar, de continuos criterios de claridad, dadas en la abertura de éste contexto granate de elevada altura de cielo, que va haciendo pública su tierna voluntad, mientras que otros arbustos, sin mover sus hojas ni pensar en la comprensión de la realidad social, traen los vientos grises alisados con gran esfuerzo de participación social.

 

Todos susurran con emoción, también los insectos zumban circundando la parva, en la medida en que el componente debe extender su impecable neblina, dorada en blanco atuendo, bajo un cóncavo medio cristal, sujetando en el horizonte un pétalo de rosa que tiembla al viento, delineado en rápidos trazos de fuertes tintajes, acercándose a un rojizo amarillento en fuga, que a la larga de encuentro se torna de violeta a la redonda natural.

 

¡Ah! que invierno precipitado, se ha escapado de mi sueño. El sonido lejanamente sordo en aquellos rumores casi ventarrones, llevan mi alma sostenido en un color capulí, en la misma forma que de los de alhelí, se va huyendo rápidamente hacia el río, sin fin de respuestas, recuperando el espacio cedido que retrazado se queda hundido en el extremo del universo.

 

El resonante sonido agudo de la lluvia, por encima de los cerros campanudos en un ambiente humedecido, se agrupa en un escrito narrativo de la vida y con tantas hojas verdes generan un movimiento a ser amable y expresivo, el extenso campo fresco se desnuda estruendosamente inclinándose de hecho hacia la dirección de las agua del río.

 

Por encima del tejado Alirio del pueblo, se admira metido en su contextura ritual de la fragorosa naturaleza, que de violeta nos ofrece el fruto de la imaginación, en forma extendida de su hermosa claridad singular, va actualizando el trigal del mundo controvertido, que sin reflexión alguna ensordece los horizontes, que zozobrará a la realidad nacional.

 

La quena de viento y las guitarras de cuerda, con un sabor de pan realmente intimo se ha quedado en retumbantes tradiciones, la caja del chiroco con su macana de retumbados le da un gusto de cosecha y un olor de siega de trigo sobre la parva circular, todo la paja cegada al viento en cuerpecitos temblorosos con aire filiforme mece la hoja de ese árbol ya viejo del costado derecho del camino, inclinado en el antiguo prado, que desde lejos una idea demorada se le cruza con el viento y dice con prisa hacia adentro, que desde hoy anticipadamente, todas las tardes serán escritas y en sus retardadas noches las guardaré bien dobladas, como si fuera un trozo de cielo rasgado por la mitad y tiradas al fondo del oscurecido vacío de mi corazón.


 

VENIDA REGRESADA

 

 

El trigal sopla sus hojas en pajas blancas trituradas al viento, mientras por más allá, los pastores se van cantando por la lomada de arriba, por donde las horas de las mañanas se vuelven amarillas, y se agrandan en resplandor de alba. En las decoradas líneas ardiendo el horizonte se amplia por encima de los cerros hasta alcanzar el comienzo del cielo.

 

La potencial sagrada misión reproductora del retiro, todos del pueblo están asomados por los tejados, como pretendiendo salir hacia la primacía de la vida depurada en la mañana. Pacientemente va el retraído caminante incansable por el mismo lugar del trigal, la parva sigue girando y en la misma fórmula interrumpida de vida.

 

La mañana reverbera sobre las cumbres, siguiendo el curso matinal retrocedido de la siega, van y vienen, por donde todos han venido inusualmente traídos. Cargado el peso de la siega avanzan con un color triste de mar extenso de invierno. Pero, en un blanco asomado  de susto, observa oscurecido hacia adentro del cielo y se aquieta, caído en un entristecido sufrimiento.

 

Desafortunadamente como una flor negra le duele inclinado en el alma, solo se ha provisto colorearla de grama. Sin el sol acumulado es una rosa negra aumentada, sobre el revenir friolento océano de viento, que a lo lejano parece terminarse tan cerca del cielo, desaparecido dentro de sus propias ennegrecidas nubes, que junto a la contrapuerta retirada del inmenso pasado, cae fría la desvalida tarde en si misma desplomada.

 

La sombra enturbiada de falta de amistad, dejada que se alumbre en el camino separado de ella mismas, todos nos sustraemos en el tiempo que nos dan a cuestas del pasado, más vale una gota de sangre que cien kilos de carne, si el diferentísimo limitado socialmente por el tiempo, ya no se recuerda cuanto antes era tercero de la escala musical del encuentro; entonces, el polémico deseo controvertido comienza en la diferencia, lastimosamente ésta acción y efecto de oposición todavía existe en los Andes unos vagando y otros trabajando son los menos escuchado.

 

Como una imagen no devuelta del recuerdo, ni el tinte ideal de juventud se asoma del olvido, todo transcurre por el mismo camino de una vieja ventana del eterno invierno, juntos el hombre llora, donde los medios de fuerza eclipsada disponen: que ni ojo a la carta ni mano a la plata, con voz de viejo se escribe en el reverso de la sombra, para el olvido del pueblo andino.  

 

Desde el espacio exterior reducido de la palabra, cual solista de rosa musical se adentra, los del entorno en su ensordecedor estallido resuena en definitivo, en un encanto particular debe llenarse de rosal resonancia el firmamento, porque es horrible mirar al vació y pensar en la contrapuerta del abismo, fusionados en el ritmo tronado de éste lado que se aleja de la vértice de la vida.

 

Tantas ilusiones tendidas en las cimas del sórdido sonido, con los húmedos colores secados al aire de las horas, como un lenguaje misterioso del arte espiritual, que vive más allá de la vida física y va de viento callando en sí misma la devoción oculta. Que a la sombra de la vergüenza murmura aglomerado, de modo que en forma instantánea y a toda luz del día recreativa a la orilla del pueblo se reduce.

 

En la parva del trigal, reducido al viento se alinea en filigrana de primavera, la cálida mañana a orillas de la parva han perdido todas las posibilidades humanas de una genuina admiración en el arte. Asomada la cumbre por la parte norte, en rollo filiforme se va secando naturalmente al reverso de la hermosura, como un tramo alargado al horizonte.

 

Alirio del pueblo, cuelga desde arriba todo el trigal segado, desesperado traza una enorme esfera con un tallo largo delicado y pulido, hace una señal profunda tras del cóncavo cristal del cielo, inmóvil de la parva se levanta con su mínimo peso al aire y descansando en el trayecto de la lejanía oye el canto triste tras de su negrísima voz.

 

Terminarán el trillado antes de que llegue la noche. En muchas ocasiones de la existencia, nos hemos encontrado cerca a situaciones altamente temerosas y explosivas. En este mundo de la jornada diaria, las espigas moteadas de granate, siempre Alirio del pueblo, ha tenido duda de su tamaño voluminosa, que se expresa en la parva de la siega del trigal o que aparentaba por cualquier forma la llegada de un ennegrecido invierno.

 

Envuelta de luz amarilla, que se le miraba ya sea de blanco o de marrón claro, siempre era grande y voluminosa clara a la distancia, las damas de las orillas del pueblo eran admiradoras de la intensidad, recibían en verdaderas remansas del mundo musical, que apasionadamente detenidas en cada ventana de verde ideal. En un silencio absoluto del agua de cada gotera y a través de amarillentos frutos en recitales, quedaba el sello indeleble del alma, como un lugar tranquilo del eterno remanente del arte.


 

OPRESIVA DUREZA

 

Envuelta de negrísima sombra de media noche, la megafonía voz de las épocas de lluvias, que por arriba del pueblo tocando las cunas de todos los tiempos, la oscuridad profunda le daba la altura como queriendo alcanzar la contrariedad del cielo. La entristecida canción encima rodada a trancos largos y con un romanticismo a ultranza se resbalaba por los extremos del pueblo andino.

 

Una luz vencida por la noche se arrinconaba a un costado de la cumbre, del cual bajaban desplegadas las cortinas de la noche, por las superpuestas vertientes vecinas, las piedras rodadas y los pajonales bajadas a las quebradas, cargadas de esa energía poética de sus aguas, que su bullicio nos orientaba a pensar en el fondo monocromo preferido del valle.

 

Lejos del trigal la gente diseñando el gráfico de las risas, mientras en las parvas de las siegas siguen girando como el mundo y a lo lejos del día, muchos árboles sus hojas al viento susurran de un simple verdor. Los ríos hundidos en las profundidades de la sierra siguen su curso incrementando su caudal.

 

Más allá las briznas de tantas hierbas tendidas a la luz del día, se desgarran por los ventarrones, mientras el trigo dorado por los rayos del sol se tiran levemente al aire y la mano del campesino con la sobrepuesta pintura de plata de un ingenuo artista singular, resulta imposible almacenarlo de destino.

 

Aparte que su lejana aparición preocupante, transita por el vacío debajo de la informalidad armonizando los rigores de sus formas, en su tendencia recurrente del rescate tradicional de la genuina expresión abstracta del pueblo.

 

Además del impulso lírico de Alirio, resumiendo en cuidada composición condensada en los imperativos cotidianos del propio tiempo en propuestas de los habitantes del pueblo. Sus logros confírmales refinadas por debajo del variado color recelaba sus aspectos de pueblo, el cual era sugerente producto del campo, interactivo de la realidad en su efecto visual de pueblo.

 

Con estricta elección de líneas consignadas a la deriva geométrica natural de su fuerza y no siendo suficiente la siega del trigo, profundiza en su visionaria complejidad de su característico universo creativo; entonces, no alcanza las razones aun estiradas por sobre el estilo del pueblo andino, para poder detenerlos en la memoria poética y convertirlos en una larga mirada de añil entristecida en las narraciones de los trabajadores del campo.

 

Con genialidad dimensional de brillante y constante color de la subjetividad, casi hirviente del efecto definitivo del descifrar en la labor del campesino, el que puso la creación sin hacer escuchar su voz. Llevaba su silencioso lenguaje al hombro, sin observar los efectos de sus pasos. Se entrecruzan las puestas en segmentos suspendidas y próximas a las siegas del trigo, apoyadas de norte a sur del fértil campo del valle.

 

La ceguera era de tal manera que no comprendía su propia palabra, tampoco advertía que al mundo iba mostrando la redondez pulida del silencio y de su palabra,  con su riguroso trabajo de campo, al no ser escuchado le parecía no tener sentido de vivencia en este mundo, carecía con precisión de cálculo razonable en su contextura cómoda y efectiva de su realidad cósmica.

 

A lado del tiempo se dibuja el avance, para mantenerse extendida sobre toda la emotividad redonda de raciocinio, no era fácil oír al silencio, todo era mudez de campo,  como un cuadro convencional en superficies planas horizontales, en unas veces inclinadas y otras subidas a propia voluntad al costado del día.

 

Los chirocos del pueblo andino, con su musicalizad ancestral agudizan de azules las parvas de siegas de trigo y la trilla configura silenciosamente la mudez del tiempo, superponiéndose por encima de la cavidad de una gota de rocío en rojo intenso de aquel pequeño universo. Las flores se mesen al viento, como tratando de buscar la propia juventud del tiempo, desde el sórdido comienzo del campo no hay quién lo detenga. El camino rutilante tirado hacia la alejada brillantez del rubí, perdido en la creación del intelecto y en el sentido de una violácea y clara metáfora de la misma experiencia del campo.

 

¡Oh! que distinta y compleja es la subsistencia de los pueblos andinos, he subido las vertientes y las cumbres de carmesí, la curiosidad de la distancia nos convoca a tantas preguntas sueltas en la dudosa mirada, que a la vez son inquisitivas de la actitud conceptual decorada, pero cierro los ojos y avanzo en una intensión derivada de la nostalgia del pasado, todos los puntos sin peso se van encontrarse hacia un cierto dolor de envejecimiento sin espacio.

 

Envejecimiento que recostado en el camino resplandeciente se guarda, cerca a la quebrada de ésa agua turbia y apagada bifurcada sobre la tierra, que después de purificarla en sus entrañas la deja correr por las acequias de plata, canalizadas de aroma de luz, sembradas envueltas en cáscara de naranja, repasadas por el color en sombras de frutales de manzanos y cerezas, con melocotones y limas de sabor apuntaladas al fino rayo de sol, expuesta en el surco del labrador al complejo del rojo intenso del corazón.

 

Todo va con el gusto del campo, la calidad y el éxito del sabor depende del labrador, subiendo tierra del pueblo, remordida de arcilla en forma redonda se trabaja, consignando líneas, con muy buena dicha de filiación geométrica, desde su estructura armónica campesina, con el olfato a la distancia se rastrea el alfalfa, su armazón de casa huerta busca el alba, hasta el final del horizonte.

 

Alirio del pueblo, con positiva intención configura mentalmente el escenario protagónico de todas las flores y todos los gustos de claveles, los cantales rodados a cualquier lado del gusto, construyen las orillas del día. Todo se pone a la vuelta del sentido de la tierra, un poco recelosos y pálidos se apartan a la fuerza, como pasos suspendidos a la media vuelta del borde de la cantera que se agranda su inmensidad a la distancia.

 

Cantando los habitantes del pueblo, desde arriba sopla el viento las hojas secas de los árboles y en sus cauces de regadíos se ubicaban cuidadosamente cerca del camino, más pálido que el ayer y que aún el cálculo de suposición puestas en hileras de piedras redondas del valle, se están en suavizando en forma de bóveda celeste, receptor de todo el sabor sembrado en la extensión del campo sombreado.


 

ARTESA LATENTE

 

Despejado y límpido candor matinal de los andes, la fragancia  fresca de sus vertientes sisean en rígidas alas de esperanzas. El sol se levanta radiantemente por encima de las cumbres doradas de azufre, cuantas veces las mañanas se ha derramado de aroma, por las comisuras triangulares hasta descender al centro mismo de los valles.

 

Las nubes moteando el cielo, las secan alejados con cuidado sobre el verdor de las praderas y el olor de sierra andina, que mesen los árboles escondidos en las faldas del tiempo retrocedido, las amplias y abiertas claridades, en cadenas van dibujando los filetes de los cerros, mientras el sol requemando el amarillo van tejiendo ahora la curvas temporales a sólo de unas cuantas horas de altura, para ver desde lo más alto posible la llanura del nevado y el aparente mar de azul profundo, van quedando agestado con las cuentas desubicadas del reflejo del mar, saltado de gravidez en nuevo día, una de tierra rubia oxidada de largas conversaciones.


 

 

Ya estaba como siempre entrada la tarde, por la parte contraria al de la mañana, las entornadas miradas se dilataban de esperanzas, y en otras de abiertas fauces como minas de plata mostrando a tientas el fondo oscuro de la vuelta, al fin tallado se extendía temerosa y retrocedida, bajo la penumbra del manto recuperado en iridiscente llovizna.

 

Junto al cambio de gravidez que recupera el sol, con la expresión alargada de un alarmante enmudecimiento que precede al ámbito de querer encogerse a nuestro alcance, bostezando ese gesto desmandado que en un zigzagueante de olvido se queda explosionada al centro mismo del tiempo.

 

En una desmontada retrospectiva paralela, se ha arrastrado los efectos de una pincelada, el pasado geométrico realista pintada de etapa se cuadra. Luego incidiendo en la imaginación del pueblo se abstrae de las cosas impresionistas, para advertirse que a muy cerca de la ocasión, abstractamente curioseaba el aire contrarrestándose entre las hojas de los árboles en un impecable eterno.

 

Su inmensidad coloreada siempre de un sobre calizo rocoso, repetido en la contra tapa del presente infinito. Como una imagen del mundo concreto, siendo de próxima muestra una reflexión desplazada sobre la primera mañana, observándose a borbotones lejanos de las aguas recuerdos juveniles. En éste impresionismo de vida casi abstracta en el firmamento del pueblo, les hacía vivir su propia vida pictórica en un invierno artístico, de los que no quedaron nada, bajo un cielo plomizo ennegrecido contrario a los colores llamativos de la vida.

 

En todo orden de cosas, la vida de un misterio de otros tiempos, ante mi se ha interpuesto la duda hasta la orilla del conocimiento, se esfuman pintorescamente vestidos los secretos del corazón. Las mismas imágines, no las entienden ni las define nuestra fabulosa y divertida razón del pueblo. Los cálculos siempre fallan no aciertan las matemáticas, la vida exterior innecesariamente se ha limitado de función, el amor y la ternura son inquietante e incomparables.

 

Siempre las orillas del sin destino del pueblo, pequeños de estatura física en la inmensidad del tiempo y analizando en su esencia y objetivos; son conceptos que crecen y llegan a lo más amplio y alto del universo, desde que el hombre es hombre en la tierra relumbra y se expande por todo el infinito, que le sorprende al propio Alirio del pueblo.


 

SENDERO RUTILADO

 

En los acantilados de admirablemente tallados, se firma un camino con destino desconocido. Una supuesta alianza táctica de la existencia apasionada y fría de vivir socialmente con los sentimientos de la inteligencia trastocada, parecía razonable la interpretación propia y de noble pureza, crear otra nueva conciencia. En este nuevo espacio no tensar demasiado la idea, la vida empezó a declinar lentamente hacia el ámbito pasional. Surge un destino sin medida de enervante anhelo.

 

En una duplica posición de suave viento del día, escenario cotidiano del deseo de Alirio del pueblo, filtrado por las hileras de las habitaciones que se esparcen entre las secas hojas de las arboledas, hasta las orillas de las parvas de los trigales, que de las profundidades se deja emerger a la sazón, que al viento hay que dejarle soplar las leves hojas de andadas libres, en un camino de una simetría compositiva de curso diferente y ajustable de un relajamiento condensado.

 

Desde el cielo se veía un vacío grande tan grande, que de marfil pálido se tornaba entre su vientre abierta, como una mirada en redondo que perfora la profundidad de las nubes, que se sostienen en las espaldas del pueblo andino. En un ambiente fresco se mantenía con mente despierta y clara, descubriéndose de luna matizada, en la primera mano del lugar refrescado de algo opaco, de algo duradero, abrillantado de plata.

 

La ráfaga de viento, distantemente se partía acalorado. Cabeza al suelo entorpecido de un color fierro abrigado de vino, que preocupado busca la salida por donde no ha venido. Como una escasa luz plateada lejanamente se fijaba a la vista, exactamente puesta junto a la línea del entrecejo, que luego de recuperarla amorosamente la separan en baños de plata.


 

EXISTENCIA HUMANA

 

El hombre está harto de lo que significa equilibrado de tres rayas, siempre a lo largo y a la corta se buscan los extremos. Ligeramente jaspeado, le gusta al hombre ampliarse de cabeza despejada, de luna o de sol busca lo espacioso, no se busca limitarse, es como el mar de profundo azul batiendo con sus brazos, ve su perfil y la vuelca dibujada en una blanca esperanza.

 

El hombre ama la libertad, que a veces la pierde durante sus pasos, pero inmediatamente adopta la idea de enmendarlo. ¡Oh! pero que es la libertad, es un punto sin encuentro, es el absurdo de vivir la amplitud en su extensión, es el desatino de la existencia dentro de una óptica esperpéntica de intrigantes. Busca siempre lo absurdo de la existencia. El hombre busca los extensos solares de las playas, la desnudez de si mismo en la naturaleza. Vive la ilusión del sol, del mar, descalzado caminar sobre la arena, a piernas sueltas se tira sobre ella, se cubre con arena, pretende sentirse en lo más profundo del medio ambiente.

 

El hombre debe conceptuar que la naturaleza es más brillante que el espejo, debe conservar sus riquezas naturales, para sentirse más cerca de sus efectos del instante. El hombre también busca el extremo del frío en las punas, en las cordilleras; busca la profundidad de las cosas, pretende percibir lo escaso y lo abundante de las temporadas. El hombre es el resultado de una larga suma, el hombre es todo, el hombre es un universo y no es de ninguna manera una depurada y simple resta.

 

El hombre siempre es hombre, busca regresar a experimentar el estado primitivo, no de salvajismo, sino desde el concepto de lo natural, de lo existencial, de lo cultural. Busca comprender lo incomprendido. Busca emprender el camino del infinito, para conocer de cerca el misterio que guarda entre los siglos. El hombre es el ser más perfecto de la Tierra, es el más iluminado de inteligencia entre todo los seres creados, es capas de descubrir e inventar situaciones nunca vistas en la vida.


 

OSCURECIDA VISIÓN


 

 

Sensibilidad acústica, todos abrigando falsas esperanzas se han quedado a un costado del destino. Los sueños llegan cada vez más adentro del alma para engrandecer los pueblos, que aún en sucumbida manera siempre se va camino a la vida humana. Es el mismo viento friolento pelado del drama, que de un color real de emoción azul o rojiza, se alarga muy pálido, hasta alcanzar lo fúlgido metido en la oscuridad del paseo que a solas van por dentro del mismo corazón.

 

Llega el momento que al venir el día en su azarosa actividad matinal, deja una estela fosforescente de una voluntad de esfuerzo y de gran rigor penetrante en el qué hacer, que pintadas de violáceas sin poderse encontrar, buscan el sueño de la vida, sin alcanzar el descanso reparador del curso diferente del destino.

 

Por la inmensidad de las cumbres montañosas pasaban curvadas andanadas, tras varias décadas de sufrimientos y de escalofríos disgustos. Los gélidos vientos llegan cada vez más cerca de los pueblos andinos, como un veloz comienzo de la llegada del tiempo de primavera. Con extrema lentitud se ven cultivadas de plantas frescas en la razón profunda del hombre, para luego localizar junto a las veras de los ríos y caminos cada vez más paralelos, sembrados en muchas formas, implicando una indiferencia alejada y pedregosa de un trasfondo tradicional y de un conocimiento inhibitorio se acercaba más a los abismos que a la claridad.

 

Por casualidad se hallaba despejado el firmamento, casi el final se recortaba el sol y en el lucido extremo la felicidad caminaba despacio por debajo de la bóveda celeste, recuperando la atmósfera dejada por el invierno tolerable y fecundo. La eternidad tendía a ladearse, que por naturaleza implicaba un breve juzgamiento. Pues, ya no estaba donde lo había dejado poco antes, ni en el recuerdo, ni en la mente, sus formas servían de paradigmática redondez. Todo se encontraba más allá de las profundidades del conocimiento.

 

No hay casos aislados en el cielo, la evolución es un típico destino. La esencia y naturaleza del saber, se plasman en una poesía ingenua y puramente sentimental, que sin escrúpulos del desgano, se van por un mismo itinerario, induciendo a partir por el mismo polvoriento camino. Cerca del abismo es un infierno de la epopeya en prosa del pueblo, mezclando historia y leyenda de la cruel vida, nada épico sojuzgado por el dominio del odio e imberbe sus caras sin ningún retorno.

 

Desde el cielo hasta la cercanía de la vida, debe éste paraíso aprovecharse al máximo del común denominador del origen. Cualquier dimensión estructural de la gloria universal, será la mejor naturaleza de la Tierra. Los frutos saltan desde la profundidad del futuro. El tiempo se contrapone al pasado. Los instantes se derivan a un paso próximo, en su caso, siempre las semejanzas y potencialidades de los deseos de existencia brotan vivas de los abismos, todos deben pasar de la simple palabra a las concretas realidades, de los hechos consolidados para la posteridad.

 

La blandura de todas las nubes, desde lejos traían con fijeza las lluvias capulinas, teñidas de rosáceas frutas en cónicas flores de semanas enteras, con un gesto amplio de mujer se iban al final del mes, las horas se convertía en un grotesco pasado, en sombreando el sueño, la vitalidad social había tomado el perfil de una mirada, de extremo vacía de voluntad, es decir, abúlicamente se despedía al revés del tiempo.

 

Indiferente con velocidad sonrosada hundida en la base de la luz, siempre los gestos juveniles de las sonrisas, logran lo que ellos buscan y desean en el rostro dibujado de la esperanza, sus contracciones musculares se templan hasta el final, sin contener el cerebro, se trillan la siega del trigo, restituyen la felicidad de nuestras facciones tristes de sol y pan.

 

Ya no se levantaba la luna, tampoco reflejaba la luz del oriente, en un descanso pensado y forzado, casi contractual se veía despertar en las páginas azules a lo ancho de la pradera, rebotando la oscuridad retenida, como diciendo que en el límite del futuro te esperaré, con la mirada abierta al sol y entre tus esperanzas plantaré, la flor eterna de tu soltada fe.


 

REDONDEADA ACTITUD

 

A tiempo en que se anchaba la recta vereda, en la palabra esférica sumergida en el agua, que inclinada se derramaba de la fuente, buscando lo impensado del ventarrón se arrastraba sobre el suelo del terror, que a muy poca distancia del pasado olvidado, proseguía tras de la pasarela, hasta tocar el frescor del campo de afuera, y a un extremo del puente extendido, todavía más allá, más a las afueras innoblemente estropeado por la gente, se doblaban en dos lo hablado con tanto cuidado, para utilizarlo más tarde.

 

Era un antiguo camino desolado, lóbrego y ennegrecido por el polvo del tiempo, la suciedad envejecida por la indiferencia involuntaria, sumada al total de sus sardónicas demostraciones de abandono y de desprecio advertido por el pueblo, todo insinuaba a partir sin saber a donde va el camino, a donde llegar al destino. No quisiera pasar por aquellas páginas averiadas y maltratadas del pueblo, menos por aquellos lugares oscurecidos en el conocimiento del pueblo, que irremediablemente sin querer se ahondan en el olvido, como algo turbio sin valor y sin espesura, esparcidas de apoco al centro mismo del suspiro.

 

Esta sombra de color yodo, alargadas a todos los lados de esta dulce mañana, se envuelve de vacío dentro de mis oscuras ideas, humedecidas apenas en las orillas de las lluvias, arropadas de azulejos plumajes de altura, que por encima se disuelve en forma de cabellos plateados, adoptando por el más arriba un perfil dorado azul, en donde refleja de agua el dorado sol caído de esperanza, sin predecir a donde se va ni porque lado pasa el camino a la parva del trigo, a pesar de la existencia clara de la insinuación del trillado del trigo, que en tantas vueltas describen el vacío del universo, que se ausenta al comienzo del día transitada.

 

El campo y el mar parecen un cielo invertido mirado desde arriba de la cumbre. Las nubes pinceladas de blancura, sobre el lienzo extendido a sus extremos del trigal. A la distancia se unen deformes aspectos alargados de jardines rosados, que rodean a las parvas del trillado de cebada, como el sabor ardiente de labios de maíz tostado, se van perfilando en horizonte curvo sin fin del vacío. Mientras a media luz de anaranjada,  como notas musicales alejadas y tristonas se van derribando, coloreadas por el hundimiento del día. Hacia el quebrado de ese fondo amarillento desvalido, que matizado en sus orillas duele a melancolía, con un amargo sabor a desconsuelo, junto a ese vacío, a ese algo de nunca acabar en el encendido final.

 

Significación enrejada de torceduras, más allá de nuestras esperanzas, de color nogal han quedado pintadas las penumbras, en un regreso perdido en la senda de la duda, siempre con el fin de buscar el inicio de la ruta del tiempo perdido. El campesino, pretende recobrar la pasada realidad en sus formas prismáticas de campo, echadas al contrario y sembradas en el cielo como estrellas recogidas en el silencio. La luna revestida de plata retirada, con resultados entresacados en distintos objetivos, toma altura por sobre el huerto y cede su lugar en el terreno del agricultor. Resumiendo que por encima de la patria, hay un futuro incierto para el rústico labrador de conciencias de la especie humana.

 

Desde afuera, todo se veía esbelta el trigal, tan esbelta y bonita de espigas alargadas hacia arriba, como el aire ágil meneándose tocaba el cielo, cual paloma blanca de leve vuelo de paz y esperanza agitaba sus alas. El campo del trigal, como una flor roja encendida de corazón relumbraba las polleras de las cargadoras del trigo, danzando en la trilla sobre la parva de tierra endurecida rodeada del rastrojo. Configuraba sin duda la hermosura personificada de color castaño de la miel, que goteando de color caramelo los efectos del trigo, no muy alejado de una suavidad bruñida de los cascos de los caballos y todo ámbito natural del campo revestido de loción del tallo sagrado del trigo, desfilaban como bronceada cordilleras hecha en los hondos parajes de la mente.

 

Cuando llegó aquel día de la cosecha del trigo, todavía en los surcos se encontraban la naturalidad del regadío fresco, el denso aire azulado del más arriba lo esperaba. El cansancio saliendo por las afueras de las parcelas, los árboles secos tenia el mismo aspecto que la tarde rosada y sentía el mismo sabor de la taza de cedrón al caer el día. Con la palma de la mano se percibía aposentarme de cansancio sobre el cerco de piedra, recuperando a lejos el aliento y hasta sentía masticar el “paragoll”, el pan andino, sacado recientemente del horno de barro, ubicado a un extremo de la casa, su olor gustativo y placentero se esparcía a lo largo y ancho de todo el aposento antiguo del descanso. Estaba convencido que con el órgano gustativo abierta, había atrapado por el momento a toda la tarde encendida de colores y perfumada a la distancia, con el paso cotidiano del atardecer.

 

Qué lecciones eternas nos dan nuestras experiencias, nuestro constante trajinar por el mundo, mientras cuantas otras se olvidan del corazón de la misma tierra ahondada en el alma. La evidente sensibilidad telúrica, debajo del aspecto de la razón, que en cualquier parte en que se halle, siempre se le vendrá a la vista las gotas del recuerdo, que el tiempo pasado fue mejor. Lástima que en ésta vida no existen caminos de retorno, tampoco realidades de regreso. Visiblemente nunca volverán los del pasado, menos los anteriores veranos de alegría, jamás serán recuperables en ninguna otra primavera, todo será una verdad subjetiva y pasajera imperceptible.


 

HONDURA SENSITIVA


 

 

Cuanto quisiera abordar el tren andino de vida eterna y que nunca llegue a su destino en éste mundo, ni menos se acabe de cielo la misión del viaje terrenal. Las oquedades y cavidades naturales, todo se vuelva una misma identidad de universo, un mismo principio de la fuente color de gloria, una sola consecuencia de la imagen visto a la distancia. El mundo natural gira y gira, en cada movimiento brusco la geografía se abren a mitades como la luna en el agua, para luego arrojarlos al viento, como una inspiración al olvido.

 

El vasto crepúsculo de la tarde, como una amplia carta abierta de despedida se va pintando de acuarelas usadas, con letras ágilmente correadas sobre el cóncavo azulino del horizonte, mientras desde la parva del trigal los hombres dibujan las órbitas incansables en el centro mismo del campo, los caballos lentamente caminan sujetadas en círculo hasta trillar el trigo. El viento llega con fuerza a limpiar el trigo, porque la tarde se descuelga pesadamente al occidente. Ansiosamente con las palas las tiran hacia arribas del cielo y ante las vistas el aire las separa de la paja, para regresar verticalmente al centro de la parva. Mientras en la lejanía se va quedando de fondo amarillento unas líneas jaladas de anaranjado hechos con fuertes trazos de pinceladas de cielo. Los hombres de la siega del trigo, calmadamente en su poca claridad de agricultor formulan su despedida momentánea, las separadas cumbres, los abiertos valles, todos las vertientes matizadas de lienzo rojizo en la lejanía constantemente van delineando el adiós del día, que en la oscura noche se vuelca a nueva esperanza, que difícilmente nos encausa es la vida, al comprender que no tiene regreso.

 

Cuantas veces observamos la claridad de la tarde ladeada a un extremo del espacio, el sol amarillento convertido en un simple bolo anaranjado de caída, que cruza el cielo con destino al precipicio del anochecer. El hundimiento del ocaso en el vacío, pronto la mirada inocente de los habitantes de la tierra, se contrarrestan en el cobertizo del crepúsculo al son musical de las arremetidas del viento, que soplan desesperada de las alturas, hacia los campos de color sombra en bóveda. El tejado artesanado que en las partes planas se cobijan de verdosa cúpula, el atrasado clamor de pasada retenida da pintadas de noche, sobre las desarregladas hojas caídas y secas del campo.

 

Retrasado he contemplado aquel cielo azulino claro de tantas manchadas nubecillas que se deslizan hacia el horizonte. En espera durante tantos años siempre he vislumbrado el mismo diagonal del día. Que sin tardanza irremediablemente su demora se va derribando a las pocas horas, hacia la entretenida esperada tarde, que siempre llega a veces con impulsadas soleadas, otras lluviosas, muchas afligidas y melancólicas, como tantas vitrinas rotas y sombrías sin aliento de esperanza.

 

Cuando lento viajaba por la región andina, siempre rápidamente cruzaban el alargado camino, varias jovencitas de caritas amanzanadas de color, de faldas a fresadas de color maduras de cielo, de blanco sombrero con cinta de color negra, de largo cabello trenzado con una flor del día, encendidas de luz al lado derecho de la frente. Entrado a la puerta que ante la claridad del sol naturalmente se pintaba en múltiples aspectos colorantes del medio día. Las ideas refractaban en los cerros pulidos, todo nos llevaban a pensar en un infinito vació de esperanza, en donde el tiempo fugaz se convertía en una nueva realidad del día metida en el corazón de la mañana.

 

Mis pensamientos a veces permanecían juntas todas en un absoluto silencio, hasta alcanzar las orillas del atardecer y en otras tantas hasta llegar cansado a las cuestas agotadoras del anochecer, en donde la luna se pone frente a frente con el huido sol, que presuroso mueve ahorcado en los filos del querer amanecer y finalmente también, el mar y el cielo, se enfrentan hasta desaparecer en el sosiego de la negrura de la noche. Demorada se guardaba a un costado el cuadrante de los trigales nacarados.


 

 

El tumulto de voces del gentío se arrinconaba a un extremo del tiempo, la enérgica lluvia y el viento verde del valle, soplaba de sur a norte, por las vertientes empinadas de la serranía andina y un cielo plomizo por encima dejaba con excesiva continuidad caer sobre las hojas del campo. Al otro lado del recodo inclinándose debajo de una espesa neblina color canela, por donde aligerados desfilan en dos hileras paralelas exactamente extremada impulsadas hacia el ángulo del infinito. Íntegramente  se extendían sus caminos enteros al mismo lado de los peñascos, como quien sube las vertientes empañadas de pesada llovizna de plata. Conjuntamente implorando al mal tiempo su retiro momentáneo para dejar abrirse hacia los rayos del sol.

 

Mientras el invierno se va entretejiendo solidamente del friolento hielo, en el fondo del silencio siento su dolorido recuerdo, de los trigales en retoño, de su primer verdor de campo, de los riegos de las acequias, de las tomas y el reparto de las aguas para el riego de las plantas, las flores de los huertos; pero, sin dar señal alguna de salida, se esconde luego las aguas de las quebradas, como lo de ayer que hizo un día tan lejos, tan cansada y opaca, que todas las puertas cerradas del día se abrieron hacia la redondez de la parva esperando al trigal.

 

Admirablemente delineada de naturaleza y realidad, todo estaba de cuesta y subida, tenía apariencias alejadas y distantes, de facciones quebradas irregulares, de bucles nubosos de rosas blancas y doradas de sol, al trigal lo acariciaba el viento tibio de una lejana primavera. Pero de cercana paciencia de cosechar el grano del trigo,  bien abrigada de lugar de la mies, lavada a la distancia por harta lluvia de invierno sin igual. En la parva del trigal se quedaba el ajado trillado del cereal para el pan del pueblo.

 

En una hilera de gruesos árboles del camino, todos bien cuidados hacia la próxima primavera. Alirio del pueblo, preocupado por gusto del pan caliente salido del horno, las sementeras con el tiempo en tierra en paja, sólidamente enraizada en estrechas veredas paralelas de surcos, todas mendigando un poco de sol al paso de cada planta, éstos se alejan hundiéndose lentamente en el infinito y a su vez también en el molino de piedra, arrojando la harina de trigo como riqueza del caudal, una débil conciencia sostenida en el espesor de la niebla se en muda. En la puerta del molino de piedra, la penuria de pobreza en un gran silencio, todo se aleja retrocediéndose hacia el lado de las vertientes cercanas, junto a los montones de piedras labradas y salientes hacia las tormentosas lluvias.


 

SOSEGADO PROPÓSITO


 

 

Los fogones de negro azul de tienda, habían sido trasladadas de sus bases originales hacia el lado más cercano de la vistosidad del lugar, solo se advertía tan junto al tintineo de los utensilios de cocina de hogar, en espera del pan de trigo o de la cebada, bajo la choza sombreada del campesino, por encima el coposo de los árboles en hojas plateadas se extendían. Cuyos ángulos de plomo se adentran en el recuerdo del olor del pan, para pasar luego al olvido del deseo, tantos días sepultados por el pasado, las huellas del sabor de las tortillas recién cocinadas en la cazuela ardiente de barro, negreados por el fuego de leña seca y de lenta llama azul viva, era la transparencia hacia el viento de la tarde.

 

Tantos potajes a la vista de Alirio del pueblo, imposible describirlos a la distancia, todo en color plata y oro, color de piedra y de madera usada con amor y ternura de un campesino de natural descuido del lugar. En conjunto conformaba el sabor de campo, de antigüedad del agricultor, descuidado en su camino de uso y de destino. Pero, éste racional descuido, no es raro ni extraño en el pueblo, es siempre el mismo del hogar. Que extensa y plácida felicidad, a pesar de las alejadas asperezas de la tierra. Todo persiste espaciado para que nada perdure, todos viven distanciados para que continúen subsistiendo en la vida, lo apartado no significa dejar el trigal acabada en la noche.

 

Por el pueblo, pasaron tantos inviernos y tantos días nublados, la niebla congelaba todos los valles contiguos y limítrofes de puro cristal del tiempo. Las lluvias lavaban las cumbres más sobresalientes de las vertientes en espera del sol radiante. El paisaje se pintaba de un color azul oscuro de candela, lavado de esplendor los peñascos desfilaban en la distancia colindante, quedándose veteados en la lejanía vecina del trayecto muy próximo a éste recorrido de árboles veteados el espacio. Todos en travesía silenciada y en la escondida sombra separada, era sin duda un eterno mutismo en la sequedad del alma del campesino.

 

El camino del pueblo cercano regresaba hacia su sombra y la niebla salía remotamente de su contenido, como una voz afónica entresacada en el aire, casi sin sentido en una oscura extrema torcedura distante, Desde arriba se advertía, bajo un amplio cielo nublado y lluvioso apartado de las cumbres, casi reiterado sin  corazón,  por lo lejano de su respiración buscando el fuego. Alejadamente entre la retirada de la noche y la estrecha árida claridad del día, todos esperando pacientemente en el pueblo, mientras que la húmeda tierra agitada transpiraba, bajo los escarbados árboles de rústica posada del campo.

 

Traslucía la luz desde el interior de la ramada y desde las hojas verde amarillentas del manantial, inmediato dando un brillo característico de plata, a los campos adormecidos y movidos por el viento suave de puro corazón del agricultor. No muy distante, desde la puerta semiabierta del cielo, seguía con la mirada retirada de antorcha, tratando de ahuyentar la reciente distancia, hasta perderlo exactamente al doblar la última esquina, que apartado da al lado del próximo del río turbio, tiñendo por  lo alto la pintada de un cielo oscurecido de invierno.


 

 

Aquel jueves quince de agosto de mil novecientos cuarenta, siempre le resaltaba el recuerdo de Alirio del pueblo, bajo la sombra de un viejo y coposo saúco, en un verano de agosto, en una madrugada andina de cielo azulino blanquecina, polvorienta de camino, casi llegando a la orilla del día en donde todo es claridad, como reflejo de cristal. Se definió el destino de Alirio del pueblo. Todo el pueblo se alegró. Luego vino la bella tarde al encuentro de Alirio, como testimonio del evento, mientras que esta firma espaciada en dos alas, a la larga o a la corta significaba de querer coger las flores. Todos los extremos de ése minuto estrecho de gloria y junto al rocío la dejaron escrito en hoja blanca, con todo el viento y agua, en un sólo pensamiento empozado al lado derecho del corazón del pueblo.

 

Para Alirio del pueblo, le ha llegado la luz del día para siempre, como una primavera eterna, la felicidad en todas las dimensiones del deseo, querer a un pueblo es la esperanza de la existencia, como única de todo corazón. Con perfume de rosa, bañada en lágrimas de amor, fresca de amanecer se queda y se quedará para siempre encaminando tras del sendero visionario de la razón.

 

Alrededor del mediodía, las puertas de la existencia, se encontraban semiabiertas a la claridad dorada, cuya penumbra caída del cielo y recostada en paralelo, esperaba la ocasión del tiempo, para que en estrecha magnitud del encuentro de la vida, resalte el intervalo en perpendiculares hilos largos, como rígidas cuerdas tibias de amor de Alirio del pueblo.

 

Dentro de sus cabellos de Alirio cortos rizados ha patinado el día, mientras que el lejano sol se ha resbalado de albor por el cielo, como un círculo encendido de gloria, alejándose de la mitad de la tierra hacia arriba, como algo descontento que huye fuera de la esfera de la parva del trigal.

 

Pensar en grande es intentar en todo, la naturaleza se mueve lenta y sosegadamente, rodeado del todo distante giran coordinadamente en la distancia, en perfecto alineamiento tan seguro y dueño de su propio destino. Parece dormitar en su camino, no le interrumpe el olvido, porque hasta el momento no ha construido su camino, estacionada en el centro de un alejado pasado. El otro extremo aproxima el futuro, que viene de prisa a trasladarse del trigal, junto al quién los mira, como un sueño de parva, debajo de una fugaz sombra oblicua de tamaño, mientras que una incompleta alegría se recuesta tendida, casi dividiendo una mitad de mañana, que cercanamente rodean los cercos circundantes de la nada.

 

La armoniosa existencia de la naturaleza gira y gira, hasta alcanzar la apreciada aroma encantadora del sabor, que a la cercanía tomaban el buen color en las mismas plantas, para ser cogido a un tonel de frutas suaves a la redonda, todos los frutales de las plantas con aspectos carnosos de un fino acercamiento a la tierra, al agua, al agro, a la raíz, al espinoso trigo del largo final del justo. El camino del campesino no es el más lejos del conocimiento, sino que, es el más íntimo gusto de la vida.


 

 

ESPACIADA PUREZA

 

Con zumo de naranja y en extremo cuidado, se ha plasmado el justo propio del blanco deseo de Alirio del pueblo, la miel universal endulzando los folios de la extensa naturaleza, risueña y finamente elaborada se esconde debajo de ése tinte de acida frescura de una redonda fruta amarilla, que como manzana relumbra a los rayos del sol.

 

De otro lado del río aparece, una exagerada búsqueda empinada demasiado frío, que advertida se explica en línea alargada, hasta llegar a la palidez del destino, mientras del vacío del horizonte se yergue la entresacada luna, derribada junto a la satisfacción paralizada de temperatura, que se dibuja el trigal de cielo entre las vertientes del valle.

 

El gusto del pan busca siempre la ausencia de cuerpo en el deseo, cuando el trigal combina su textura de negrura cerca de la quebrada, sobresale la blancura propia de harina molida en el batán de piedra del segundo piso de la casa, produciendo ése característico suave sonido, como un ingrediente de la satisfacción del pueblo.

 

Desde la cumbre más alta hacia el trigal, los sonidos de metal se arrastran como el viento sonoro. Si todos los colores tienen un gusto propio, entonces, auque la tarde con extrema lentitud descienda, el fuerte sentido de toda persistencia aromática, lejanamente todas las alternativas preferibles se adentran de mediodía, por la hendija de la puerta, arrinconándose al tiempo del lado derecho de los Andes, que de blancura se quedan prendido de la bóveda como un saco de trigo, para el dulce pan andino. 

 

Sale desde el fondo en última palabra, todo tejido de pesada sombra, bruñido de plata sobre alejada luna, se adentra como espinas de tuna alterada, en un mundo de buen corazón, que espera los extramuros característicos de plantas del pueblo de altura, con tejado y rosas encarnadas en el verdor del ahondado manantial.

 

A la distancia de noble sustancia revestida la natura, se aleja de la funda rota de un nuevo día, con dirección expresada en un extenso pensamiento, de una impalpable claridad no muy apartada, encuadrado en los tres metros del deseo y en uno más que redondea de esperanza el círculo del vacío.

 

Bordeada por el calor del ambiente, se va un sosegado encuentro de un duro quejido, cincelado por la sombra que se aleja de la orilla llenado de tanta lejanía, que necesita el campo del pan del día. Alirio del pueblo se sube de miedo a un lado del polvoriento camino.

 

Ante el esbelto paso de luz sobre las chacras, se levanta al nivel de la lomada de la sementera de cebada, frescura anaranjada corre por la acequia de las aguas el reflejo de luna, en una débil noche que llama al entusiasmo del titileo de estrellas, fingidas de glorias pegadas al centro del azul, reman en la avena del trigal como una vista echada de mirada a la redonda, exactamente al centro de la parva de la trillada del trigo.

 

Todas las plantas se pusieron de pie y los cerros irguieron sus crestas de piedra, hasta tocar con el azul cielo de Hualalay, sus  vertientes parecían estirarse hacia arriba en forma anormal, con la desnudez de sus espirales escondites de tierra alejada, caída como tantos cabellos sueltos al aire libre, batida por la furia del tiempo solar, resonaba los tallos del maíz, todo era una vaga esperanza inserta en la lejanía, en el descompaginado libro de la naturaleza, que jamás se podría abrir en el presente transitado desconocido del universo.

 

En su mayoría obstinaban en no querer desear caminar por el pantano, mientras todas las horas vagaban por encima de las espigas del trigal, sin control sobre los deseos de no gritar ni salir  de sus aposentos antiguos y preferían morir de tristeza en sus caminos y otros encajonados en agua junto al río de la mañana a la vista entristecida de Alirio del pueblo.


 

 

Todo el sol del día se había bebido el agua recogida en la fuente cercana al trigal, cuando todo se cubría de nube y a lo lejos se presentía de la venida de la lluvia, el campo se ennegrecía de color y todos en un menudo giratorio del que hacer abandonó el lugar la familia de Alirio del pueblo andino.

 

Se entreabrió la noche de cristal de par en par y dejó entrar esa bocanada glacial por un momento al trigal, que llegó hasta el fondo de los huesos de los antepasados y la gente del pueblo comenzó a temblar por largos minutos, el frío andino se hacía sentir con gran fuerza de furia, estaba tan cerca de todos, tan adentro del ser humano, que de la familia de Alirio y del pueblo se veía caer ovaladas gotas por sobre sus caras, sus miradas se habían quebrado por la incontenible tristeza.

 


DEFICIENTE ACABADO

 

Con todos los medios de la razón, trate de obligar al viento para cambiar de sentido, con una mirada cruda y desbaratada me resistí  en mi posesión; luego se me ha estirado la mirada como zanja a lo largo del despedrado caminar. Los árboles se mecían con más fuerza de lo acostumbrado, la gélida contrarrestada negativa se estrechaba cada vez más en la garganta, te confieso que Alirio del pueblo, su delirio fue no poder superar a ésa fuerza natural. Que ni cerca ni lejos se abría mi desconsuelo y más de prisa se cerraba la brumosa oscuridad inolvidable del destino.

 

He tratado con el tiempo transcurrido de enterrar mis recuerdos a varios metros de profundidad, bajo mi santa tierra y luego he agregado mayor peso en el techo de mi casa, echando todo el volumen de un cerro de Caquia encima; pero, como resultado he obtenido que pronto se me olvidarán, como mi casa de Tapugón, que nunca la cuidarán al contrario, permanecerá presionada por el olvido del pueblo.

 

Ante el diluvio de lamentaciones sin primaveras de Alirio del pueblo, se asoma por esa angosta  playa andina, todas las intenciones anheladas de múltiples colores no muy bien arregladas, unas van quedando hacia arriba de la cumbre y otras inclinadas hacia abajo del valle. Con el  consejo del entendimiento la intención se torna amarga de ubicación, algunas son pasables y otras son devueltas, el ánimo es el mismo, todo se quedan  tiradas por el camino.


 

 

Las tantas horas muertas se esparcían por el reseco suelo desolado y maltratado como tantas hojas ajadas por la furia del tiempo y el paso del viento. La gente del pueblo se alejaban tan de prisa, como el mismo estado de las calles lo permitían, no se decían nada, de espaldas Alirio se iban retirando, insipientemente se alimentaba el entusiasmo y el camino se pintaba de ilusionadas esperanzas, la lejanía poco a poco se le recobraba de su entorpecida distancia. Cuando se logro a plenitud, los cerros volvieron a pintarse de nuevo el paisaje, con las mismas imágenes y colores de las flores a orillas de las fuentes y quebradas, siempre acariciadas con el viento del campo.

 

Todos andábamos por el mismo camino de la sonrisa, llenos de luna y sol, llenos de tanta felicidad, extasiado del paisaje, cautivado del ánimo, embelesado de la fragancia de las flores, profundamente embargado de ese sentimiento andino a olor de hierba fresca del campo, que de rato en rato, jugaba por debajo de las sombras del horizonte.

 

Los arbustos meciéndose por la fuerza del viento se reían a distancia, siempre nos veían pasar por esa sinuosa senda, senda que del tanto caminar se grababa en el cóncavo profundo del alma. Bordeando las cuestas y bajadas se orillaba de verde oro sus costados del río, por donde alforja al hombro se transitaba en el día, llenadas de frutas de la región andina y en otras veces llenas de tantas esperanzas, eran transportadas a lomo de una potra blanca salpicada o de un color caramelo como las cumbres del corazón. Con la respiración agitada de sierra y la transpiración friolenta en la frente, nuestras miradas trataba de buscar el cielo en forma solitaria.

 

Los campos de Tauca se encontraban, despejadas, limpios y puros azulados como el cielo. El tiempo en si relumbraba profundamente en sus cerros, cruzada de verdadera alegría de pastoreo, parecía que todas las vertientes se reían de azul purpurina. El valle entero se abría a la claridad del sol, los caminos, las casas del campo, los ríos de piedras veteadas, las hojas verdes de esperanzas, parecían en conjunto adoptar las anchuras naturales de la gran amplitud del universo sobre la tierra.

 

El corazón del Tauquino no engaña, el corazón siente hasta en lo más profundo de la oscuridad, lo ve todo de verdad, todo tiene a su alcance, por eso llora, pero llora de corazón cielo. El éxito y la felicidad pueden convivir en un mismo lugar del corazón misterioso; la fe desgarrada de la realidad se queda siempre junto a la puerta de salida del corazón juicioso del campesino.

 

El horizonte estaba de extremo a extremo tendido, casi ya todo de color rosado con franjas de nubecillas estiradas muy delgadas en la lejanía, el amarillento aspecto teñido de rojizo circular en la distancia, por poco no se despide del todo del acampanado cielo. Mientras que la naturaleza de este lado de la derecha, semi-oscurecida comenzaba a dormitar quedando en el fondo de la lejanía y en las cercanías próximas a la noche. Sobre el tejado andino del pueblo, se sentía un gemido de cansancio, de haber terminado la gran tarea cotidiana de la subsistencia y por los caminos desolados se percibían los pasos de retorno al hogar materno de la vida hermana.

 

Desde el centro de la misma noche, la luz blanca de luna inundó sobre las cumbres y los valles de toda la provincia, pero ese viento tristón levantado del extremo norte no apaciguaba en absoluto los extenuados sentimientos de los habitantes del pueblo. El temeroso pesar, con la noche entera, continuaba la delgada esperanza, no obstante que este gesto nocturno de luna, siempre llama al joven corazón, la dulzura de unos labios tiernos de amor.

 

Con gesto corto y áspero Alirio del pueblo, entona el alma tierna, mientras de amor se riega el corazón, para que de todas partes se reciba la claridad de cielo. Navegando sobre el azulado silencio de la sombreada tarde, ventilado por el friolento viento, que en línea horizontal de visión futura se extiende la naturalidad concebida y el pueblo entre huertos de una abierta razón se expande a los cuatro puntos de la Tierra.

 


LEJANO FRONTERIZO

 

Mañana pasado cuando vuelvas, otra vez a recorrer el mismo lugar del tiempo, dando vuelta a la redonda calentaras las sombras, sin decir nada. El trigal en una sola cuerda será cargada hacia la parva, en tantas vueltas será trillada por los caballos de color caramelo, las cargadoras del trigo relucirán sus polleras de colores, el campo verde trazarán sus espirales vacíos de arte y el calor ahorcado desde el mediodía, dejará libre al viento, para recordar la media vuelta de la Tierra.

 

La naturaleza devolvió el viejo aspecto de siempre del pueblo andino, he respirado tantas veces el calor humedecido del mes de marzo, entremezclado con aroma del manzano y de la manzanilla, con un sabor callado y una mirada enmudecida, que se fue por los caminos de verano de color alimonado en ligero galope del pasado, se alejó por la visión más extensa que de la vertiente de la vida. Las piedras tienen inteligencia, oscura bordeada de silencio y sentimiento de corazón, todas con dirección al cielo, se van abriendo paso al centro del universo.

 

La manzana de Tauca, en una idea tan barroca de acuarelas, me hace un gesto de generosa alegría, con todo su amplio corazón, suspendida en la pesada atmósfera que se asoma. Desde la distancia se observa como una dilatada lupa de cristal, sostenida sobre las extensas hojas de manzana del mundo. Concentrado en el centro del espacioso páramo, netamente templado y nudoso que al paso del viento se pulían los contornos rústicos sedientos y sus copiosas afluencias humanos describían su geografía. La inmediatez del ancho camino de la subsistencia y la cercana fuente de la vida, limpia abundante se escondía en las afueras del día.

 

Entre ése collado infinito de sierra, la vasta puna en un abanico de hilos entretejidos de lagunas y de un excelente raro metal bruñido de color limón celeste y formando una copa de plata opuesta a las lomadas se fijaba inmóvil en el espacio desorientado. Junto al cerro menos elevado, las flores silvestres perdidas de peso sobre el aire visible, artísticamente se mecían cerca de la puesta del sol. Era un adorno rodeado como una vieja luna, entrando en el umbral de un eclipse medio entrecerrado. El viento suave, delicado y en aurorota de sonrosada expansión, se jalaba a un lado para deslizarse a pocos en círculo de amanecer. Alirio del pueblo, perseguido por las ansias del mismo azul, corría por su pensamiento parecido a un río invisible y por debajo del eclipse anular del sol, caminaba solo y melancólico, bajo la penumbra de la tarde que se iba quedando a orillas de Tuctubamba y de Corongo al inicio de un eclipse final.

 

Como un meteoro luminoso de una minúscula voz de niño, procedía de la salida del sol, tras el principio de algún fenómeno extendida desde los parajes de Siguas, llamaba la admiración de ésta sonriente claridad de mañana y de sol. Mirando la aurora polar, definitivamente el día es muy diferente en cualquier parte de la Tierra, aún sea la cara negra de la noche en las regiones polares. Desde la sonrosada aurora austral, se observará parecida al eclipse parcial de la luna y entre las alejadas hendiduras sobre las aguas sujetas a las grietas para librarse de las incontrolables mareas naturales, en ese periodo de transición del conocimiento una vieja tristeza dolía tan cerca, que se arrastraba lejanamente en el recuerdo.

 

El invierno lluvioso se esparcía por sobre el trigal, Alirio del pueblo, calculaba matemáticamente la densidad del momento, en un promedio de un quinto más alto que las lluvias y los ventarrones andinos que lo usual. En la parva del terreno se contrarrestaba las perpendiculares goteras cerradas de las bulliciosas tempestades que refrescaban los verdes campos de la agricultura. Mientras al otro costado del tiempo, se apartaba el descampado poblado, por donde se deslizaba las aguas de plata en los cauces de las quebradas, bajaban en las mismas proporciones que en las épocas de primaveras de agua dulce y cristalina.

 

La ilusión es de todo el pueblo andino, pero las cosechas de los trigales, cebadas, maizales, papas y tantos otros productos de la tierra, en donde la mujer hace al mundo andino en dulce primavera. La gente del pueblo, aún afirman que el otoño es la mejor estación andina. Pero desde luego, en ésta parte del mundo me quedo con la primavera.  La ensenada, salida del cielo solar hacia la actividad real de la imaginación, estacionado al principio de la puesta del sol.

 

Estos siempre se retira de los sentidos, metidos en el aurero del cielo lunar, dejando desnudo a los causes de nuestra razón. Para que se llenen de estrellas vespertinas las pasiones, escampado en varias líneas engañadas y escalonadas de estrellas matutinas, saliendo casi una hora antes que el sol. Absorbido en el horizonte sin las intimidades del trigal ni menos las parvas estrelladas en el ocaso despecho por tantos vientos, que pintan en las ventanas del pueblo andino las doradas cumbres y las pateadas escarlatas como despedida de la tarde.

 

De rojo vivo el rosal de las huertas del pueblo, en donde brillan todos los cristales del mundo. Mientras del agua al cielo se deshojan las yerbas de las acequias y en lila pálida marchita se hunden en el alma. En las afueras del pueblo andino, coloreándose de vida azulada, como todo firmamento desde arriba desplomada. En suma de factores del maizal distantemente restada del campo de riego. Abrumado el campesino, cerca del punto invisible de la puesta del sol, se queda la escarpada loma antecediendo a la estrella matutina enlazada. Todo queda al otro lado, rutinariamente alumbrará ceñida a esa mitad esperada.  

 

Con seguridad perimetral del caso, cuando alguien hace muy junto un movimiento de dolor, inmediatamente sin mirar arriba se quiebra el rostro escondido en si mismo. Bordeada la afirmación de este calibre comprendida, se parte en dos y el regazo suspiro de amanecer se contorsiona apretado, en una delgada paciencia de una supuesta felicidad, a pesar de la ilógica negativa. Subyugada a ésa aspiración de una pausada iluminación, sorbida de fulgurante rosa, se agita sobre las aguas y la respiración briosamente blanqueada por el frío, Alirio del pueblo limpia la sinceridad de la sangre de la urbe y va encaminada lucidamente con dirección  hacia la esperanza.

 


ABSTRAIDO PARAJE

 

Llevada por el viento del mediodía, recogida en los repliegues del azulino alejado espacio de vida. Las nieblas de sueños del pueblo en finos labios se pronuncia, demasiado cerca del sol andino, en donde no puede ser visto por Alirio del pueblo su entibiada cobardía se encorva en si mismo. La gente del pueblo, cuando esta opuesto a la nitidez del sol, los párpados empañados se cierran. El trabajador del campo, cuando sus sentimientos buscan el consuelo en los Andes y no encuentran el deseo ocasionado en sus campos, entonces, se calcina todo el cuerpo de tierra de arcilla y la sabiduría se aleja más lejos todavía de chacras, que al pasar por sus acequias de regadío sin tocarla se quebranta en la esquina del desazonado silencio del beso del camino.

 

La gente del pueblo andino, quebrantándose en un áspero camino, se cerró la curva en el recodo de la puerta y un torpe respiro de campo se fue de prisa por las cascadas de la quebrada, sin poder guardar un poco de su alma, para esparcirlo dentro de la redondez de la luna. Todos los trigales, dejándose abrazar por la luz de plata, que en retroceso de su lucidez, se quedan muy lejos de su inesperada redonda parva de trigo.

 

En la imaginación del razonamiento abstracto del día, el pueblo andino a esta altura de la vida, debe seguirse sembrando sus campos en contra de la corriente del ventarrón. Por un mismo camino de sierra, como piedra de haber rodado por el surco, con el placer de un mismo estilo en curva de acequia, fiel a su original destino de las aguas, que a la entrada del amanecer se ha quebrantado el frío. La gente del pueblo, en forma de brisa retrocedida, se queda en blancas hojas de risa, perturbada y herida, como una aurora desconocida, que triturada y a un tanto separada, se madura de manzana una extraviada mirada.

 

Alirio del pueblo se ha sobresaltado las colinas, ya no sabe nada de la tarde, tampoco del trigal, menos del maizal, la diferencia de longitud de las cuestas convertidas en el tiempo, se ha quedado como un surco desolado, situado al oeste del meridiano. El mundo, por donde se ha estirado de costado la mirada del andino, a lo largo del interminable camino. El pueblo andino, siente junto a sus tantas contradicciones angustiosas. Mirándolo de frente a sus contrafuertes del Ande, es un campo abierto hacia la luna, por sus cuestas suben reverberando la alegría y tejiendo los pajonales de energía, para reclinar las vertientes con la brillantez de fuerza, hasta alcanzar la orilla de la fatigada esperanza.

 

La abstracción retrospectiva es ascender en las escaleras del tiempo. En suavizada reverberación de belleza del pueblo andino, en trémulo cielo lunar se sumerge sobre el cerro de plata, también la vegetación de los Andes se mecen al son del viento de jalca. Los estrechos caminos de subida y bajada, desenterrándose del polvo rosado del tejado del pueblo. Las huertas con todos los lirios que terminan en el alba, cercano al anillo emergido de encantos pensamientos. El movimiento parecido al temblor, entre las cuatro estaciones, se hundían en conjunto. Alirio del pueblo, fruncido el ceño se mordía la risa profunda. Más tarde en un período borrascoso se estremecía friolentamente los vientos encrespados los dedos en un solo puño de invierno.

 

Por un momento el día recupero la vida del trigal, zozobrando las tempestades también el maizal se recreo de alegría, como luna llena orientada hacia el día. La gente del pueblo andino, pasibles observaban lloviznar en la parte superior de la alzada oriental. Absolutamente el hombre maravillado de los fenómenos naturales, como de la tormenta que llevaba un aire aterciopelado de color natural. Más allá Alirio del pueblo, se encontraba con arrebatos remangados color canela, todo puesto a lo largo de la cuesta del paisaje andino de recodo inclinado.

 

Semejanza inquietud desde el trigal del pueblo hasta el cerro, dibujaba la figura geométrica de un cuarto menguante de diferente magnitud de la luna. Los pobladores, desde lejos percibían un olor de pálida rosa silvestre, todo el horizonte mirando hacia la noche. Alirio del pueblo, se preguntaba: “no soy suficiente describir un esplendido momento”, toda la amplitud del espacio parecía haber llegado a un extremo perfecto de gloria. El campo de verde levantada en rosas de colores rojas y amarillas,  idealizada entremetida de secreto coral se extraía del fondo de la poesía. Lo encontrado se anegaba susurrando a un costado de la corrida andina.

 

En aquella tarde invernal entristecido en tal extremo el trigal, que para algunos del pueblo andino era impresionante y para muchos era nostálgico, friolento, de olor a  hierba, de olor a cementerio, con ropaje de funeraria rural, el día se había interpuesto entre las noches y las miradas de consuelo, se había removido los ángulos oscuros de la gente, dejándose ver de  blanco humo las escapadas neblinas escondidas en el ayer.

 


PROVOCAR MOTIVOS

 

El placer es algo suave a miel, que candentemente nos proporciona la naturaleza. Esparcir los motivos con viento entre los pajonales, es preparar la tierra para la llegada del nuevo amanecer. Recibirla por el lado de tanto esperado, para luego perderse derramado por el costado y reverso menos deseado. Hacer alguna cosa para quedarse de pie a orillas del pueblo, medio inclinada hacia los corazones de la gente. Tal vez se comprenda como pasajera, inválida de melancolía entibiada en las mañanas andinas. Sembrada como refinada expresión de arcilla y fue áspera a su vez en las subidas. El tiempo se va sin luna ni sol, con una tarde barnizada a distancia de nostálgica despedida.


 

 

El cielo del pueblo andino se contemplaba, como el mejor rosal de la vida andina. La mejor planta aromática del cedrón palpable y de color verde filtrante de hojas disponibles abrigo de la sierra. La gente del pueblo mirando hacia las vistas más hermosas del espacio. Completamente abiertas hacia la amplitud del cielo, en su curiosa distracción, por encima de un sostenido Cristo de azulado fondo de color predilecto de todo el mundo, con buen resultado descrito a la multitud de sus fiestas patronales, se jalaban de sus trigales y de sus maizales a un costado del tiempo de su apagada vida cotidiana.

 

Al inicio de la estación del pueblo andino, no era posible descolgar esa atractiva exposición de intocable cristal, ni evitar de ninguna manera el efecto multicolor de la alegría de la gente, tampoco de su floración de las enrarecidas nubecillas del oeste. Desde antes, la gente sabía que el roce agradablemente de perfumes de los trigales, profundizaban los canales cerebrales del pueblo, el espacio sostenido de lúcido esplendor sobre las cumbres, se atollaban entre las nubes cuando el tiempo es frío aterciopelado. Aunque reluzca al calor del sol andino, siempre combinándose de rojo intenso atractivo será admirado los Andes. Las codilleras con las numerosas consecuencias de la apertura total del cobrizo tiempo, el refrescante viento siempre estará empujado al firmamento, como un sueño suficientemente extenso de tanta fantasía.

 

Entender la variedad natural de los Andes, es abrirse proporcionalmente a las cuatro estaciones de la esfera universal, verdaderamente en una amplitud impresionante, su peculiar maravilla natural y características circunstanciales de eternas caliciformes, que por su forma constituyen lógicos cáliz de oro y plata de esencia inflexible a la vista del ser humano. Los macizos de los contrafuertes de las Cordilleras de los Andes, en sus naturales aspecto bastante misteriosos, de configuraciones estructurales morfológicas, desaliñadas y atestadas de múltiples aspectos racimados de problemas. De contornos y hechuras diseñadas de variados colores propios de las alturas, resaltando entre ellos el blanco, los amarillos y rojos vivos, es realmente atrayente y sumamente estimada por propios y extraños. Jamás se advierte sus grandes defectos, cualquiera que sea la razón del peligro. Este puñado de rosales de altura, todo el mundo conoce como un perpetuo infinito, perdurable intelecto inmortal, pintado de abundante vida natural.

 

Las palabras dichas musicalmente, son los mejores rosales para cualquiera estación del mundo. Los Andes son inacabables, sus variedades otoñales de sierra, siempre aseguran una agradable manifestación inagotable de primavera. Lo imperecedero e imborrable, de las consecuencias esenciales de los Andes, es la misma inclinación del arte literario, que embargan y cultivan todas las pasiones vertidas con firmes ideales. Este perdurable conjunto, se diseña en el alma como un aspecto de delicada floresta de porcelana fina, que transita en el surco mismo de la inteligencia. El indefinido andino asciende sus nieves, para esparcirse en abanico coloreado desde lo más alto de su perpetuidad, como una perfecta obra de arte que mira al mundo. Evitándose derramarse el continuo llenado del corazón, por los bordes sempiternos de la poesía y dejarse mirar en cuarto creciente de la infinitud del día.

 

Cuando los sentidos se refinan en el trigal, en verde claro de hojas se desliza a sus cuatro extremos de la tierra, como también el entendimiento cósmico se desplaza en singular movimiento. Resbalada de pétalos sueltos al aire rápidamente abiertos hacia el misterio de la belleza, para alcanzar el crecimiento de la corriente rosada de la perfección. En la fronteriza cercana de la última orilla del pueblo andino, en rodamiento del huido pantano contenido permanece el color del agua, deteniéndose junto a la sombra ribeteada de la bordura enrojecida a distancia, semejando a un alejado camino del infinito.

 

Es preferido esperar y caminar en la noche por estrechas callecitas del pueblo andino, para no ver la distancia pretendida y amenguar el inseparable cansancio telúrico. Por más lejana que vaya cabalgando la reluciente alegría, siempre nos hará coincidir con el sentido de una cercana e incomparable tristeza andina. En los valles interandinos, a veces estas aberturas de compactos arbustos de la naturaleza, pintados de verdosa originalidad de larga vida. La evocación más se parece a muchas trepadoras rosaledas de amor, que a unos abanicados rayos solares de verano olvidado, que ya pronto resonado en las alturas termina.


 

EXACTITUD OMITIDA

 

Como una lenta caricia de la espera de trigal, al final de esos largos caminos interandinos, todos convergen en la misma forma. Semejante a la parva de la esperanza del pan, el olor a horno de fiesta patronal del pueblo andino, la llegada lejanamente producía el ruido característico del descorchar de muchas botellas guardadas en la profundidad del sentimiento, casi muy cerca a la orilla del deseo de bailar al son del cajero y muy junto a las cosechas de las sementeras del placer. La gente del pueblo, mirando al dorado color de serranía, solamente se estimula con sus huaynos y la chicha andina. La imaginación pálidamente refinada de los Andes, descarga su fulgoroso contenido en la temblorosa tarde sin adentrarse a la razón.

 

Aglutinada alborada en espiral de trigo se dibuja, en las afueras del pueblo andino la redoblaba brisa de frío, en la bulla del quejido de los árboles y una cuantas palabras más sembradas por el campesino, todos juntos forman el valle interandino. Incluidas en el tiempo, con preferencia en éstas simples frases de cosechas. Todos los habitantes como una sola voz sostienen, no deben existir vueltos al pasado, al contrario con un venidero encuentro las penas deben ser superados. El sólo hecho de la despedida del trigal debe producirles compasión del maltrato a la tierra, como también del maizal que divinamente produce a las afueras del pueblo. La ausencia y la remembranza de los suyos, es como el deshoje de rosa de la tarde, cuando se inclina hacia una parte de su caída, sin espera de nada dibujada en las variadas y retiradas anochecidas.

 

Cuando el alba rayaba la claridad del cielo, el pueblo andino representaba el mundo dividido en dos abismos, el valle semejaba a una puerta abierta buscando el fondo del silencio. Alirio desde el pueblo admiraba el alzar del vuelo de las aves, por encima de las vertientes que se perdían junto al velo de la menguante oscuridad, que se anteponía a la esfera terrenal cercana y al lejano espacio azul del cielo. Toda la infinitud se quedaba diseñada en la forma de una perfecta oblicua, perdida en la base yuxtapuesta del día. La gente de la tierra que recorriendo el contiguo aledaño atardecer, de inmediato se anexaba al perfil de los cuantiosos valles, que fronterizos quedaban vacías de la noche de tanto separarse.

 

En las partes altas andinas, al desvanecerse la tarde, las distancias lloran entristecidas con su propia música en callado. Todo lo anexado se enmudece desvinculado al orbe. El cosmos se siente al aire libre enfermo, la naturaleza desvastada por los huaycos y temblores, a la gente del pueblo se los parte el corazón. Todo el ámbito de la creación, parece que todos se ahuyentan por un mismo destino, hacia un mismo final del camino. El campo, la arcilla, el polvo, el campesino, todo el mundo se encuentra hecho de la misma fibra terrenal, de la misma pasión y del mismo dolor. Todos lloran juntos en la tarde rojiza de sol apagado, que poco a poco se resbala a la profundidad sin querer amanecer.

 

Comenzaba el trajín de la esfera, la tierra empezaba a solearse de la temporada vecina. Había finalizado el otoño del entretenimiento y se esperaba recobrar la alegría y el esparcimiento de la nueva vida. Por las calles empedradas de los pueblos andinos, Alirio y sus amigos, acompasando su diversión, entonan junto a los guitarristas del campo, sus armónicas canciones de acuerdo a las tantas gradas de los escalones de subida, por donde arrastran sus pies calludos de pura sangre andina. Por las noches, calculando a las posibilidades de sus fuerzas de zapateos de las parejas, todos danzan hasta acabar con las horas aplastadas en el suelo o en la misma piedra del camino, que ardiendo al sol se entibian de puro inocente amor.

 

Separadas ya de la lejanía, la gente de los pueblos andinos esperan ansiosos los entonados bailes de las fiestas patronales, para que remueven y meneen los esbeltos cuerpos de la gente de los pueblos de los valles aledaños, como siluetas de criaturas estiradas al cielo, bailan por las calles, con una respiración alterada, que al son de la música agitada del huayno, se inflan y se desinflan a cada instante, como un afónico silbido de pajonales, imitando a tantos deshinchados globos de cumpleaños. Buscando el centro mismo de la alegría, forman ideales círculos, expuestas a ondulaciones dejadas por las flores, que ya habían sido llevadas por el viento. Todo el ambiente es como un pasatiempo de luna, en una serena noche de largo caminar, hacia el claro marfil del amanecer.

 

En las parvas del trigal algo se movía tras las mantas de colores tendida al tiempo y derramada al calor de la cuesta arcillosa de las sementeras, como un beso de piedra azul se iba pintando de amarillo hasta encontrar el punto medio de la razón. Al borde de la amasada alegría, por debajo aisladamente dejaba privada al verde campo, como un trozo de verso irreal descosido de la siega de trigo. Mientras que desviada flotaba en el firmamento el encuentro de la pasión desconcertada del mismo centro de la nada. Sin el encanto de luna creciente, el campesino con voz crispada al aire y llenada de asperezas hacía muy difícil su comprensión al normal acceso de siempre al camino del alma.

 

Un aire tibio seco viene de las faldas de las cumbres próximas al valle y arremolinando el viento se hecha de bajada por la misma abertura de las quebradas, sobre la inmediata vertiente en curva poética se deja leer debajo de la sombra; entonces, se inclinaba la luz de planeta y de luna, como dos ríos paralelos de aguas blancas tiradas, entre la abertura de la tierra mirando el cielo y el espeso color de formas que se levanta inseparable a la redonda del lugar, para unirse en un separado geométrico contrario del pueblo.

 


REVERENCIA VECINA

 

Cuántas lágrimas heladas de Alirio del pueblo, se han disuelto desde las vecinas cumbres desoladas, hasta los ángulos adyacente con su lado común se encuentran próximos al fin. La gente tratando de sobrellevar el peso de sierra soporta el friolento ambiente, mordiéndose los dulces labios de fruta, con la esperanza neutral de encontrar en el fondo de la profundidad sembrado de azucena al viento de la libertad.

 

Desplegada la noche en una expresión de triunfo del pueblo andino y entre su tumultuosa gente, sus misteriosos secretos de pueblo, corría apartada una idea anexa al valle, abierta de esfera celeste, coloreada por el golpe del fuego separador del herrero. Pero contiguo al centro de la soledad, se encuentra la advertencia de ver el vaciado del día, en este primer lugar de la vida andina. El contorno circular, es tan oscura, se va tan sin sentido de extremo a extremo de la vida campesina. El huerto perdido en el silencio de la distancia, su belleza ya borrada de marrón verde, como una palabra sin contenido. Como algo que se queda sin nada, sin vida, sin naturaleza, toda una espantosa tragedia se da vueltas en el alma de la gente. Cuando débilmente se paralice el tiempo y se hunda las horas en el placer, en nudos pasos de sombras, buscarán el circular de la esfera en el corazón de la gente. Pero, entristecido hasta el enrejado de sucio ocre de las afueras, con aire de ópera sembrarán la empobrecida queja de la gente.

 

Era más de media subida, cuando el día varias veces ya había sembrado de puntillas las horas, Alirio del pueblo andino, en tierra barata había plantado la esperanza, yuxtapuesta al reverso de la tarde, hasta distanciarse en la caída del sol desparramado en el campo, adyacente al sembrío del trigal, junto de la parva. Mientras en el horizonte fugazmente descorría alargadas las tristes pinceladas, a profundidad de un valle interandino, irisado su forma natural campestre en un extremo de ventana abierta. El crepúsculo en la sierra andina, se hundía retrocediendo a pocos de la orilla, cuando ya la oscuridad de las sombras mortecinas se había afianzado. El sol desaparecía bajo el horizonte de aguas lejanas del pueblo andino.

 

Como cerezas sembradas dolían las horas pasadas por el pueblo, desde la media noche al amanecer andina, el borde pedregoso del acantilado del peñasco, el cielo aún pajizo más se aparecía a un invierno de los Andes, que a un camino del sentimiento humano. La gente del pueblo, con leves rayos fríos, tan fríos que no parecían venir de la vecina luna, a pesar de ello se contentaba. El agro como siempre, más allá tantas sementeras de papas y ocas, en las huertas tantas flores de variadas colores, entre ellas unas rosas amarillas y rojas se abrían ante la escasa caricia del viento matinal, sobre todo los nocturnos saúcos, las mañaneras hortalizas, de ennegrecido respiro, eran auxiliadas por el reflejo de las pocas penumbras, sobre ese áspero camino tan apartado de la vida nacional.

 

Inconclusa coincidencia de la gente del pueblo, como arrugas de dolor se forman los valles interandinos. Los ríos llevan el sufrimiento en sus turbias aguas, lavando las profundas túrbidas de la tierra, como también la confusa conciencia del campesino que apretada de pesares sereno se comporta. La gente del pueblo, sentían los curvados extremos del viento. El enfriamiento se crispaba, como pétalos de rosas resecados en el borde del acabado, en otros calcinados llegaba de la puerta del tiempo quebrado. Empañada y borrosa, como una curiosa pasión de mirada solitaria se explicaba la esfera del pueblo. Comprensible envuelta de seda fina ennegrecida se limpiaba la parva en la noche. Como un trozo de apagado cristal, se sumaba de crema a la redonda del pueblo, de estirado paso revuelto llegaba junto a la vetusta ventana del pueblo andino.

 

Con una sutileza profunda y de gran halago de concepto brillante, para los asistentes visitantes del pueblo andino. Muy ajustado a lo profundo se recomenzaba el camino, terminado de pureza delgada e ingeniosa se estrechaba, en el sin fin del costado derecho serenado del pueblo. En el lugar entremezclado de naranja y de limón, cubría el deseo estirado en la cima del corazón. La agudeza en donde todos nos hemos orientado, hacia el principio de la sosegada vida andina, para ascender a la parva del trigal, sin quedar a un lado de la propia esperanza.

 

Bajo el sol matinal de la vida andina, las sonrisas brillantes de azul naranja vivirán, el tiempo se marchitaría de gris en caso de no convivir en los Andes, el sol moriría de rojo acurrucado a un extremo, en caso de no aposentarse en los valles el campesino, la fragancia andina moriría, en caso de que, no habitara el hombre andino, todo es subsistencia mientras florezca las rosas. Entonces, de una esperada belleza de conciencia pueblerina de grandes dimensiones, se inundarán de alegría, orientado hacia un precioso destino. Anidarse bajo la claridad de la penumbra del sol, es semejante a cohabitar agarrada del amanecer. El florecimiento andino, es la entrega del alma, ante una certeza claridad de entrada, a cualquier puerta cerrada de los vientos de la noche.

 


CENTRADA CALMA

 

Convertido en ópalo las ventanas del pueblo se colorean de azul, amarillo y rojo macizo, por arriba el espacioso firmamento azulado caen sus estrellas, los nacarados cerros profundos se tendían por debajo de plata, alzadas en delgadas esperanzas, bajo los dorados rayos del sol, todo era un perfecto universo. En todos los amaneceres siempre el resplandor del alba, a todas partes inundando los campos fértiles. Vencer los ángulos oscuros de las noches, mostrando los huesos desnudos de la claridad. El pueblo deja a su paso la crueldad de las tiniebla, lanzada tan rápida y tan lejos como un reflejo desanimado del espejo.

 

Desde el cielo embestido del atardecer, la gente pueblerina veía derribarse el sol hacia uno de sus lados del cielo. Alirio del pueblo, antepuesto inmediatamente a tras del anochecer, veía por los divergentes caminos de la lejanía que se advertía bastante apremio de caminantes. Cuando la gente transitaba, que a paso lento iban en busca del confín. Los hombres con su cansada paciencia sobre sus espaldas y aún más, con la soleada de los valles y cerros, la concepción cósmica de subsistencia del hombre andino, aprende la filosofía del tiempo y de las enteras horas del descanso de vida.

 

Tranquilo y despejado el cielo de sereno gusto, una multitud de ovejas blancas se desplazaban por las cercanías del trigal, junto a los senderos trazados a la ligera sobre las vertientes,  vistos desde las parvas en lontananza, el verdor oscurecido por las pocas sombras aisladas del contenido. Los hombres del pueblo andino, con tantas horas incógnitas que vienen a prisa, luego se ahuyentan escaleras abajo sobre los pastos de los trigales y de los rastrojos. Son tan orgullosos, que no dan motivo a las ocasiones lisonjeras del sano juicio, tampoco hay momentos en un día tan friolentos o sofocante de trabajos. Todo es un conjeturado de juicios probables de indicios y observaciones de las costumbres de un pueblo andino, porque ni en la sombra hallaríamos sosiego, mientras el grueso de la noche se precipita inexorablemente sobre la lejanía ausente, de ser un simple consuelo.

 

Como una rastrera adulación del día, se precipitan por el suelo las hojas de sus plantas existentes en las orillas del pueblo, que en rumorosa y suave ausencia de las miradas de su gente se profundizan en el paisaje andino. El paisaje, siempre pintada en grama y verdosa mezcla de su hierba característica del pueblo. Los verdes alfalfares y los variados colores de carmesí a la distancia de los valles. En dilatado manojo de flora  y cantidad de fauna, sumada la diseñada orografía de su suelo, los pueblos y las provincias, terminan con todo sus riquezas escondidas y guardadas en el horizonte.

 

En un cierto día jueves del medio mes de agosto, llegó Alirio del pueblo, cuando las nubes moteada la amplísima serranía del encuentro. Los vientos arrimada al azulado espejo de encanto, mientras el sol se derramaba casi del todo. Se desplegaba hacia el fondo del amoroso soterrado tiempo y prendido con un claro propósito de amanecer, se paraba sin doblegar la hermosura sobre las cumbres. Pero su expresión, largísimo menos satisfecha de su mirada, nos decía a la distancia que algo faltaba sobre la tierra. Con sus crispado y suplicante posición a media luna de sus manos, todo el mundo se dio una creciente y violenta vuelta victoria a la redonda, hasta perderse su mirada en el cóncavo cielo perlado.

 

¡Ah! las acumuladas nubes blancas, tan blancas como el mismo algodón, cubrían sobre todos los valles de la vasta serranía. Esa frescura literaria del paisaje, me hacía rejuvenecer, cantando como en un gran ambiente rural soltado al universo, bajo la luna llena de cal polvorienta. Con la luz hinchada de la fe, en el extremo del fondo de la cercana esperanza. ¡Oh! casi les ocultaba a todas las cumbres del hermoso mundo andino. Desde más abajo, desde la quebrada sombreada, junto a esa voz expresada  en redondo, se escuchaba un algo agitado de cansancio. El mundo seguía su ruta cotidiana, desde su ceno flotaba incesantemente el murmullo de los no vistos arroyos de las quebradizas aguas de las quebradas. Pero que si, se podían determinar su real sentido, en la imaginación distante del rocío, en donde toda la naturaleza misma, friolentamente se arrinconaba remotamente a un lado perfilado del día.

 

¡Ay! que pena, a veces ni siquiera se puede vislumbrar en la lejanía esa luz final, que se aleja cada vez más y más de un modo inalcanzable de esperanza. Con mucha curiosidad ajena y miramientos espaciados, puedo observar a la retirada, el trote corto y precipitado de afuera. Que de segundo a segundo se va dejando y de minuto a minuto se va encontrando el invierno, en círculo va rozando los segmentos por encima de las lomadas y cuestas del contratiempo del día. Las estaciones en los Andes no se detienen para nada, a mi entender parece tener ya determinado su propio camino de herradura, al seguir cabalgando el caballo color limón durante todos los días del año equivocado.

 

Oteando el horizonte del lugar más alto con duro gesto de piedra del pueblo, la sensualidad mística que se bosqueja de lejos, tampoco con su mirada de espesura puede encontrar el punto central del paisaje rural. Sin embargo, deja caer irremediablemente una parte de la luz perdida, en una mitad de sombra descontinuada. Desplazadas las noches se siente que dan vueltas más vueltas en un solo sentido, mientras en la cercana limítrofe del pensamiento se quedan sus efectos. Con ojos nublados se enfrenta a la menuda lluvia, que de repente convertida en fría cercanía se traza en una parva del trigal. Adhería a la empalizada proximidad que desvanecida circunda tan frotadas en las oscuras sombras de las palmadas.

                                                                                   

             Búsqueda flotante por arriba de los cerros del pueblo andino. Los caminos se ponían en movimiento cercano a las vertientes. Al rodar de todas las luces, hacia adelante se proyectaban siempre, queriendo llegar al final de la esperanza. Junto a la sombra de la noche en veloz deseo de una brusca saltada de la cuesta. En las bajadas de los maizales, se daban contiguas sacudidas incansables, hasta el mismo lugar exteriorizado del mensaje, se escribían soñolientas formas alejadas en la oscuridad de la inclinada vida andina.

 

¡Oh! qué satisfacción de la gente, cuando en el horizonte se ve la primera luz del día. Todas las sombras de roturas abiertas como heridas de la noche anterior, muchas desiguales  como hojarascas tiradas a distancia, por encima del suelo frío y húmedo. Mientras que el sol débilmente se levanta, apacible y tranquilo de abrillantado corazón. ¡Oh! que saludable aspecto demostraba el viento del amanecer, con su expresión mesurada y pulimentada de esplendor, como un manto grande se ubicaba hacia el norte del pensamiento, muy próximo a los límites de la sin razón. La pasión es un intento de la intensidad del conocimiento, que desfilado al periférico comentario del complemento segmentado del sur, era la conformación edificada en la mejor posición posible para albergar todo el peso del corazón.

 


CRUZADA ALTERNA

 

Basta con reprimir las fuerzas, para que desde lo más hondo rebrote la confianza y se derrame la suavidad del cielo, como una certeza precipitada desde arriba sin retorno ni auxilio alguno de vida. El pensamiento y valentía son conceptos que juntos caminan, por un mismo camino terrenal, dejando a los criterios de los entendidos de la belleza, que lo hagan por el arenoso cielo azul del lugar. Siempre he palpado con la mirada todas las flores, con acercamiento a la claridad, describiendo al revés su tan anhelada inmediatez. La alegría no es el fin ni el comienzo del amar, sino es el camino de la ilusión, consolada sobre la superficie de la realidad. Como una mirada atrevida llena de creencia y de fe perdida, en la perspectiva del ánimo y del firmamento recobrando su sentido. Aprender es como preparar un tanto de pinceles para dibujar. Después echarse luego a caminar por todos los conceptos, con fines de lo desconocido.


 

 

¡Oh!  qué gozo y satisfacción me causa la estación primera, es como si la estación hubiera reunido toda la belleza del mundo, en un solo extremo de la tierra. La frondosa arboleda del lugar, tiene por debajo las flores de todos los colores que van pasando por los causes de nuestra imaginación. La floresta inclinada del día se queda en el pasado, la inusual claridad del paisaje, de los terrenos cruzados por riachuelos de plata y lajas azules de piedras, se quedan a un lado de los interminables caminos polvorientos. El viento deleita su vanidad acariciante, en los recodos superficiales de los campos calurosos, en un día de verano sembrado de tanta alegría y felicidad añorada. Todo este mundo se podría lateralmente conceptuarse, en una frase bien resumida y ajustada, que al aspirarse llegue bien adentro, hasta el mismo fondo del alma.

 

El verdor del campo se aprecia siempre en la hermosa primavera, en cuanto se aleja en el vació espacio se marchitan de ausencia; pero luego, la siguiente primavera volverá a verdear las mismas del lugar u otras, hierbas de los bordes de acequias cristalinas y de los ríos bulliciosos de plata. Los contornos de la esfera, serán tan, tan verdes, el próximo mayo, como la espesura de los que se están por irse de despedida. El verde campo primaveral contendrán las fragancias de las flores de todos los colores, las aromáticas yerbas de todos los sabores, el olor de alfalfa y de las variadas plantas frescas; pero el mundo que vistes ayer y la tuviste a tu alcance, como el rastrojo del trigal o el del maizal, eso ya, en su parva dibujada nunca retrocederá al primer día del pueblo andino.

 

En los Andes los árboles tienen sentido de esperanza, parecen que se estremecen y se mueven suavemente a la distancia, muchas cambiando de lugar en el aire o en el espacio, unas veces adelante y otras hacia los costado, en fin todos se mecen y se balancean por el viento, hasta llegar a la misma orilla del cielo. En otras tantas veces, los ojos se nublan por los vientos que soplan muy ligeros del trigal. En el camino de la esperanza una melodía caída al fondo del alma, crece lozana arrinconada a la planta de ése amarillento limón que te espera, con el frescor del amanecer, para calmadamente abrirse luego como un dorado corazón.

 

¡Ah! el viento arrancaba todas las flores de los árboles lejanos del trigal y también las inmediatas livianas de las distintas rosas y lilas que circundan poéticamente el lugar, que en oposición de ellas mismas no se conjuntan, tampoco se yuxtaponen en su fragancia y belleza. Estas circunstancias de las aposiciones se situaban frente a nuestras vistas y de toda la gente del pueblo andino, sus excepciones resaltantes no mellaban en absoluto nada en su hermosura, siempre eran las mismas en la realidad. Que al yuxtaponerse por debajo de las sombras, contaban naturalmente con la continuidad de la humedecida tierra fértil del campo. La convecina agricultura floreaba a todo dar, de donde una luz largamente muy delgada, en curva redonda apresurada se unía con la ribera de la oquedad, abierta por la fuerza del sol, que sombreada en los surcos de la tierra esperaba al sembrador.


 

 

¡Ah! en la mañana de ayer sucedió algo contradictorio en el pueblo andino, fue el caso, de un cielo de cumbre roto con el perfil saliente de una mirada tosca de la gente del pueblo. Fue tanto la elevación del ánimo, que de pronto intento regresar en caída al valle. Pero, la convexidad del levantamiento del pueblo impidió escribir en alto relieve, la historia del valle interandino; entonces, alguien mortificado cogió parte de la redondez de la oración de la gente y con un poco de furia la arrojó hacia el vacío del continente. La longitud del suelo andino, no prometía mucho, porque la tierra de los contrafuertes de las cordilleras, le había ofrecido llenar la cavidad helada con tantas esperanzas, como si fuera trigo abundantemente derramado, hacia la concavidad de la aurora contrariada.

 

¡Oh! que hermosura a la contraria del relieve andino. Afirmativamente informe su conformidad de abismo; pero sin embargo, bajo la oblicua sombra de un manzano, la claridad densamente espesa reverbera en sus hojas verduscas. Todas las hojas del valle, son lavadas por las lluvias del invierno, en cuanto ausente se encuentre el sol. La iluminación de hoyada se adentraba por debajo al seno de la oquedad, luego soleándose copiosamente, se pintaban de rocas encendidas contrarias a la depresión. La largura del valle andino a lo ancho, queda descorazonado en el enrojecido escaso del horizonte. Toda la brillantez agujerada se trasluce por la reducida claridad del horizonte, sin levantar las vistas clavadas en el mismo suelo, se adentra contrariamente a la claridad andina.

         

          ¡Ah! qué criterios encontrados en obsesiva vocación andina, largamente esperada en éste ensayo, para sensibilizar esa parte de la escasa juventud que se ahuyentan de la sierra para buscar las orillas del mar. Desde el césped de la puna, dejo entrever sus hojas desprendidas del rocío, casi resecas y amarillentas por efectos de las heladas, a diferencia de los claveles, gladiolos, que junto a las margaritas se cultivan en las huertas del pueblo. Las orquídeas y la cantuta nacional, escasamente escondidas en las fuentes y en las quebradas, se arrinconan de mustios pétalos perdidos en contra posesión del sol. Las leñas de alcanfor y alisos, encendidas se alzaban por encima de los tejados el humo en gruesas y delgadas espesuras, que ascendían los cerros adoptando extrañas figuras de tantas formas por debajo del cielo. La extensión de las vertientes del valle, con una expresión delicada y acariciante del aire, alentó su ascensión por arriba de las cumbres y salidos cercanos del pueblo. La noche, que se anteponen al frescor del día. Sólo la arboleda extendida largamente hacia el infinito, desde lejos a todas las sombras el día les infundía un realismo de vida, jamás vista ni experimentada, que desde luego, trastoca los sentimientos del pensamiento.


 

 

¡Oh! cómo va cayendo el oro natural por encima de la sierra andina, cual melenas del amanecer auroral y de su claridad reluciente de amarillo escarlata, que al espaciado despertar va formando la incomparable figura del arte andino. El mundo natural extraño y demasiado singular en innovadores trances del viento. El frío gordo y escueto en contraste de las aquejadas lluvias invernales. Todo a la distancia se estremecía como cuerdas del anochecer, entretenidas en el contenido del circular poético del hielo.

 

La sucesión de melodías construyen la maravilla escondida a un abreviado costado del día. La estrechez de las piedras, transmiten esa sensibilidad misteriosa andina. El ámbito andino, como un extremo y alegre perfume de primavera en un valle interandino, el tiempo plasmado en lontananza el difícil diseño del estilo artístico de las cordilleras, acorde a los puntos decorados de los andenes cultivados, más alejados del plano principal del pueblo, para sobresalir como especie de una ventana dorada, abierta a la amplitud de la vida terrestre.

           


          RESPONDIDA SENSIBILIDAD                    

 

¡Oh! la creatividad natural es la espalda del sentido, la armonía es resultado de la discordancia, desangrada y derramada en el abismo. La desproporción es torpeza comprensiva, la consonancia siempre son llenadas de tantas ideas maravillosas en conjunto. Las consonancias semi-cuadradas se quedan fuera de la simetría y equilibrio. La desproporción oculta en la figura de marfil, una enloquecida esperanza. Desde la luz bajada en color castaño de claro oscuro, recogido en la mano se tuerce entrenzas de una gruesa vertiente, violeta como la tarde.

 

¡Que! linda posada es el momento del pueblo andino, que viene sin anochecer del tiempo, a mojarse con aguas alboreadas de rosas mecidas en el silencio del corazón. Rescatando la realidad de la espesura del olvido y en un día gris de soledad friolenta se ausenta la esperanza. Estrechemos nuestros anhelos en un puño fuerte y animado, delineando la más pura intención del pueblo andino, a través de la sucinta comprensión. Para que en un amplio concepto total del mundo, se llegue a encontrar los secretos y los misterios del macro cuadrante del universo.

 

Con ¡Que! desabrochada curiosidad de vida andina, se abre la soledad del día a la claridad buscada. Desechando el pasado se pinta de tristeza socavada y se apaga el sol del día. Con ésa música lejana destemplada de cementerio, que es la única desgraciada forma de vida provinciana. Con acento de voz apagada del campesino, se interna hacia la sombra oscura más densa y compacta, más espesa y apretada que del espacio. La gente prosigue su apiñada pérdida hasta allá en la distancia, olvidándose por momento ése angosto y empinado camino, que se interna en la quebrada profunda desolada. Sólo el pueblo durante las friolentas y desveladas altas horas de la noche, en conjunto caminan trotando en la avanzada, por ese largísimo recuerdo, en donde los anublados anhelos se elevaban como una vieja carta abollada y estrujada en la memoria.


 

 

Abruptamente resonando sorbía el agua el hombre andino, sembrada en la tarde de ésa proyectada sombra de jalca no comprendida, tronando la tempestad descendía las alturas, de ésa alargada reminiscencia del recuerdo incompleto que se hundía en los abismos del olvido. Ese vago recuerdo traído a la memoria, que antes una misiva borrosa moría como unas tinieblas negras conjuradas así misma. La voz aguda del silencio se hizo luego a un lado del miramiento, para ahuyentar el peso denso del ánimo y dar paso a una dilatada altura tempestuosa. Qué contrariedad guarda la natura a pleno sol de polvoriento indeterminado sendero, disuelto de idéntico destino en el confundido desplazamiento.

 

Algo más, el presente aún esta más allá, más allá de las cumbres, todavía queda en el infinito, unas cuantas bocanadas vacías sin palabra alguna. Siempre tratándose de hundirse en la amplísima nada. Aquí, en donde sólo se ha dispuesto un pedazo del endurecido entendimiento, tan sólo de ése lado del propio corazón, que al compás de sus palpitaciones se quedan fruncidos al vacío sin compasión alguna. El acento de su semblanza, el contacto de su débil voz, es siempre la luz del mediodía. No vayas por el trayecto del retirado cansancio ni menos quedes a la orilla de la respiración, antes trata de estar bien seguro, que por la misma ruta y senda la vida, la encontraras en la misma vereda sin apuro alguno. Hay que saber manejar la situación como si fuera en un paso doble retrasado.

 

¡Oh! Dulzura del nectario de las flores del campo, el verde oliva del trigal nos dará el oloroso pan andino y del maizal se obtendrá la suave y exquisita bebida de la chicha. ¡Oh! toda una poesía andina, dulce y nutritivo como el día. Caminando a ritmo parejo del suelo geográfico, mirando las estrellas con admiración, en lo más alto del vaciado fin que se empoza cercano al firmamento en deleite ambrosía. Que va tratando sin espera alguna, la respiración del terquísimo corazón. Llenar el vacío elemento del encuentro profundizado, como el leve paso del limón vaciado. Busquemos el campo huido del corazón, no debe faltar en nuestros actos la razón de la lógica matemática, sino lo que debe practicarse es la lógica de la razón. No es conveniente ni aconsejable actuar con violentas ideas salidas de la profundidad del estómago, sino a lo contrario, con los obtenidos de la superficie de la razón.

 

Hoy la naturaleza toda, se ha vuelto de un perfil cenizo granujiento de sabor a fruta, como si fuera un beso de gratitud, con una amplia sonrisa. La sombría se riega del más puro sol naciente, siendo las horas más animadas del día. Se han ensombrecido las plantas corpulentas a los que pretendían seguirlos. Con éste gesto y con esa palmada inmoderadamente ejercida, esperan la lejana noche asqueada desprendida. Como una herida mortal se siente la venida oscura, salida levemente desde el infernal paladar erguida. Con ése color negruzco infectado de restos de pesar y con aire oliente a despectivo de vagos indicios, amenazan inundar el vecino hogar.


 

 

Como una bata de baño de gente del pueblo andino, bastante holgada de trigal ha llegado la temporada, fresca de aire del campo y soleada del día. La esperanza a veces quiere abandonarse de los campos de cultivo, casi, casi pierdo el corazón en la subida empinada del camino. Con gesto de discreta aprobación de la parva de trilla de trigo, me permito afirmar que el alma es el trigal, es la sensibilidad que produce la materia del campo, ausente de toda realidad del campesino, como un puñado de energía, sonreído de humor, de medias lunas cortadas, cercanas al fin de la razón.

 


ENCLAVADA POSESIÓN

 

Alirio del pueblo no se deja vencer por la fatiga de los cerros, siempre avanza un paso más por la inhóspita ruta del quehacer literario. La posible y remota recompensa suprema, es tratar de llegar a su pueblo y que su espíritu y vocación deje lo que tanto anhela, para el uso del mundo de la intelectualidad del saber humano. Pero, después de un buen rato de espera, recién llega a respirar el azul, el silencio, la vida, con sus ojos movedizos hacia el cielo. En un ángulo inclinado de media verdad, con la comprensión entresacada de la mañana, percibe la sensación de la realidad incomprensiva de la misma vida.

 

¡Oh! qué bella es la mañana, la mañana es como la vida, no sabemos cuando comienza ni cuando se inicia, menos cuando concluye o cuando termina su destino, sólo seguimos la concepción de la naturaleza, como única definición de la ciencia. Que recobrando la vida natural, se sobrepone al conjeturado dolor del pesar terrenal y que sola a su imaginación sensitiva se consuela. Todas comprensiones y reflexiones de las miradas blancas, se cuajan de nivel en el ingenio de percepción, para sostener las teorías y curar las heridas del sabor de plata. Con mirada llena de confianza y de gratitud la palabra, toda se enmudece de paciencia y de forma.

 

Cierto día de un hermoso viernes, desde adentro del pueblo andino, desde el oscuro fondo del valle, echó Alirio desde el maizal como el agua de cristal, una ojeada a lo estrecho horizontal. Por encima de la rendija en vertical, recorriendo la gente el echar el poncho y el rebozo hacia arriba de ese ojo portal, que a su interior en vacía no observa nada, sólo una mancha oscura inclinada del día. Pero, fíjese bien, no caía hacia adentro, en esa longitudinal un poco hacia afuera, alejada y anchurada de una misma naturaleza desolada y friolenta.


 

 

En la plácida textura del día, en el trayecto se queda verticalmente prendida, todas las horas apreciadas de ligera vida. Con solemne cuidado se varía la frialdad de los árboles, que había alcanzado la cercana medida de la solidez entrante, que les permitía comprensiblemente, sostener la plácida fortaleza de la caricia del viento. En su interioridad del intervalo del pueblo, al cabo de tanto tiempo sus ánimos de Alirio andino, adentrado siempre seguirán en pie de frente al pueblo andino, soportando las inclemencias de los Andes. Despreciadas por muchos, pero representativa del plomizo tiempo.

 

En cierta tarde, el tiempo de invierno era bastante húmedo y además muy inclemente e insensible, sin compensación del hombre andino. Como una caída de agua violenta escuchada a lo lejos. En oscuro silencio pasado, se confundía con la noche, en donde todas las voces tomaban diferentes formas mortecinas, en las conciencias de la gente. Cuántas acciones descolgadas se masticaban ajenas a las costumbres y a las buenas intenciones del pueblo andino. Que a simple seña de lo ennegrecido, afirmativamente se ceñían a las imaginarias, franjas del abatimiento y un amargo quejido de la tormentosa noche.

 

En las primeras horas de la mañana, rebullendo la gente se iban por las veredas de las calles del pueblo. Su altura despertaba muy tarde, como quien se retrasa del alcance del alba. En tan tempranas horas de la mañana, se sentían soplar el frescor de las orillas congeladas del agua, sobre las hojas de friolentos jardines. La gente de acá y de los de allá, cultivaban sus terrenos rústicos, al fin ya caída la helada en el horizonte. Se podía respirar la poca venida del estival, ampliada a sus cuatro extremos del sentimiento optimista y gozoso de los hombres de los Andes.

 

Cuando todos espiaban el cielo ¡desde allá!, desde el campo florido, hasta la entusiasmada ventana del trigal. Se extendía el encanto andino, formándose como una pera redonda y colgada. Más al frente, las manzanas semiovaladas risueñas y joviales coloreadas de mañanas. Cuando ya la tarde, se había descorrido hacia abajo, prácticamente por encima ya no quedaba casi nada, ni siquiera una simple tajada de esperanza. En todo caso, de una fisura de alegría dalia el aliento, llenada de risa rosada. Sin embargo, todavía no llegaban a las desconsoladas faldas largas de la noche, a pesar de que no se queda nadie, tras del silencio de la tarde. Parecía a la larga, que todo se escapaba velozmente, por las rendijas perdidas de la lejanía.


 

 

Siempre me dijeron que el azul significaba la dignidad y santidad del hombre andino, como el rojo que también representa a esa fuerza y agresividad del consentimiento de la gente. El pueblo andino, siempre se vincula con su tradición y su filosofía de su destino cotidiano, como el sol redondo en su forma también camina. Como una especie de sólida moneda de oro prensado, que se va cada vez más resbalándose del cielo, con dirección precisada e invariable, hacia el mismo ocaso. El universo lo trazado previamente, para ocultarse necesariamente en esa misma forma de horizonte, coloreada de un rojizo amarillento de falsa esperanza.

 

Todo lo pintado extensamente sobre el trigal, se repensaba en sus trazos entorpecidos de frialdad andina y con esa longitud de tolerante el espacio apretado se apresa. Muchas lejanías se acortaban, sin reserva alguna de su inmediata brillantez, atormentada con discrepancia de color mora colgada, en aquella tarde de esfera aburrida del valle.

 

Esa mirada humilde del hombre andino, le había endilgado en la víspera que se quedaba retrocedida de encaminar al espacio del pueblo. En la sesión matinal se descontaba con actitud menos complaciente lo endosado. La gente pretendía eliminar de manera definitiva remanentes, que cada día estaba más cerca al suelo, que a lo alto del cielo. Sin embargo, el trigal poco después del medio día de ayer, todo se quedaba retrasada en el desvío del pasamano, que con toda fuerza cubría la pendiente, inclinada por encima del contenido esperado.

 

Dos días más tarde, se ausentaron la gente del pueblo, cogiendo dulcemente varias flores de lo dispersado en la cercanía. Alirio y su familia continuaron su camino al infinito, que se le acercaba impertinente en contra posesión de su alejamiento. Cuando la tierra materna se estremece, el lugar tiembla de susto, con ojos agrandados vidriosos desde el valle, miran desesperados hacia arriba del cielo. Pero los vuelos son a gran altura y solo se siente desde abajo, que estamos más cerca al espacio y a los bosques de amistad del universo.

          


          TRAZOS RETORCIDOS                  

 

Con desafiante invitación del pueblo andino, en aquel punto de quiebre del trigal, dada la naturaleza del sentido del cultivo de los campos, se habían aflojado así mismos, como un terrón de fértil maizal mojada cosechada. Los valles de cumbres encendidas con el calor del sentimiento universal. La claridad dominada por las estupendas alturas de los Andes, deleite objetivo del paisaje natural, adentradas en las faldas irresistibles del tiempo. Toda la naturaleza, en cordillerano azulado aspecto de los habitantes y el generoso empuje de frenesí dado al espacio del alejado cielo.


 

 

El lunes por la mañana, la expresión comedida de Alirio, satisfizo a todos los distantes sentimientos del pueblo andino. Las cavernas cercanas, siempre en bajada van a dar al cauce del mismo valle. La gente debe mirar el paisaje en forma vertical y también en la posición horizontal. La gente del pueblo, fue claro y contundente de ánimo, puso inmediato los puntos y los acentos sobre las palabras en su propio dialecto, la fuerza unida de sus habitantes, era necesario las llevó a los lugares de labores comunales, en donde eran esperadas sus decisiones por debajo de ésa mitad de cielo. Todos mirando los desfiles delineados por las vertientes, teniendo por arriba a las nubes que a lejos va distar del horizonte. El crepúsculo rayaba con fuerza a profundidad el azulado cielo, reflejando de plata sobre el agua, que se dibujaba como un refugio más grande que del corazón.

 

Poco después del medio día de ayer, meneando la cola se elevó la tricolor cometa salida del centro mismo del silencio de la plaza de armas del pueblo andino, se huía por junto a la luz de la luna amarilla y de la sonrisa de la gente, sobrepasada de altura del cerro, para coger el retirado ángulo de la idea infinita. Por encima de la lomada, como manto recogida en un hibrido de colores reconciliados y atornillados de tantos sentimientos de jalca, avanzaba por arriba de la cumbre de los Andes, abreviadas de frío al comienzo y luego pegadas al lado derecho del tiempo, que infinitamente hábil de hielo se perdía en la retirada esfera de la Cordillera.

 

El pueblo andino, con las miradas graves de su gente, desde las sordas quejadas del viento, no tomaban en cuenta el ultraje sufrido por la temporada del invierno. La naturaleza se había acostumbrado a sus estaciones, las lluvias hacían trizas sus vertientes y sus caminos del pueblo. Las elementales normas naturales del pueblo, en las propias entrañas del cielo se pintaban. Obviamente no faltaron los que nunca desperdiciaban oportunidades políticas, para luego encuadrar otro objeto, que no viene a cuento en la vista matinal del trigal. Más al valle los maizales, que transformaban el paisaje estructural andino, en una simple experiencia de casualidad turística. El campesino, plasmando en la distancia una visión lógica de paralelos de sierra, bosquejaba el panorama de caminos sinuoso salidos desde el fondo del sentimiento andino. Desde los valles interandinos, el verdor se regaba por el río, en donde las rosas y dalias nos devuelven cortésmente su incomparable sonrisa de flor, de agradecimiento natural que es difícil descifrar y entender su misteriosa  forma de vida.

 

Todos los visitantes dice: “de haber llegado bastante lejos sobre la tierra”, aceptan la distancia, el cansancio, la soledad, pero nos posibilita trascender hacia la duda de sus intenciones. Los hombres de la sierra, quienes son depositarios de la confianza de la naturaleza. Los visitantes, no tienen el porque provocar discrepancias al hablar de la sierra. Las rutas del recuerdo, se van borrando en el trayecto, como líneas escritas en el polvo del camino, de una en una las frases románticas, las letras doradas son arrastradas y llevadas por el constante y permanente paso de los ganados más el soplo del viento. El hombre del campo, que con gusto de sus dedos callosos, propiciaron el pintado y el saber de su temperatura, comprender lo que es el sentido del frío y del calor llevados al fin del mundo. Los nevados tejidos de blanco azul, sobre las codilleras la esperanza no es el último que se pierde.


 

 

El momento, me hizo recordar la vigilia de ayer dentro del pueblo andino, experimentaba la razón de su sentido, trazado tras la historia de nuestra vida. La gente, inspirada de sentimientos pasibles, me sonreía con inteligencia reposada. Los hombres lampa al hombro diariamente salían al campo a trabajar la fértil tierra, alforja al hombro sobre el lado del corazón, sombrero a la pedrada, los demás atadas a la cintura y otras a la espalda. Cabalgando su caballo seguían por los caminos infinitos, con esa idea tierna de fiebre paternal para alimentarse. Los fines de año, los campos y el pueblo se alegraban bulliciosas, como si fueran las fiestas patronales. Cada vez que subían las punas o se iban al valle, su vestimenta se tornaba de variados colores naturales. Cuando advertían estar comenzando la fiesta patronal, el pueblo masivamente hacia latir en el corazón de todos la felicidad. La espiritualidad de la sonrisa salida en sus inocentes miradas, daban pasos resonantes de emoción tierna de pueblo, les saltaban el corazón de niño y juventud, con aire alegre y reparador de tantas miradas, era necesario ir más lejos que todos los andinos.

 

Que, poca visibilidad se adentra en el cuadrilátero del tiempo, que insípidamente se estira alargándose sobre los cerros del frente. Alejándose se acurruca en su propio sentimiento del sabor paladar, muy lejanamente un ruido de corazón, se pierde dentro de las nubes blancas del pan de trigo. Como algo que inconcretamente se levanta a la distancia. Ligeramente es llevada como una tenue penumbra de duda dibujada, en el contraste del muy allá, en lo lejano del más oculto fondo de la distancia.

 

En el pueblo andino, el surco en las sementeras era largo y simétrico, bien señalado sobre la tierra, adelantaba al camino del lado norte del horizontal. Los vientos verticales se arrinconaban en los trazos horizontales fríos, que se tejían de verde ascenso. En su dentro llevaban vaciado de tormento, con la mirada apretado de tantos deseos le sobresalía del silencio. Las piedras del camino llevaban en sí una combinación negreada blanquecina. De fondo entonado de unos verduzcos rojos, apagados de lineamientos informes, de figuras tirando a ése color extraño, de rosarina ocultada en su yo desolado y olvidado.

 

El calor del sol giraba a un extremo del tiempo, sacando un poco la espalda, hacia la sombra del pueblo. La gente iba acercándose al vértice de la ventana cuadrada, con vista al campo del trigal. La parva del trigo, quedaba en redondo como campo de azul verde pintada. Desde la altura de la puna, no significativa derramaba con un color socarrona, parecida al de la rama o a las de las hojas de plantas del maíz. Las vertientes se doblaban en mitades y la causa del malestar se generaba en redondo hacia la subida, conteniendo una cara pueblerina tan quedada a la distancia.


 

 

Las calles estrechas del pueblo andino, con piel reseca de su gente y deseos reflexivos de tierra de arcilla, nos daba la idea de una próxima llegada del dilatado silencio a las almas del pueblo. El hombre de labranza, se volvía presto hacerse subjetivo de segmentos de minutos. Las fugitivas horas, en saltos de enloquecidos golpes de corazón, se arrastraban idealmente por debajo de las líneas parciales del áspero hemisferio. Contrarrestado del tiempo, en pasado olvido se impregnaban en la maciza pared, del transcurrir de la vida, con miradas claras y frías de intensión profunda ocultas tras del día.

 


          REPLANA EXPRESIÓN

 

La conformidad de las prominentes cejas de las alturas, ennegrecidas por las salientes contrariedades climáticas, se veía semejante a un listón de cuerdas tan alejadas sin razón. Las arboledas de junto a la parte superior del camino, se deshojaron del que les cubría desenfadados por el viento. Literalmente dejo su regocijado tormento descubierto al final del descuidado natural, sin poder distinguirse la concavidad de la vaciada nada, con una idea infinitamente cansada de padecimiento.

 

El viento siempre se lleva las primicias del día por delante, en medio de un friolento clima de sierra. Más se parece a un poco de claridad humedecida o quizás apenada, en poca cantidad de cuerdas invisibles, evocando los recuerdos profundos, que alinderan los colores de la tierna temporada. Sugiriendo ideas cansados de pensar en la soledad. A los torrentes del invierno, vengamos a poner el temple enérgico de nuestros corazones hinchados de furor y ante esa sombra mortal, no dejemos que se hundan al infierno emocional.

 

Resulta contradictorio que los colores se vean de esta manera, sus efectos tratan de extraerse del aire friolento o de la tonalidad mezclada de colorante, resumiéndose en el mensaje colorido del pasado. La claridad se afianzaba en el contorno de la noche, todo funciona contrario al viento y a la emoción del sol. En un extremo del escenario se ve la brillantez de la idea lustrada a trasfondo, como en la hondura de la orilla de sombra. Tenía un conocimiento muy justo de la vida y del porvenir, era una pequeña fortuna semejante a la esencia de esfera.

 

La distorsionada versión de los colores, que simbióticamente se cierra opuesta a la realidad del extremo asociado. La lejanía hacia olvidar la razón de lo distinto querido, bastaba que sonreía inteligentemente la especie su estado natural. Entre vegetales, balbuciente de brillantes de agua, para que el dorso del espectro literario social, tenga el sentido acogedor del participante al final del silencio. En donde siempre ha sido la sombra de sus adentros del organismo, que no es poco el espacio de ser ocupado por otro, ésta ansiada neutralidad de asociarse entre dos, después de un breve momento replicaron mutuamente pasando por arriba del buen espacio a la redonda.


 

 

Los temas indudablemente no puede soslayarse, razones obvias de su oblicua posición, el ponerse a un costado ladeado, resulta un lugar muy estrecho al parentesco del pensamiento. Sus características de poner un objeto ladeado se definen, en el transcurso de la existencia no debe eludirse alguna dificultad en la variedad de las posiciones. Hacia la derecha un trigal pintada de verde pradera, caminaba en perpendicular de falda, bajo la sombra de los árboles, y hacia la otra dimensión, en un éxito global se sembraba en un nítido contraste de serena sensación.

 

Los mejores escenarios del paisaje natural acogedor de múltiples cualidades, se armonizan vistosamente de felicidad, como la tierra cultivada y la forma de ver la vida, bajo calurosas tardes e inusuales caminos ascendentes, en donde los cánticos rebotan en el cielo. El tinte del valle, con flores desconsoladas de amor. El campo de amarillo corazón, lo reposo con la vista y no puedo palpar su tesoro que se guarda de sombra. En los recovecos de las líneas de la razón, tiñéndose de cielo en el agua, que se derrama por ése ladeado de azul.

 

¡Oh! cuántas flores, con los pétalos abiertos, cual refinados folios de un primoroso libro que suavemente es acariciado por el viento. Una penumbra de alegría, pasó esbelto raspando por la mente. Y un frescor atemperado, salía desde el fondo del cansancio, con el propósito de alcanzar el principio del suave alivio, tibio y agradable cerca de la distancia. Caía algo más que dulzura, al mismo centro de la reverberación que empaña el camino. Pero, que después de tanto dudar, se decide delgadamente arrojarse la hierba, con el encargo de reincorporarse a la humedecida atmósfera. Mientras tanto, que el crepúsculo apasionado del mes de mayo, nos hacían sentirnos más cerca al cielo. Los del mes de diciembre nos hacían sentirnos, más alejado del distanciado firmamento.

 

Con una sonrisa afable he comprendido la posición, nos daba entender su fineza y extraordinaria mirada. Las ramas caídas, tenían la simplicidad ruda de una fría idea muerta. Y de la libertad, en una palabra demasiada lerda y extensa para la comprensión, que enfriada y alejada no podíamos dimensionar su tardo significado, tan cerca e inmediata. Al término, corre toda el agua y sólo queda, una especie de residuo grueso y ceniciento mojado de historia.

 

Una luz casi apagada y redonda de mirada entorpecida, acompañaba a ésa hoja áspera, que acariciaba la pálida mejilla, de aquél ser inclinado sobre la hora restada del día. Con exquisita mirada se entornada en segmentos rojos de sol, con propósito de aproximación a la torcida orilla de la luna. Recogidas en voces de a dos tendidas, se va introduciendo en un leve color amarillo, caído en gruesa sombra, sostenido de gemido enrollado. Junto al pecho oprimido, en nueva esperanza se esconde a media mañana.


 

 

Correctísimamente monocorde, en uso de su léxico natural, en una satisfacción masticada de dulce manzana. Con un azul de luz media tragada, también pasaba un olor extenso, que a pocos se habría a lo largo del sabor, removiendo todos los deseos placenteros de una encontrada felicidad humana. Inclinando sobre las calles y caminos imprevistos, muchas veces hemos respirado hondamente, pero con una voluntad ahuecada de conducto. Ennegrecido más al brutal grosero de la cuadra, se persuadía impulsado hacia lo desfallecido de un deseo pasado; sin embargo, su figura natural era radiante extenso, semejante a los rastros de la aurora.

         


          IMPOSIBILIDAD DESLINDADA     

 

En tu metalífera riqueza tradicional, he fijado mi delgada esperanza. Caminando, caminando, por un incalculable caminar. Cuánto hubiera querido no volver a pensar, en el mismo rastro, ya restringido en el olvidado, perecido y borrado sobre el transitorio temporal de la arena, quedado tras el olvido y que no volverá nunca más a caminar. Lo interminable, buscando una oración de regreso se fue limitando contrariamente, en una incontable bandada de un número crecido de aves, que en su vuelo penetraron bullicioso en su propia inteligencia.

 

Con una sonrisa baja, tan baja y subalterna, que de ves en cuando su acudes rasga la sombra de la tarde. Se encontraba subyacente, que a veces estaba por debajo suspendida en la espalda, de una abrupta e infinita esperanza. Dominada se alejaba sin esperar ascender la cuesta de un agrio sudor, que borraba el soporte de la indefinida estela del alba, que se alejaba con tanta tristeza del alma. Ese basamento, que de negro espeso se aglutina en el asiento, para posteriormente terminar luego sin el cortejo de compañía del día.

 

De cara en torcida miraba la cuesta echada a un lado del pensamiento, mientras el cobertizo se adentraba en la mentalidad del cielo. Segmentado de azul mezquino, entorchado de hilo de seda para su consistencia en perfecto bordado. De repente un rastro de silbido perdido en la distancia, traspasaba las hondonadas de la sombra. En la plataforma, sólo dejaba una línea negra ennegrecida, semejando al principio de la aspereza de luz. El resultado se incorporaba al cordial reposo flaco y enjuto de fortaleza, pero el valor pesaba circunscrita en la ahuecada oscuridad, lo fuerte, decidido y resuelto de la lejanía no esperada éstas circunstancias.

 

He tratado disimular cualquier dolor recibido, fingiendo coger unas cuantas hojas literarias de los árboles que nos rodean. Vestidos de alba y de mañanitas en olor de hierba andina, con una grande y ovalada aurora. Todo se quedaba en una celeste broma serrana de tamaño natural. Disfrazada de huída en voz alta se quedaba, enrojecida de cara de manzana. Según largamente el interminable camino de los Andes, al pasar el alcantarillado sin querer detenerme, en el pasadero desparrame un poco de mi espesa, mirando al aire cenizo de un solo recuerdo.


 

 

La naturaleza es lugar de reposo de todos los esfuerzos y alientos refundidos en el más acá del olvido, casi junto del ayer. Aquí a su lado, en el camino del mañana próximamente avizorando sus reflejos abiertos al placer. Con risotadas altas y desbocadas, llenan los valles y cubren los cerros con las ondas de blancura de los Andes. En comisuras finas de miradas, se aleja en grueso amanecer, casi ya redonda y alejada de la vida.

 

De gris viene el aire, recordando el pasado e intenso invierno. Descascarado de toda rebeldía, se interna hacia el lejano empedrado del jardín, hasta terminarse al fondo del más allá de la cumbre. De los matorrales de yerbas secas, de tantas plantas y gramas marchitadas por el tiempo, casi ya muertas del todo. Porque el invierno ya se fue en retirada, era el único que naturalmente las regaba en temporada. El viento casi siempre las podaba con sus fuerzas naturales a través de los años. Todo quedaba a la vista, sugiriendo recordar su antigua existencia de esplendido verdor, de limpias hojas y de tantas bellas flores del tiempo que pasó; pero hoy, sólo queda a la vista rastros desolados del que fue un día.

 

 Al llegar el fatigado amanecer, siempre se recuesta a mi puerta pueblerina, de madera de aliso blanco tallada con mente antigua. Que a veces por poco se abre y se cierra cerca de la sombra de la luna, acompañado de un frío prolongado gemido. Prácticamente, a punto de que despierte la curiosidad, más o menos, desde la arista del corredor, hasta la subida esperada de la terraza. Siempre se abre a un costado del caminito antiguo, que filadamente atraviesa el alma. La idea, raquítica y despedrada del corazón, en sus junturas se quedan hoy, cerca de la ausencia de yerbas. Qué contraste y diferencia se presenta tras de la vida, en el reverso se reemplaza por otros desperdicios contradictorios. Pero, no se ausentan las mariposas ni los pajaritos del huerto, siempre están zumbando día y noche, en la oposición contrapuesta a la vereda cercana, casi junto a la malvas, que sólo quedan unos cuantos en sus troncos. Algo más contrapuesto al fondo, un voladizo de tarde con manchas de crepúsculo hundido en el recuerdo de aquellos días de fiestas pasadas.

 

La naturaleza es sin duda la obra de arte más perfecta pintada, bajo un límpido eterno cielo. Transportando miles de luceros de todo tamaño en el universo. Mientras los árboles de la tierra en manchas oscuras de tiempo, trazan los paralelos de los hemisferios del mundo. Las verdosas praderas de los valles en muy buen estado se forman. Los rayos solares relumbraron tanto, hasta la caída de la tarde. El viento alegremente mecía el verdor de los campos, de frescor lunar se inclinaba la tarde. Ya casi, entrando al anochecer se elevaron los horizontes, hacia un lado apagado de la vida y tratando de ocultarse el alma. En la diferencia, arropando el corazón, semi herido de la discordia, por poco colisiona ocultando el cielo tendido de toda emoción.


 

 

Mi esperanza se derribaba llorando sin moverse, adentrado en el fondo de las sombras oscurecidas. Algunos de mis deseos se fueron por los trigales, que se encontraban tomando el sentido en flor. Que distante parecía el futuro, se veía que otras se iban retrocediendo el tiempo, como un ser contraproducente y resentido, que descompuesto se queda, en el fondo de la noche. Mientras en el estrellado cielo, adversamente se apagaban las traviesas cargadoras de estrellas sin respirar ni decir nada sobre el trigo, contraindicando en la pava inversa hacia el aire del amplísimo firmamento.

 

Sobre los friolentos cerros de la tarde, mugiendo el viento suave y delgado, se desprende una ternura sorda y callada. Que luego opuestamente se mueve en el trayecto, coincidiendo con una inclinada mirada. En un soplo de nieve blanca se deja caer una rosa agotada, que tomada al alcance sus efectos, nos agrada como una fragancia guardada. Comenzando a cantar al estilo del amarillento cielo. Todos decían sin callar verdades de una tarde sin sol y de un río sin agua. Lejanamente parecido de una quebrada sin puente, de un lugar sin frontera, las cumbres parecían sostener en peso al cielo azul. Cuando andamos los caminos de la sierra, sentimos profundamente una dulce nostalgia contraída en si misma. Como quién mira las profundidades de las quebradas y de los ríos. Las sombras frescas de los árboles, la gente rebosante de alegría, sentían en sus huesos el deseo de gritar a los cuatro  vientos, como agua pura, diáfana, como el día. Todo el mundo, repleto de alegría, como pozas de regadío de las siembras. Las aguas de los campos, tenían el mismo color que el interminable cielo. Al otro lado, en donde termina el mundo, de rojo anaranjado se teñía el amarillo cielo, como una manzana huída a la redonda, se bañaba el alma, bajo el color inocente de lo azulado.

 

Flotando en el fondo de la memoria, la pequeña felicidad diluida en ternura de vida. La emoción toda, en un andamiaje de poesía, se sembraba de colores y luego se iluminó de salido extremo, metido en el otro lado de la reserva. La mañana pintada de color de pueblo andino, se desliza por las cumbres, por los senderos de las vertientes, como una manzana recién cogida de su verde planta. Por los pasadizos se arrastran los aires perfumados de mañanas. Envueltas del color rubia miel a la distancia, se ha alejado mirado el distanciamiento cerrado y oscuro, como si fuera el hermetismo de media noche cercana y hermana. Mientras que aquí el día se había caído bien, bien abajo, como un cerro hecho escombros por debajo de tantas horas acumuladas, en el lugar escondido que se encontraba en ésos instantes tan lejos del cielo. Sólo quedaba como alternativa, buscar un hoyo a donde caerse como un desechado objeto del destino.


 

 

El silencio se va atrasando en contra posición a las sombras, como una brillantes refractada en el alma central del tiempo. La soledad debe dejarse ser llevada, como un manejo de tallos acariciados por el aire del entendimiento. Mientras que más acá de las vertientes, medio inclinadas en reverencia se dibujan de surcos y andenes ante la fresca mañana. Semejando al principio de la vida toda, que renace de esa tristeza, enjugando su reseco llanto, que viene de algún lugar no muy lejano, por ambos lados limpiando su encanto.

         


          SALIDA INTERPRETATIVA

 

El viento ondulaba el espacio, sacudiendo sus grises copos nublados sobres las cuestas de los Andes. No se porque esta corriente vanidosa, ha escogido en este tiempo de nieve espesa de remolino, cuando de fuerza es llevado por la bajada del encuentro, como el ganado lanar de la puna. La brisa volada de afuera, que en un soplo de frío esparcen a los extremos la blancura de arriba. Las cumbres que les protege de todo abrigo natural, en todas las estaciones del solitario invierno. El frío es fuerte en las cumbres nevadas, El pensamiento adopta el color verde oscuro de la piedra, que nos hace sentir más aquí ese dolor, que roza las cercanías del esbelto pajonal, que a lo más alejado de la vida se ausenta.

 

Junto al ventarrón de polvo circular, mirando en línea la colmada paciencia de la puna. Yo, atolondrado en mi modesta naturaleza, me pregunto a la redonda, ¿Cómo el tiempo puede moldear nuestras sencillas costumbres andinas?, sin respuesta alguna. Hasta el redondel de nuestra modesta naturalidad, como nuestras propias ideas de campesino, otros dirán como los sueños de los aldeanos. Muchas veces nos sentimos incapaces de concebir éste cotidiano misterio. Esta natural forma de vida de la sierra, la filosofía del campo aureolado. La existencia de la felicidad de un pueblo andino, más cercana que al alba. Es mantener sus ancestrales costumbres ligadas a su propia orografía de esfera. Inmersa a los latidos constantes del ruedo y permanentes de búsqueda de los agitados corazones de sus habitantes.

 

Cuando uno camina más lejos de lo verdadero, sin ayuda de la auténtica realidad, como un elemental aire alegre incierto se empelota. De pronto regresamos junto al punto revertido de donde no hemos iniciado ni siquiera una décima de distancia girada. Pero ese airecillo subjetivo de la realidad retornada, nos hace comprender lo revocado lejanamente. Que, sólo el tiempo indudablemente virado, nos hace pensar en dar la vuelta a la brisa, que evidentemente ha pasado revolviendo sin dejar rastro alguno, en nuestro camino invertido de la más pura esperanza.


 

 

Todos reaparecidos atravesaron el universo revuelta de negra pesadumbre. La cruda realidad de la sierra, se tornaba mordía profundamente de nevada blanquecina desencaminada. Volcada friolenta se largaba enclavada en el lugar más próximo al corazón del andino. Regolfando el deshielo, a toda prisa la retrocedía el agua contra su misma corriente. El hombre de las alturas, que a lo lejos se le escuchaba llorar en su canto contradictorio de puna, viran en retorno a sus ancestros, que divisan por esos senderos tenues de eternidad. El habitante andino, entusiasmo por sus orígenes y desorientado por sus ideas de sierra, reverberan sus campos, ennegrecida de rebeldía sin causa. ¡Qué! contradictorio es la vida, en un cielo andino de invierno cenizo y nublado, muchas veces no se distinguen los límites de la realidad dibujada,  menos se conoce la primaveral felicidad de sus valles, que castaña y repintada reluciente, asciende en retrazado ventarrón de cuestas de los Andes.

 

La lluvia restituida llega a la hora, que más frío hace en el lugar. Entre la corriente del agua y el soplo del viento, se dejan escuchar los truenos trepidantes con una intensión de mayor invierno, que hace vacilar y temblar fuertemente los macizos de las vertientes. La gente exteriorizan su implícito valor, entre mezclado a su frío sudor retrotraído de madero. La neblina rebosando las vertientes en medio de su vegetariana oscuridad, que luego nos hace perder nuestra orientación del día. Repetida como si ocupara la media noche, su entrometida participación. Largándose inclusive no precisamos la hora, en que nos encontramos viviendo. La lluvia irrumpía los vientos dejándose arrastrar por sus fuerzas solitarias de las cumbres. Todo se encontraba entre si, hasta nuestros estómagos se revolvían en si misma, nuestro deseo escondido pensaba en el sabor lejano del pueblo.

 

Un sextante de ese espacio del recuerdo, entresacado de la obtusa invariabilidad de la imaginación. Transformado conducirán a una distante pasión, de aire dispersa en una completa cobrada ocasión. La marcha quedaba con cambiada esperanza vaga, rebajada de sus aristas hasta el mínimo del espacio. Se mantenía pulimentada por el viento de los tiempos, dejando por debajo del espacio sin suelo. Guardaba un temor diluido, que se alejaba sobre la misma oscuridad de la nada. Conservándose de nivel se empoza a la distancia, de nuestra propia imaginación un espacio delirante y atormentado.

 

Transponer el tiempo allá en el horizonte de la sierra, es inspirarse de azul perdido en la tormenta sin regreso andino. Si aprendemos a pensar, estaremos lejos del error y cerca de la certeza. Retornando a la verdad, no olvidar el trayecto revertido, no todo los pensamientos pueden ser verticales de luz. Los vientos cruzan siempre horizontales, las formas de su travesía, siempre amplían más al día. Conservando la solidez andina, como un principio natural, la conducta sin base del poblador, estará más retirado de ser moral. El quién sabe querer, también sabe comprender y el quién no sabe amar, será imposible saber los efectos del querer.


 

 

Hay tantas voluntades, que se quedan sepultadas en el camino, como luces agotadas de alumbrar el destino. No te recuestes en las sombras, que nada te va sostener, refracta tu esperanza, que es lo único que va a nacer. El presente se apuntala al futuro, como toda una naturaleza de concordia. Todos los caminos en la vida se distancian, sin arribar nunca a la cercanía. Convencidos sin duda todos caminamos por el mismo camino, sin poder arribar jamás al pleno deseo de los demás del pueblo. La gente con una respiración tibia de amor, se queda devuelta en pintada de atardecer.

 

En la inflexión de la resonancia de la fuerza del acento, se alarga en su recorrido enmudecida una gruesa voz de piedra pura. Torcimiento de la tonalidad en una elevada atenuación de la voz andina, semejando al cambio retorcido de una curva convexa del terreno a una curva cóncava ideal. La desinencia de la palabra que aparece indicando el número al final del tema, en donde se convergen las realidades sustentarías de la mente. Acaba con la prudencia gramatical del deseo, como un cielo teñido de invierno, que a veces huye del contenido. Indicando el modo y el tiempo de una palabra, con un razonamiento de elemento adormecido, casi ya parece friolento de realidad esquivada.

 


SUPOSICIÓN TARDÍA

 

Como una nube de ropa limpia blanquecina, se bosqueja sola la naturaleza de fragancia. Los entrantes contando de tres en tres o de seis en seis de salida, se delinea en una curva prominente de centro. Su concavidad conducida a las fuerzas virtuales resaltantes del  corazón, su retroceso siempre regresa a sazonar las huellas dejadas por la razón. Alejada como algo que sale del fondo del vacío, deslizándose al lado derecho del valle soleado. El sol derramándose en la oquedad de los campos, el trigal regado por la escondida aromaticidad del melón. Acercados entre los pueblos, andemos por ese ángulo con destino orientado. Conjeturando la idea se afirma el amanecer del alba, por encima de los cerros, pintada en su profundidad. En cuanto la gente no encuentres justicia, vendrá el desacierto caminada de humanidad.

 

La indiferencia de los pueblos, es un madero sin sentido de orientación. Es una palabra vacía de difícil hilvanadar, sin encontrarse su camino. El prominente hundido en el campo, es sin duda el trazo de vida al futuro. Los excavados senos no tienen gesto de corazón, como las pasiones resaltadas en pesos salientes transportadas de cuesta. Lo deprimido sin ahuecado razonamiento, con el porvenir incendiado se socava por debajo de la mezquindad.

 

La simpatía natural de la felicidad, es el sentimiento de la sustancia viva, que se plasma en el tiempo. La solidaridad de los pueblos hundida en el trayecto, demuestra la inseguridad escogida de la disonancia. Mi asombro se espesa, el dolor se deforma, en un gris orondo y quebrado de sesgo horizonte. La humedad de luna se levanta de la tierra, como un crepúsculo resucitado, en el aire se queda retenido a la redonda de la esfera. Mientras que la intocable claridad solar se enmudece de quietud en alejada superficie, desbordada a orillas de un áspero camino del pueblo.


 

 

La poesía es tan natural, como un vaso de agua, como las flores del campo, como la luz reflejada, en el cristal de las horas. Su concavidad es como algo tierno, que se exprimen y se derraman del cielo. Los extremos del sabor de la poesía se paladean al norte y al sur, no se sentirá el dulzor de su contenido, sino conocemos el misterioso sin sabor de la dolencia. Su cavernoso contenido, es como si fuera la otra parte esquina, en donde se ha quebrado el medio cuadrado del sueño. Su profundo vacío se lee en hojas lilas repintadas, de variados comentarios cercanos y elogiados. Su oquedad del recuerdo se desplaza en forma de media luna, con matices de dulce historia, dispersa en un fácil entendimiento de aurora.

 

Muchas veces procuramos la felicidad estomacal del pueblo, antes que la satisfacción de una mirada de la cultura. Muchos acudimos al pueblo aspirar su aire fresco, en busca de un potaje sonriente, de sabor delicioso apetitivo como el mote de maíz o de trigo reventado. En otros, visitamos los campos con los suspiros de papa, yuca y el camote, sobre el perejil verdoso del tiradito vegetariano. Concurrir a estos parajes no es en vano, la asistencia es provechosa, jamás se mueve en redondo el estómago vacío, siempre tras de una tarde avanzada, el regreso familiar es alegre y gozoso. El campo es reconfortable, vigilada por una tranquila ingestión del hombre, comer y beber debajo del calor del sol radiante.

 

Con idea resistente, la brisa iba encorvando la cuesta mental del hombre, para compartir las razones de la verdad, con una romántica historia de hierba. Con el consentimiento hemos derribado el puente, dejando aire libre en boca semiabierta de la gente. La determinación ha sido cual puerta resquebrajada, seguramente pensando en el dilatado pasado. El manejo se esconde, debajo de la sombra retirada de azul, sombra de cristal perfilada en dos vertientes, una de esparcidas cabelleras dorados de sol y la otra, entretejidas de blanco invierno.

 

En medio de la noche, nunca tuve respuesta satisfactoria, cada vez más oscura era la noche. El rumbo al destino, se había detenido en agrietado y áspero camino. La moral del pueblo no alcanzaba ni para un metro de distancia. Al asomarse y aflorar lo contento se experimenta que cuando se adentra la noche en un pueblo, no cabe un paso más, la espesura de la niebla en remotas praderas, se van disolviéndose a medida que se asciende la desacertada oscuridad.

 

Frunciendo el seño como hojas estrujadas, dispersaba su neblina medio pintada, daba entender un gesto nunca comprendido. Ambas severamente cogidos de dos muletas curvas, sostenidas en la más dura insolvencia del ánimo. Surgida y mostrada, no es posible moderador en una cuestión equilibrada. Ese pesado atardecer del mes de marzo, continuado de un adelgazado gesto de corazón, se diluía el sabor de manzana, sobre la escasa abrillantada de luna. Tendida sobre el tapial circundante del huerto de arboledas, de los cuales generaba externamente indefinidas formas. Comenzadas de sus sombras se despuntaban las goteras, cubriendo el techado sobresaliente de la típica morada de sierra. Todo era un descanso de aire tibio refrescante, con la espalda vuelta hacia la entrada del sol, como una respiración fatigada de esperanza.


 

 

Traían de gesto un acento punteado en la nada, con la intensión de un no sé qué traída de alegría mañanera. Que desvestida de claridad, se apoyaba en la cumbrera, con voz desoída cruzada, como algo que no era suya. Pero se justificaba, porque era comunicativa, me empeñaba a observar lo que no quería a la distancia. El tiempo parecía muerto, a pesar del rayo de luna plateada. El campo era oscuro de conocimiento, delimitado con promontorios medio ocultos. Había lomadas obstinadas de miradores encubiertos, en las profundidades de la ahondada lejanía, con aspectos tan singulares que todos se pintaban en los recuerdos olvidados.

         


          SUPUESTOS INVERTIDOS

 

De las cristalizadas ventanas reflejaba el sol y de sus ángulos rectos, las biseladas perspectivas se abrían hacia el día. El campo del lado opuesto al rectángulo de verde claro se distinguía, dibujando los codales de árboles hacia adentro. Hacía el fondo del esquinado valle dorado de limón, parecía decorarse su doblez de extensas y largas franjas de carmín. Bajo el recodo de ésa neblina blanca, que de vez en cuando ascendían adoptando formas espirales. Sus cuadrantes, dando de entender su cansancio del trajinar, dividían su respectivo diedro en otros iguales entre sí, para tratar de llegar, queriendo y no queriendo, a la cima de las cumbres desoladas del fin.

 

La hipotenusa del silencio se desplazaba por el lado de los riachuelos, sus bordes alcanzaban casi junto al comienzo de los manantiales. Su triangular oposición a flor de tierra, continuaba el orillado margen en curvatura del extenso valle. Por sobre las sombras retenidas, sobresalían las cumbres doradas en limón de sol del día. Mientras todo el lugar quedaba hundida de plateada neblina, hacía las afueras de lo escondido paraje, se ubicaba en el otro extremo de la orilla ignorada. En donde las bisectrices vertientes de escasa alegría, seguían los pasos disimulados, que dejo aquel furtivo personaje de salida.


 

 

No tardé de ver al día, subiendo cuesta arriba, su entusiasmo encubierto de roca marina. En caminata de callada alegría, dejaba regresada la contrariedad en la subida. Dando a comprender su pesada mortificación, la felicidad es grande cuando es real y objetiva. En transe deseado y fugaz cuando no llega a su evidencia, demostrada en su encendida maravilla. La pradera era demasiado sofocante, se dejaba llevar de un aire nervioso. Se juzgaba por el semblante, que acababa de madurar, echando los brazos a una gruesa planta frutal aromatizada. Se permitía pronunciar jadeante, dando pasos cortos de aquí para allá y al centro. Cuando quería cerraba los brazos tan fuertes, como pretendiendo ahorcarlo desde el medio día, en una sola mañana.

 

No debemos malgastar palabras cuando no es necesaria, estos son rasgos inteligentes. Vencen a los despojados de rudeza, indecisamente se pregunta a lo contrario, con mirada rápida disimulada delicia. Estaba demasiado absorto, para un enorme gozo recíproco en cubierto. Todo se encontraba pálido de tanta contrariedad agazapada hacia su total abertura.

 

He vertido el agua a lo ancho y largo del sembrado de flores. Se han remolinado mis deseos en el centro mismo de mi cabeza, produciendo desesperado y hondo imaginario placer, dentro del abrigado corazón. Lejanamente retrotraído se adelgazaba un cercano presentimiento, de no volver por este desabrido camino. Mientras por el otro lado contrario, con un pérfido egoísmo han emponzoñado la única alegría perdida, que apenas se levantaba a la cruel caída del empobrecido sol insondable.

 

¡Qué! esplendido paisaje, pintada con brocha recogida, sobre tantas alfombras de flores encarnadas. El tapizado rojizo del campo, descansaba bajo la sombra del techado. Antiguo biselado tejado y del descampado correr contiguo, deslumbraba ése color macizo anaranjado. Con bordes ribeteados de un amarillento limón dorado, se presumía que sus afueras soportaba, una presión humana de todo un fin de semana. Porque más allá de la pradera, se extendía a lo largo, dibujado de tantos huertos de hortalizas. Que se interrumpían por los caminos y acequias de regadío. Además, de las cristalinas gotas de lluvias, caídas levemente de algunas enrarecidas nubecillas. Cual fresca caricia del lugar, al término de la tarde, en donde a pradera abierta, se percibe el olor a hojas verdes de un fatigado verano.


 

 

Cuántas veces he llorado, silenciosamente junto al huerto, alma y cuerpo los dos a un mismo tiempo. Se precipitaron, hacia la ventana abierta de mi corazón. Tan pueblerino y desvalido me desconsideraba, que no podía comprenderme. Y ante estas lágrimas, solo me consolaba algo, por el estilo de una baja mirada. Pensaba en las plantaciones, soñaba en mi terruño. Pero todo se iban a la desesperanza y en esa tierna edad, todos se fueron camino al dolor. Mirada perdida es la herida y a veces pendiente de la nostalgia. En otras, adherida al antepecho, de esa usada vivienda de viejas ventanas, escapadas de alguna parte de la historia.

 

Era tan gorda la lomada, que hasta nublaba toda memoria. En columna abierta parecía que cantaba sin respuesta. Corrí con el pensamiento, desde la cima más elevada, bajando hacia el entre plano del otro costado. En donde alguien asomaba parcialmente derrengada, por el esfuerzo que hacia de tarde a tarde. Frente al parque de verde esperanza, en donde una amplia ventana daba a la corriente de agua. Desde ese ángulo escondido se pintaba de alba.

 

Cuando el silencio traspuso el umbral, desde lo más retirado del lugar, parecía que alguien decía algún misterio. Pero que, tan luego acudiría a la comprensión, si fuera en la noche precipicio de peligro y si el día los arrincona, puerta entreabierta al distante olvido.,Sin embargo, de un modo tan alargado, se tejían de poca visualidad horizontal, quedando estirado en líneas sinuosas de descanso.

 

El tiempo venía desde lejos, era más o menos de color delgado, de un aspecto de tierna mañana. De un buen pintado circular, su claridad soleada centelleaba en esfera. Sobre las piedras sembradas por el suelo, esperando ser dibujado por la mente humana. Y recogida por la visión, para ser bien plasmada, en una de las páginas impresas de la memoria.

          


          SUPERFICIE VELADA


 

 

Los alisos eran tan gruesos y coposos que rodeaban los sombrío dando su sombra, a diferencia de los eucaliptos un poco más desarrollados que se habían superpuestos a los alisos y sus ramas eran más delgados y ágiles. Debajo de éstos árboles existían otras plantas, con hojas más diminutas y pálidas que las propias sombras escuálidas, próximas a fenecer porque ya no tenían riegos. La soledad de las cumbres, antes de ser vistas de otras formas horizontales no esperadas en la angustia del invierno. El día en si misma, parecía dar tantas vueltas lentas sin saber a donde mirar, tampoco seguir la orientación hacia su destino. El aire libremente dibujaba su camino hacia adelante, para no retroceder. El río esparcía sus aguas de plata, sobre una parte de la negra tierra árida. La gente del pueblo, desorientada hacía afuera, en espera del despuntar de la aurora. Algunos hombres lejanos se lamentan y lloran a solas junto a los extramuros del pueblo. El campesino en la humedad del páramo, en busca de los objetivos encubiertos y rebuscados entre los folios amarillentos de sus calendarios, las estaciones como cualidades de arriba abajo llevados, por una misma senda del mismo trabajo.

 

De un tono seco se deslizaba directo por encima de la vertiente, como algo que se desgranaba, sobre un vasto e interminable pradera de plantaciones. Enfiladas como rosario de oraciones de la tarde, que verticalmente seguido por las nubes se arrinconaba, en un  ángulo del valle andino. Desviado la tonalidad musical, se prolongaba desde las más graves de tonalidades, hasta las agudas estrías de los cánticos, La más simples de las divisadas orbitales se cursaban hacia el vacío, llegando a comprenderse en un sólo regreso de los árboles prensados en algunos canales. Desde la última cosa, hasta el inicio del descampado paraje, en donde se acababa la paciencia en las afueras del cultivado valle.

 

Sediento y abandonado algunas parcelas del lugar, se iban ocultando debajo del último aliento de un escaso atardecer. Cada vez resbaladizo, hacia el fin orbital del occidente, para confundirse con la desesperada hilera del incomprendido cansancio. Estriada en horizontal asombro de antigua filosofía del hombre, todos los cerros de un lado a otro dentro de los celajes, como pilastras de arriba abajo se tejían. Cualquier canaladura estrecha, casi ya oscurecidas se negaban en redondo, aceptar la compartida ilusión de la oscuridad alargada. Que iba paulatinamente llegando a pasos agigantados, era la prueba de más atinado sentido de tristeza, con la única esperanza de que la noche fuera breve y se marchase tal como había venido de costado.

 

El sonido era tan amplio y expeditivo, siempre con fuerza descarada se adelantaba hacia atrás produciendo surcos, siempre se sentía en todas partes. El del frente se quedaba metido en la nada, como un cuerpo celeste de luz propia. Su figura junto a esa cuadrada ventana, como un círculo con puntadas en estrella. ¡Qué! soñolienta miraba canalizada al vacío. Mientras que del costado, estaba pensativa esperando el día. Que antes, ya se había huido labrándose en columnas de la ennegrecida tierra.

 

El invierno se hundía más y más, en surcos canalizados a fuerza de verse generalmente rechazada, por todas las sombras y los vientos. Pero los filetes trazados con violentas sopladas de tierra, socavada se endurecían con el invierno. Tanto la tierra suelta, como las negras nubes, se unían hasta soltarse en una sonrisa de colores, seguida de un estruendo endemoniado, que no se esperaba en los lejanos horizontes. Luego de romperse de energía, se va de bajada a precipitarse sobre las aguas cercanas del valle. Del perfil y del rastro sonoro arrepentido del vacío, la gente quedaba sorprendida de haber causado doloroso temor a sus semejantes, bajo el friolento arrebato de los árboles encorvados de rabia el campesino se apretó el corazón.


 

 

En edad temprana me inspiraba el sentimiento del lugar, el amor a la noche estrellada, el amor a la tierra y a las plantas, a sus quebradas y caminos. Cuando joven echaba a correr por el campo, por las afueras del pueblo, por sus cuestas y bajadas, me arrinconaba a sus sombras, con todo lo que de si mismo daba, hasta el amanecer o en todo caso, hasta el anochecer. Cuando ya se trataba de entrar a casa, me persuadía el apetito del pan del horno, o con el tan sólo, el olor del mediodía, o el olor de la merienda de la noche, luego todo se convertía sumamente irresistible de todos los mortales del pueblo. El biscochuelo de las fiestas patronales, que acariciadora pasaba ese sabor de sonrisa colorada, siempre lisonjeaba el flaco momento de una delgada esperanza. El menudo caminar de adolescente, iba dejando desabridas preocupaciones y angostas reprimendas del hogar, que más se parecían jocosas que enmiendas sólidas.

 

La economía desde el punto de vista literario, es el movimiento diario que afrontan los hogares sonrientes, para satisfacer sus primordiales necesidades literarias de subsistencia, esta preocupación es el lenguaje artístico de estadista de la hacienda pública de naciones, dirigidas hacia la inexistencia del futuro. Cuando la producción del pueblo crece endémica, por debajo de toda posibilidad del crecimiento mental del consumidor, necesitado y hambriento del arte, ésta reflexión perdida en vacío, se denomina nada más ni nada menos fracaso terrenal. Estirada hiper-inflada como el cielo, por encima del campo desintegrado del cercano caos social, a todos nos perjudica, nos hiere su hipar. Estas circunstancias del pensamiento, de encuentros en excesos populistas y demagógicos; es necesario que los hombres de letras, formulen y planteen propuestas, que vayan a buscar necesariamente la inevitable recuperación de la sensación de futuro. No permitir, que se haya perdido en el camino de la vida, lo cotidiano y social, para alcanzar un sentido suficiente y que todos los pueblos, puedan gozar del alivio, de una mejoría real y efectiva que esperamos.

 

De tantos hijos propios, se ven cerrarse la maternal intención. El mundo enmudecido entre sus señales naturales de tierra, se prolífera en los inhabituales paisajes. Los pueblos pueden gustosos franquear sus calles y abrir sus corazones a sus hijos, para trabajar los campos y explorar la naturaleza. El proletario aún refunfuñando con lampa en mano, pero debe disponerse explorar el tiempo. Las ideas y los sueños hacen progresar a los pueblos de la tierra. Entonces, los gestos y muecas de descontentos de la gente, deben pasar a la historia, sepultándose tras de las negras páginas del olvido.


 

 

Entrecruzamos unas cuantas miradas estriadas horizontalmente y el tiempo se detuvo al instante en el umbral del presente. Contrapuesta al dintel, casi, casi arrastrado al pasado por encima de la viga travesera, diagonalmente me acurruque más cerca a su corazón de piedra fría. Te juro, me sentía tan distante de su amor, que a veces ya no podía mirar sus ojos. Mi alma cerraba herméticamente su itinerario y mi cuerpo las puertas de su sensibilidad. Todos caídos por el suelo umbrío sin orientación, como tantas caricias vaciadas de consuelo por la parte inferior de la puerta. Ante sus últimos suspiros, que eran llevados por los vientos y luego salían al encuentro en el lugar de sombra del desprecio, que de todas formas retrocedidas en parte del terreno, quedaban afuera próximos al olvido.

 

Una hermosa mañana ha descendido en traje de viaje, con pasos de prometer un buen trabajo en todo el día. El verano esta llegando por el quicio del vacío temporal, prometerá al soportar del valle de todo corazón alegrarlos. A trancos cederá a la noche la entrada, para derramar estrellas en lo más alto de los cerros y los pintará de un profundo silencio. Su inicio adecuando exactamente al perfil de la penumbra de las cumbres, mientras por abajo las sombras de los árboles crecerán sin la luz de la luna de plata. La certeza de la vida es la propia naturaleza, en amanecida cuando se tuesta el día. Desde el principio, en estirada oscuridad de azul resentido se colorea a su paso, desde la orilla escondida en sombreada lumbrera se queda dilatada. El comienzo tardamente llega al brumoso campo, aunque el campesino un poco fastidiado del que hacer cotidiano, introducido entre flores secas del corral, camina a medias ruedas destemplado.

 


ABIERTO COMETIDO

 

Desde la abscisa C, contenida en D, más el diagonal en N, van juntas introducidas en la distancia entre el punto C y el eje vertical D, en el tiempo abstracto, al final de ésa acariciante mañana. Envueltas de palabras no oídas ni menos triturada, todas unidas al comienzo de la requemante tarde. Este sistema de coordenadas, es un simple bostezo de todo un largo amanecer. Qué, bien pronunciaba los paréntesis de la separación, volviendo las coordinadas al revés. En esa desviada distancia, resecada de ilusión musical, todo se tiraba hacia fuera. Además, reconcentrada en un solo lugar y acortada de esperanza se ahondaba en la soledad. Por el sombrío van traspasando el viento, retenido a un costado de la orilla lunar. Por donde el inacabado color del tiempo se está despintando.


 

 

He caminado absorbido por el aire, sin sentir el roce brumoso del tiempo. Mientras allá, se observa que el margen ampliado, en la ribera del caudal se queda, como una escarapelada voz apagada bien mojada. Comprendo que a veces la naturaleza me habla en voz baja y todavía con su irónica lentitud deliberada, pero yo jocoso prosigo afanosamente mi inspiración. Después de la sorna, solamente con el tono de su gesto, me tiembla la mano, con el deseo de escribir cosas bellas y no groserías. Porque pienso, se me envejecería la conciencia de rabia, no obstante que estoy sometido a un irresistible impulso de un adecuado carácter pasible, de tolerancia, paciencia y anhelo. En mis adentros, me siento contento con lo que escribo y sólo quedo con las lágrimas saltando de dolor, cuando nadie me comprende.

 

Tal vez mi doble pecado de verdad sea mi paciencia, muchas veces me retrotrae en mis anhelos, en mis deseos de hacer estupendas obras literarias, mis ideas y mis sueños son muchos, pero esta tolerancia desordenada impide mis propósitos. La presión de mi actividad profesional, siempre me pone fuera del camino, me pospone mis deseos y mis propósitos. Ante ésta situación, sólo me queda la menor idea de una verdad, que se traduzca en una simple broma, me he propuesto de no hacer nada deliberadamente, solo me queda de irme a mirar con el rabillo del ojo, las hendijas de las puertas entreabiertas, que dejaron los laureados de la literatura universal.

 

En caso de ponerme agresivo, que sólidamente lo dudo, tendría un gusto detestable, buscaré algún pretexto para no llegar a tal extremo. Mi repugnante engaño merece degollarse con las más gruesas y dolorosas intenciones. Nunca en mi vida, me ha abandonado mis sueños, siempre ha estado presente en mis recuerdos. Los lineamientos ideales se han perfilado tanto en mis objetivos, que como piedras preciosas se han incrustado en mi corazón y en la superficie del color de mi alma, han viajo conmigo y seguirán conduciéndome hasta la muerte.

 

Soñar con el paisaje andino, es pintar de placer el corazón. Y en una noche estrellada de cielo andino, es descansar en el propio cielo del paraíso. Qué descansada condición de vida guarda los Andes de este mundo. Qué felicidad y placer se encuentran en los valles interandinos de nuestra patria, tan cercano y tan objetivo del alma. Custodiado por los fenómenos del espacio, silenciosamente se aproxima la suave claridad, para ser de un placentero verano, la felicidad de toda una vida. El recuerdo acortando las distancias, con el deseo de regresar a la alegría eterna, a éstas alturas de haber vivido en la vida, es muy dócil éste sueño de volver, a ése camino glorificante de eternidad natural.

 

Cuando alguien contradijese el camino, de verdor oscuro se oponía al lejano vació. Encasquetada la aturdida cabeza llenada de tantas ideas y por el espacio de la contraventana abierta hacia la media mañana. La hondonada del valle, partida en dos en fresca alegría de campo. La posada oliendo a hierba se escapa entre las sombras, para completar el día del encanto. Todo el campo de verde, como palabra de amor, se deletreaba tan puro y tierno. Qué significante que la contiene esta diminuta abreviación de fonemas. Esta representación gráfica del paisaje andino, me imagino que bastaría con la idea, para ocupar la función gramatical de toda una vida de hogar andina. Casi ya me inclino y comienzo a gemir de dolor y tristeza.


 

 

El suspiro de alivió que nunca se olvida, cuando de niño a campo traviesa, se llegaba tan pronto antes de la hora, que en otros momentos se solía llegar después. No existía el cansancio ni el agotamiento, los caminos eran cortos para el esfuerzo de la niñez, que no sentía el frío ni y el calor. Todo era felicidad y alegría de campo, los pasos del caballo, los bramidos de las vacas, el valar de las ovejas, el vuelo de las aves, el cántico de la gente, el silbido lejano del vecino o del quién pasaba por el lugar. Por las tardes, el murmullo de las aguas que se arrastraban por las acequias, el polvo de oro levantado, sobre los caminos transitados. El grito contrarrestado, jadeante de los cerros más hermosos que nunca, se perdían en el vacío pectoral de la primavera. Como tierno  invierno acariciante de amigo, que se anudaba en la garganta de frío, cuando se miraba a solas el usado sombrero de la tarde.

 

Divagando con alegría repintada, sobre las cumbreras del tejado hogareño, bajo el desparramamiento de la claridad de la mañana, caída de las alturas como un manto de colores, sobre la oscura arboleda de la fértil tierra. Todo el tiempo no faltaba alegría, caloría, irradiación ni menos las bondades de frescura del día. Las vertientes de incomparable felicidad, se aguardaban de incandescencia de corazón. Mi alma me decía desde adentro, su secreto natural, yo me obstinaba en afirmar, que la vida eterna se encontraba tendida por encima de las cumbres, bajo el azulado cielo andino, reflejado en la nieve maciza, cual mejillas rosadas y frescas del día.                       

 

Desde la parte superior del monte, la incorporé entre mis brazos a todo el azulino cielo, con la naturaleza elevada a la altura de mi corazón. Naturalmente mi cabeza reclinada, pensativa, sentía y compartía su amor a todas partes. Su placer, era tan amplio, tan engrandecida de haber nacido, en esa cuna admirable. A veces me sumía en tanta desesperación, por el dolor de no poder hacer nada, por su conservación y esto se traducía en una senda incontrolable de mis lamentaciones.


 

 

De cerro en cerro solitario, algo incómodo y casi ya sin esperanza. No se enmienda la gente, da un trato distinto a nuestro lugar. De tanto golpe visual y maltrato mental, que se le viene dando a esta vendita naturaleza. Hubiera bastado, que cualquiera podría convertirla en un santuario y no en una nación perfecta de destrucción. Ella es tan buena, nos da sus productos, nos da su riqueza, su calor y la vida. Jamás cobra algo de odio o de venganza. Conserva siempre su inalterable y amplísimo corazón. Sus ojos grandes, como el día, graves como el sonido de la voz del relámpago estruendoso. Todo esto conforma su propia filosofía, nuestra propia vida; sin embargo, su abandono, es casi, por completo, nada se hace por ella, tiene un placer amargo de nosotros. No lo expresamos nuestro cariño de ternura, no recompensamos en absoluto ni un milímetro de lo que ella nos ofrece.

 

RUPTURA CADENCIOSA

He propuesto reabrir el horizonte, en la idea del contraste análogo de la oposición, con el dolor del corazón. Siempre guiadas por el movimiento de la diversidad y siguiendo los dictados de las murmuraciones del futuro. La discrepancia inmediata, la diferencia mediata a la concordancia, al mediano y largo plazo de las interpretaciones. Pero, hay que darle esperanza a la vida, no queda otra alternativa. Su espíritu de superación y capacidad va por delante. Sin embargo, la tristeza se acrecienta a pesar de haber llegado tarde. La disparidad de algunos pájaros cantores. Era demasiado lejos para mi gusto. Todas las noches, era una penuria excepcional, daba de entender que se ejecutaba una copla de la antigüedad. A veces las miradas tétricas, apuntalando esfuerzos se dormían, en el relleno de la escalera, hasta el término de la noche. Tan pesada de objeciones se retiraba al horizonte.

 

Qué, contrariedad es la vida de los cuatro puestos. Qué, contraposición es la desigualdad y la armonía. Me escandalizo, hoy no puedo subir las alturas, como antes los hacía de aventura. Hay que recordar el adelanto fue hecho atrasado y terminó en las manos de quienes si saben masticar. La tierna mirada, sólo un destello de amor y de vida, se desliza por los pináculos solitarios. Por arriba del recuerdo del cielo azul, ya descolorido. Quedando apenas rozando el reflejo de ésa caricia alejada, por debajo de los crespones de las flores del campo.

 

Alcanzando una palmada, alguien me daba razón, de lo que esperaba. Qué discreto beso, he recibido de las montañas más altas y de las vertientes, con tanta paciencia, lo he cogido deliberadamente entre mis brazos. Luego he sentido, tan cerca lo que es amar a la tierra. También he percibido su animada conversación, ¿cómo volver a incentivar los pocos anhelos que me queda?. Pero, con firmeza rescate del olvido, este único recuerdo. De repasar las canciones andinas y llorar junto a las cuerdas de las nubes, que en la lejanía, siempre nos rodean tiernamente.


 

 

Con esa diagramación sobria, cedida por los causes de la vida. Se envejecieron las mejillas de las cúspides y empezaron a caer la granizada, como prismáticas lágrimas endurecidas, en un agreste silencio. Se les escurría por las vértices, las turbias aguas hasta ir a dar a las quebradas y formar los ríos. Casi junto al cerro, en largas veredas, unas cuantas marchitadas rosas se hundían en la fatalidad. Otras pretendían alcanzar los inicios de la felicidad, pero este sin compasión alguna, se escapaba de sus manos, para ocultar en el abismo, su falta de emoción y el dolor por los demás. Para después, consumirse en un trozo amarillento, raído de nostalgia y que su impaciencia de buscar una salida, aborde los extremos más lejanos del día.

 

Analizar la evolución de los demás arroja una resta, tales cifras dibujan un panorama de lo absurdo. Pero los ojos secos del aspecto semi soleado e indiferente, se puso en el camino. Mientras tanto, se retiraba un poco del azul oscuro, las acumuladas nubes, para dejarse distinguir por delante, la insensibilidad de los peñascos desnudos, empobrecidos por el tiempo. Y además, por la fuerza impropia de las estaciones pasadas. Como se recordará, hace algunos años que éste mismo mundo, por el mismo camino, movía la cabeza, dando entender su plena mortificación.

 

Apuntalando esfuerzos intelectuales de verde oscuro paladar, en un cuarto de docena de palabras dejaba repintada la vida. Con respuesta llena de gravedad, tan pronto expresaba a guardar mi interrumpida sombreada del lugar. Para recostarme junto al calor de mí sueño, si no concluía el bosquejo de la misma idea. No llegaba a terminar la mitad del día y era cuando delineaba la otra tintura, para llorar en la luz prendida de preocupación. Pero, me hacía el propósito de haber ascendido, hasta el mediodía del anterior mañana, gravitando la redondeada emoción sobre la nada.


 

 

Por una suerte de vacío estructural, muchas veces me dejaba persuadir, por las teñidas madrugadas. Para ejercitar, aquellos movimientos corporales de lozana juventud. Casi, hecho de nadie sobre el tiempo, describiendo los accesos comunicativos a través de los pocos caminos accidentados, que delineaban separadamente las lomadas coloreadas de verde botella de amanecida. Que, para no notarse la ausencia esbozada, sobre la cimas se advertía, que vendría una amplia y esperada alboreada.  Mientras, entre las hojas verdes oscuras de azul, se veían que por sus ramas se deslizaban, con tanta agilidad los primeros rayos de la cándida mañana. Como si a través de un tragaluz de aurora, se derramara una gran porción de purpurina entremezclada con el oro limón de la esperanza. Gravitando sobre nada humedecida, dejada en las cuestas de una larga e insoportable noche.

 

No soy un intérprete de intereses, pero considero positivo el hecho de que demuestra que ya empiezan a entender la vivencia estructural histórica. Cuando miran el presente, tocable de cosas claras y nos permiten dar un largo salto hacia atrás de varios años, para recuperar el espacio perdido. Con el propósito de que los parajes, se levanten de su incomprendido letargo, en donde las situaciones de tipo abstracto, parecieran más reconcentradas en el friolento olvido de toda una vida. Antes de verse obligado, a interponerse en estas genialidades de conclusión, con facultades de una remota reflexión de lo cotidiano. Para sentir las ocasiones de no desperdiciar la escasa vida y avanzar en la integración de ambas realidades.

 

Abriendo este nuevo espacio, en la memoria colectiva, de objeciones a irregular operación, en necias cuestiones de frivolidades que no equilibraban un razonable cuestionamiento a caminar tantas montañas. Como vivir siempre junto a estos inmensos e incomparables promontorios de condiciones de vida, contradictorios a la violencia estructural que tiene tendencia a la baja climática. Camuflándose en su propia identidad cultural, dejando desprotegida la salud social. Dando un giro en su entorno estrecho, para abrir una innecesaria posición, quedando siempre con el sembrado adentro de la memoria social.

 

En este doloroso episodio, cuando el sembrado esté adentro, siempre las mañanas contaran conmigo para ir secundando su corrida ampliación. A veces me hacia de la vista gorda sesgada, cansada de las condiciones de vida. Me engañaba su salud mental, que corría con la idea, pero no llegaba a saciar mi apetito mañanero. Dando un viaje táctico, conseguía distraerlo de algún modo, entre mis manos adolescentes. Con los codos friolentos me apoyaba en los muros de piedras, que las inclemencias del tiempo, las pintaban de un azul negruzco antiguo, con ese olor a invierno esparcido. Maquillado de humedad y de un pensativo momento que se arrinconaba, hundido de un largo silencio.


 

          


          REVERBERADO SONIDO   

 

Retornando en olor a tiempo, por el mismo camino a la nada, con sus manitas naturales vacías y limpias de corazón. Pareciera que recientemente hubiera descendido del cielo, por el camino de la pureza más corta del amor. Apenas se distinguía y se sentía su afecto, tan cerca y juntos, como el alma y el cuerpo, en una sola respiración. Mi alegría rebrotaba, por sobre la superficie desolada, a la deriva del angulado que hacer. Que penosa impresión, tuve a la volada desvanecida, permanentemente se observaba de la distancia, el desarrollado discurso simbólico, de base inspiradora en aspectos de vida cotidiana, de corte y color alto andina.

 

De características expresionistas disuelto a lo lejos, como pinceladas de longitudes expresivas, en tantos copiosos trazos furtivos. Que se adentran, en las envergaduras ensombrecidas a mediana tendida de cumbre. Con dilatados signos de reencuentros artísticos ingenuos, sobre una generosa base subjetiva, que arrastra tocando de puntillas el propio realismo. Siempre abreviándose en la búsqueda del equilibrio, entre lo real y lo interpretativo.

 

Cuántas veces de largos suspiros se han utilizado, cálidos dichos de colores y se ha hecho abrillantar, ésa mezcla de simbolismos enterrados en el pasado. Como vientos tirados a otro lado de la retardación inesperada. En donde, como ojo vidrioso de ternera muerta, va rotando la esfera del cielo, por arriba de la tarde rosada, que se acerca a una sorda y alejada ironía del tiempo. Con una expresión, de muda respuesta de compasión del socavado vacío.

 

Con mirada incómoda de tarde oscurecida, se la interpretado la luz al nivel de la mitad de sombra. Escasamente se ha dado algo de vida calmada, en otros transes de torpes pasos ávidos, se va entrando de palabras. En breves y reducidos aspectos, descritos en un origen de pasado telúrico. Demorándose, en su largura de rojo color, encendido tierra. Y va entrelazada de verde tono, mezquinamente caído de olor de campo. Pretendiendo ocultar, la mutilada existencia de vegetación desesperanzada. Pero, todo a lo largo y ancho, envuelta de un sabor regionalista, con colores vivos, alegres y a veces hasta graciosos, esparcidos armónicamente de puro campo y harto ropaje de cielo.


 

 

Abrí paso en el aire del pensamiento, hacia el otro lado de la palabra, con ojos prendidos en el infinito. Venía por un costado, una melosa mañana estirada de azucena y sembrada de aurora. La lejanía daba unos golpes, más elásticos que la propia fuerza del aire, abriéndose hacia el fondo, como una boca semicerrada en el tiempo. Que busca respirar el vacío del espacio, al estrecho paso de las horas acumuladas, en el largor del universo.

 

En la distancia, el sol se cae duro y amarillo, como un membrillo madurado de rodar, en el camino de la tarde. La que se queda, se queda retrocedida tan lejos, que al paso del presente, más se aleja, más se separa. Qué tan poco dura ése algo del presente, el que llega es fugaz punto del que se queda sin presente. Muy poco se siente lo que se ve como presente, lo que más se siente a la distancia es el pasado. La ingenua luna, comienza a situarse a una larga y respetuosa lejanía. Metida a un estrecho y reducido costado del firmamento, declinado sobre una torpe oscuridad cercana. De caminada a saltos, por sobre los cerros empañados a poca distancia, diseñando brevemente el rastro, de un marco extenso de cabellera reflejada, de luna plateada a la redonda. Con el peso de un tanto de piedra sobre la razón, lánguidamente se hunde el pensamiento, al tamaño tan solo de una dimensión leve de corazón. Abreviadamente girándolas sus flecos, en florecidas de color luna llena y de aguas blancas, ensombrecidas a la derecha del tiempo, nada menos que, entrando por el mismo conocimiento del poco entendimiento.

 

Desde los inicios de mañana, la expectativa seguía de pie, en contrasentido del final, esperaba mi pensamiento. Mientras ascendía, por el sendero la esperanza, para retornar el anhelo perdido en el horizonte. Temerosamente limitaba mirar tras la ventana, casi al borde se levantaba una voz, junto a su gesto de adiós. Tímidamente se alejaba por el valle del extremo frontal, como alguien que corre escondiéndose, para no ser visto a la distancia. Pero, la abundancia del bello rostro, siempre reflejaba ése algo de inocencia tan cercana.


 

 

No dudo que traes algo entre manos, la tierra no dice nada, cuando se encuentra en reposo. Pero, se agitan sus fronteras hasta deslizarse, cuando sus entrañas se abrigan profundamente,  sin mirar hacia arriba. Por allá, lejos, no siempre aparece insípida figura, que merezca humildad a su pintoresca fertilidad. No todos cultivan ni obedecen esa obstinada malquerencia de antaño. Todo alcanza que sus  hierbajos ha pasado, que cada semana que pasa, más se acerca a la esperada primavera.

 

Cuántas veces he sentido el dolor del desprecio, al mirar a la gente y casi todos ya no les interesa el porvenir de la naturaleza, no obstante de ser lo único que tienen a su alcance. Más me pareciera, que tienen la idea de destruir y exterminarla sin compasión alguna. Llevan la indiferencia puesta, para mantenerse siempre al margen de la creatividad. Como quién mira el vacío de la lejanía, pero en una lejanía distinta, de blanco vestido flotante, encubierta de ligera neblina de cumbres. No obstante, de imprimirse ese sello andino, de alegre amanecer. Sus habitantes, van viviendo en larga y espesa serranía, superando su desviada superficie natural, dejando las horas muertas, para el anterior anochecer.

          


          DESVIO CURSAL

 

Las huellas son claras, cuando dicen el sentido de su rastro y se dejan llevar y convencer a la redonda, de la respuesta trazada en blanco. Desde lo más distante, se oía un constante repicar de campanas, por todo el valle se distribuía el acariciante rumor. Llamado del viento, discurrida blandamente, soplando las orillas de los caminos crecidos, hasta los mismos cerros vecinos. Se iban de un modo  distinto y agradable, se acumulaba las hojas de los árboles, con el sonido y el tinte característico del paraje. Todos rodeaban las pampas y las llanuras, en un sólo viaje, siempre pasando por arriba de las alturas aurorales.

 

Sin volver la mirada hacia atrás ascendía la esperanza, con la intensidad saltante de un corazón. Separada angustia de secos troncos, cercanos a la quemazón. Se huían girando, como veletas a merced de la fuerza del viento. Atormentados se arrastraban a enloquecerse, de blanco aspecto reflejaban al teñido y furiosos rencor de anochecer. En donde las palabras, ya se encontraban exangües de un ralo vacío. La ira de su rostro centellaba a lejos, como chispas apretadas y crispadas en los puños. Qué, latidos tan violentos y tan irregulares, salen del corazón de la piedra. Es tan fácil agitarse, con el simple toque, del abrupto sitio externo de la separación del silencio.


 

 

Después de atravesar la bulliciosa quebrada y darme media vuelta a la distancia, sentí paso de alguien, que se acercaba no muy extraño. Y entonces, me acerqué a la pared de pura piedra, agudicé el oído hacia la distancia, conteniendo por varios minutos la respiración. Vi atravesar las figuras, no determinadas por el angosto camino, paralelo a mi recorrido. Mi abierta esperanza, no resistía la sorpresa inesperada. No me dejaba ganar por la tentación del miedo, sacaba fuerzas de audacia, para encontrar el día.

 

Más el fondo había un árbol grueso, a donde de tres o cuatro zancadas, ya me encontraba sobre un tronco de aliso, estrechaba entre mis brazos con el propósito de ascender su viejo tallo. No deshice mi fuerte abrazo, por lo menos varias horas de nunca acabar. En realidad, en ningún tiempo, había recordado ese olvidado placer de niño. Abrace tanto, a los frescos tallos de los árboles, tanto de día, como de noche, este era la distracción de la niñez de sierra peruana.

 

El paisaje a la vista, engarzado entre las flores del campo. Y de las áreas altas andinas, se apreciaban los imborrables toques de pintura artísticas, con sus principales atractivos del lugar. Acariciado de ése clima seco de los Andes. Dando una bella singularidad de posesión, en su alineamiento de colores rústicos, más sobrios y originales que nunca. Tapujado de un estado emocional distinto de describir, con sus dorados oleos de sol en alto relieves, bordadas de piedras oscuras veteadas de luna. De sus altas punas friolentas, saliendo el almohadillado verdor andino, terminados en rombos de peñascos, de tipo alejado de la realidad del mundo.

 

De sus cumbres, derritiéndose la helada gota por gota, se va hacia debajo de la nada. El rocío se queda impregnado, en la mirada y en el friolento lecho, que la lleva la mañana. El cielo sostenido, en una profusa decoración, longitudinalmente rasgado en nubecillas, a todo lo ancho de la inmensa cúpula. Plasmada de un azul claro, tirando a la redonda artísticamente increíble. Que siempre va a terminar, sobre una imagen concebida, de promontorios logrados por la realidad de sus lomadas y medio  ambiente andina. Adentradas en la secuencia de hornacinas, que ascienden por las cuestas de las vertientes y terminan rodeando orillas de cristalinas lagunas en las punas. Todo este conjunto nos deja extasiados, perdidos en la razón, de no tener cuando, alcanzar su recorrido.


 

 

Cruzo el pensamiento, en medio de un profundo silencio, de oscuridad latente y dibujada a la distancia. De pie en el espacio, cogido del pétalo de rosa. Una voz salida desde la espalda, sembraba el mutismo suspendido, de aquella enorme gota de esperanza. Luminosa sequedad, sostenida en  la fuerza, que emerge del centro de la insonoridad del mundo. Con un ánimo traído desde más afuera, de la mudez extraído sigilosamente, desde hace varios siglos atrás, casi ya discretamente olvidados.

 

Se escapaba, de todos los extremos, aquella ciencia diluida y abstracta, que se alargaba hacia las latitudes y tristemente se quedaba congelada, como un trozo de tiempo, biselado por falta de afecto. En este tiempo, presentaba una cara reservada y tan ácida, que su mutismo discreto, deprimía a cualquiera que se encontraba a su alcance. La sigilosa insonoridad, quebraba las longitudes, en varias partes sin regreso. La afonía reservada, disgustaba sin espera de corazón. Esta sórdida lejanía, apartaba de la sonoridad del horizonte. Era difícil verla sonreír, la segmentada latitud, mostraba unas pupilas inexpresivas. Sólo un amargo soñoliento de intensiones, será basto para desplomar por el momento, todo el cielo “atoldado” y arrugado de aburrimiento acumulado. El espacio, parece un rostro contraído de sequedad, como si recibiera de frente tantos golpes bajos, de amargada suciedad de vida.

 

Las cejas naturales se arrinconan a media luna, cubriendo el horizonte enmudecido de piedra. El silencio, se tritura en la entrada del intervalo estrecho, como un paso débil e incompleto. Su laconismo sobresaltado, cojea en el trayecto de arriba. Mientras que el otro segmentado, se acuesta de espaldas, en la superficie de la lejanía, como una perspectiva, hacia la puerta semiabierta, en rectángulo del plano horizontal.

 

Se ha nublado todo el cielo, como una bocanada de humo, salida del alma. El disimulo prudente del allanado rozarte, se extiende superficialmente, desvaneciéndose a orillas de la tumbada aurora. Que hace rato, ya quedó en los límites de la lejanía, pintada de sombra. Con tranquilidad de agonía, se ha estirado hacia un lado, de la enorme yaciente naturaleza, en donde más duele, el profundizado mutismo del pasado.

          


          VÍNCULO QUEBRADIZO.


 

 

El silencio alejado, se ha descuartizado, junto al vértice escondido, casi ya perdido y esquinado. No piensa en la soledad ni se da cuenta de su real sentido. No es conveniente regresarle, a su realidad de certeza efectiva, su realismo cerebral voluntaria, se ha derramado en quejidos agudos y doloridos. Basta con mirarlos, nos contagiaba su expresada salida al dolor, con el alma en mitades, todos se esconden bajo el día atormentado. Pausadamente con el silencio, debajo de las ramas buscamos un trozo de libertad, dentro de un montón de miserias oprimidas y dentro de tantas injusticias arrumadas, intentamos una escasa y minúscula equidad, a un extremo de la nada. En donde el mundo adolorido, espera hundirse sin esperanza.

 

Las frases vaciadas de contenido, he perdido todas mis esperanzas, enmudecidas yacen borradas por el viento. Las posibles ramas, ideadas al extremo del movimiento absurdo y friolento, tendido de cubito dorsal y doblado en el tiempo, tumbado queda en el encuentro. Como un plano limitado, se tira de espaldas, para evadirse del patíbulo horizontal de la miseria.

 

Qué, contrariedad nos guarda la vida, todos pasamos por la edad ingrata, que nada queda ni nada se lleva. Todo se vuelve en nada, en realidad, no se puede amar, sin que antes previamente se haya conocido. Precisamente ésta nada, ésta nada es el vacío de la realidad y la realidad, es el vaciado de ésta nada. Aún, se pinte de verde o de azul, de rojo o de negro, todo es mentalidad, trajinada por el momento.

 

Cuando llegué, acaricie mentalmente las cumbres y las tierras altas de los Andes, las becé con inmensa ternura, salida de lo más profundo del corazón. Sentía tan cerca un frío diferente, por encima de toda explicación. La extensión panorámica, se había tendido en la llanura de mi alma. El cielo guiaba mis pasos, hacia los límites del confín de mi amor. Cerca a mí una voz, palpaba el nivel del calor. Por debajo, de toda buena comprensión de la tierra andina. El paisaje, como un todo situado, fuera de la retina de la vida. Soñaba en el vertical distante de la esfera, convertida en una misma idea.


 

 

Cuando una palabra, cerrada en si misma, levemente se alejaba de la idea. Con una mirada imperativa, se fue retirando a la vuelta de la próxima cercanía. Luego intente alejarme, del accidentado lugar, más bajo del camino andino. Como unos ojos dormidos, rosados de vidrios se abrillantaba el destino y su frescor. Se aspiraba, como nuevo aliento de campo, de agua, de vida, toda la extensión superficial, resumida en el confín del infinito. Merecía las palabras, más cariñosas de la existencia humana. Inmerso en tanta belleza, me puse a mirar hacia la lejanía, pretendiendo distraer y sustraerme de ésta realidad de hondonadas y de caminos circundantes. Mientras por dentro se acumulaba, muy de cerca lagrimoso dolor de tristeza, y por mis ojos enrojecidos, rotaba el rocío de la nostalgia. Dejando el vació del llanto humano, que a pocos se deslizaban por las friolentas mejillas, surcados por los años de vida. Estas tibias lágrimas resumía, el propio pasado y todo se sentía, como un frío ligero a la redonda, del centro mismo del universo.

 

El camino estaba pensada en si mismo, la mirada se levantaba de golpe, de encima de los coposos árboles. Luego eran absorbidos en un distinto aspecto, alejado se aislaba del viento, para contrarrestar la caminata. De las apartadas afueras, venía un grito prolongado y lamentable de algún perdido, en la oscuridad de la vida. Las frases se terminaban recién de pintarse y darse el significado convenido del alma. Los trazos difusos del panorama, en secos frutos caídos quedaban, a merced de la melancolía. Mientras la anchura natural, disfrutaba el orgullo de su creación místico. Todos los deseos y anhelos, se van retrocediendo en vacío derrumbado de cansancio. Y el ser doblado y quebrantado en el pesado sueño, espera el día de su esperanza.

 

El pensamiento ya no tenía sentido, todo era crepúsculo del pasado hundido, quería arrancarme el corazón y tirarlo al centro del mismo recuerdo. Para que, como una flor sea llevada por las frías aguas del sentimiento y en la lejanía sin consuelo, se congele en algunas tristes gotas de lágrimas, descendidas por las vertientes del silencio. Llegando luego, juntas con el viento, al camino desolado de la nostalgia.


 

 

Los sentimientos escribieron los que no pudo mi entendimiento y el calor de felicidad bosquejó e incubó el amor andino, alejado en el conocimiento del lugar nacido. Como una caminata perdida, en donde jamás hubiera pretendido, que éste lugar preferido, se quedara en un horizonte retirado. He dado un vistazo, a mi alrededor actual y nada más, que se ha retirado a la nada. El presente no existe en buena cuenta, lo que se ve ya no está, ya todo paso, a la inexistencia de la idea sin alcance. Que se distribuye en partes, de correntosa nube, que va hacia la distancia, dibujada por los cauces del entendimiento.

 

Se estimaba perdida la sensibilidad, del sabor del gusto que hacer y se adoptaba un destino diferente de color, con un sentido íntimo de silencio. Cuántas veces he deseado regresar, a pasar por las calles de mi alejada niñez, de mi retirado recuerdo. Ante este alejamiento, más se ha tratado de hundirse, en el oscurecido olvido. Los caminos de los alejados sueños, a los que nunca volvemos, porque naturalmente más nos alejamos. El camino se hace, con la esperanza de volver a caminar el mismo lugar. De nuestros propios deseos, obtenidos durante los sueños, de aquél entonces, como primer retazo de la vida.

 

En todo momento, he tratado de escribir la nada, de entender el vacío, de comprender su profundidad. De palpar el frío, de coger entre mis manos, esa parte de su sabiduría. Esa parte de su experiencia y en su cultura conceptuada, por la inexistencia del realismo. Disuelto sobre ese espacio de la nada, siempre he pensado, que la vida era corta. Jamás pensé, que el tiempo era tan amplio y replegado. El mundo, es tan pequeño, movido por un átomo en el universo.

          


          DECLINADA ESPERANZA                          

 

Muchas veces he mirado, a la piedra buscando su apoyo y en otras tantas, he sido su aliado. Para tratar de descifrar sus pensamientos, hasta he llegado ha sentir la sensibilidad de su amor. He comprendido su fría existencia, hasta he llegado a bosquejar la ingenua teoría de "las piedras se aman", es verdad, que la piedra es parte de nuestro cuerpo y el nuestro, parte de la piedra. Su frío mundo, siempre ha sido intencionalmente olvidado, durante muchas generaciones. A pesar que conformó, parte de nuestra vida cotidiana en la tierra. Sin embargo, siempre se ha marginado, en nuestro camino.


 

 

Al compás de la fuerza del viento, se ha dibujado una sonrisa irónica, volviendo con las hojas hacia el revés, como un paso hacia atrás en busca de lo siempre alejado. Es necesario afrontar sin sabores la vida retrocedida. La vivencia, esta hecha de todas estas sorpresas. Todos los días hay luz y hay noche. También hay oportunidades de ser más o ser menos, según a la complejidad del momento. Pues, hay perfiles de satisfacción y emociones de corazón, que nunca cambia de pasión, siempre habrá mañana.

 

La vida contrastada del planeta, con gelatina endurecida es la esperanza. La diferencia existe, pero una diferencia al fin, su alegría se ha enervado, hasta el mismo filo del día. La oposición, puesta en la delantera de la extensión de los insustanciales de la información. Entrecerré la puerta del transparente espacio del saber, reluciendo los cristales del cielo placer. Para lograr no distinguir los aspectos colaterales, del desacierto amanecer. Pero, el abierto mundo se desplaza, en medio del mismo anochecer. La jornada del día, acompañada de los dos caminos, enmudecidos se desbande del conocer.

 

Escribiendo en el deseo, he navegado al contrario y cobijando mi conciencia he sembrado en el universo. Una fresca mañana, que vestida de alba, ya se está redondeando en una bola de hielo coloreada. Con la emoción en cima, solo me queda exclamar con fuerza: ¡qué miércoles pasa, por la fatigada cuesta! He puesto tantas esperanzas extendidas, como espaldas expuestas al sol del mediodía. Unas cuantas esquinas labradas de agonía, en negras hileras determinadas de hecho se quedan,  fuera de guía. En un posible acontecer no muy lejano, divergen destapadas hoyadas, casi cercanas, ni tan allá, ni tan aquí. Pero, depositado en el pensamiento del flujo acontecimiento, todos percibidos de primeras formas.

 

Juzgando dos cosas iguales, se ha rebasado al candor de la sencillez, en una posible vida negada, en la cuesta del destino. Que no busca competencia, ni menos quiere lo más lejano, ni la más cercana verdad. Sólo aspira no dejarse arrebatar del menos infinito, no menos lejano del día, ni tan junto a la noche. Corren quizás demasiado pronto la espera, que no tendrá nunca la ansiada finalización, ni mucho menos la forjada desesperanza. Sin brillo de media noche, todos conducen al final del entendimiento, que bruscamente salta al encuentro.


 

 

Voluntariamente pugnaba por olvidarla, en medio de un suspirante jornada. Siempre les daba el principio y no podía cogerla el último extremo. En vano se esforzaba en no diferirla de los inofensivos momentos, procurando pensar en otros tiempos del recuerdo. No se dejaba ver durante el día, las noches de invierno dejaban sentir su enfriamiento. Bajo ése cristal juicioso, se dibujaba de cuando en cuando, sin lapicero ni aliento del mes de agosto.

 

En ningún manuscrito original, se veía tal sentido, la visibilidad se hacía inolvidable de imagen. In controvertido lugar de puntuales, de pensamientos diluidos en otros informales y enloquecidos universos. A un dedo quedaba el río, y a varios de ellos más lejos se veía de la pradera. Los sentidos cabalgaban, sobre su atmósfera de comprensión, para continuar percibiendo el inicio de la razón, en el camino del día. Y desde allá, en afinada bóveda, el presente se diseñaba cerca del infinito. Antes de ser ridículamente borrada, en raya más débil de su entorno. No admitía la propuesta, menos dejaba cogerse, tampoco dividirse en dos tiempos del saber. Sólo admitía, el conocimiento filosófico, de las dos piedras propuestas.

 

Con una inquietud, singular de percepción, de verso discurrido e interpolado en la imaginación. Invertida de sombra y ahondada en la rasgadura, con un poco de tontería al frente, introducida hacia la orilla de la noche. Se entorpecía de recuerdos, siguiendo el estilo reverso, encaminando el paso del cristal. Cuidaba, de no superponerse, ni tampoco propiciar desfigurar, el paralelo cercano de su inteligencia.

 

Desde muy cerca, casi junto, con una visión gruesa y esférica, se desequilibraba en redondo, para llegar al centro del tiempo. Sin alejarse del dolor físico, como una flor solitaria, desecha de infinita quietud mundana. Siempre se daba por entero, hasta llegar al simbólico espejo de espera. Sin saber, todo era temprano o todo era pasado, era un misterio, no se podía definir los efectos del espacioso universo.

 

Muchas veces hemos tenido complejos sueños, siempre metidos en algunos minúsculos problemas y los más simples, envainados en una idea tan simple, tan idea, que a veces, se perdían encuadradas en una débil realidad. Para escurrirse, como una pintada de cirios, que arde de luz blanca, simbolizando la vida idealizada.

         


          INDIFERENCIADA EXISTENCIA


 

 

En numerosas ocasiones, nuestros sueños son recortados, a los filos de la esperanza. En donde se inclinan las fechas en vacío, venidas en curva e impresas anualmente a las cuatro latitudes de la vida. Aspecto que inciden socavadas y quedan partidas en una misma luz del día.

 

Desde un apaciguado pensamiento, hasta un silencioso tormento, se escribieron de sobremanera frases y palabras reflexivas. Pero, todas exageradas y desordenadas, ciertamente surgidas abundantemente, pero sin identidad. Considerablemente, desde el comienzo hasta el final, nadie les comprendía. Era como un poco de noche caída, de una extremada faena y que por su horrible demora, sólo se enterraba hasta el otro día.

 

Una vez que me encontraba en el campo, cuidaba levantarme siempre un poco antes que viniera el alba. Todos dormían de cansancio, la luna llena a un costado, los cerros alrededor, tenían el mismo color. El color natural de infinita pintura, los rayos desenredándose de entre las plantas, las extensas áreas cultivadas de nacarados trigales. Todas las sementeras enclavadas en las vertientes, se apreciaban sus excavadas dulzuras. Ascendiendo las subidas, de un resentido declive, se confundían entre las sombras humedecidas, de las pulidas piedras, por las lluvias y rozamiento constante del tiempo.

 

Hacia el fondo del horizonte, por donde se ventilan los inicios del día. Cerrando el paso ante los vientos del camino, por donde las pocas aves se ven volar, sobre las vertiginosas elevaciones de las cumbres andinas, casi al ras de la claridad, se nos parece unirse con el gran círculo del cielo. Entre los mismos cerros de piedra y añil, se enfatiza ése perfecto trazo horizontal de tinte azul. Que a la distancia, parece pintarse de anaranjado las nubes, que cansadas sostienen, las relajadas felicidades del campo.

 

Encontré recostada sobre la caverna, un deseo menos regular, conjuntamente con la atención ensombrecida. Estaba tirada hacia el espacio, en donde torpemente se dibujaba cantidad de trazos, que a lo largo, se borraba en la nada. Dejando de secuela una grotesca hilera, de cuantiosos sueños. Cuanto más se alejaba, parecían dilatarse en tantas letras, a punto de ser entendidas por la mente, como una sola unidad de cielo.


 

 

Hay condiciones indescifrables, todos parecen en un solo y último punto. No hay nada, que no pueda ser desdibujada. Todos son como un paso de sueño, que van hacia una misma nada incomprendida. Como una vida distinta, con fuerzas naturales de la propia tierra.

 

En las infieles horas, de un tinte pasado, no contentas pasean las desiertas noches. Renegadas del alba, estacionadas junto al retrospectivo momento. Las formas verbales indicando su acción pasada, caminan por las desvalidas arterias urbanas. Procurando pensar en el mañana, que la remota vencida de rosada se aleja, entremetida en una repetida sombra. Nada pretende decir, de alguna caminata ya acabada, sobre un gastado y polvoriento camino.

 

El cielo es profundo, de toda insustancial medida. Su modo, es como una idea hemisférica. De pintura casi hueca, mirando a la dura piedra. De forma, vaciada en una modesta y perfilada concepción. Sus encendidos ideales, llegan por iguales, hasta la inmediación del secreto espacial. Esa larga intención central, queda retenida, en las puntas espinosas de la luz enredada en el guarango.

 

Por ser tan lejos la memoria de a largo plazo, he perdido su antigüedad en las orillas de los años. De atrasado el deslucido y consumado antepasado de la diversidad cultural, asciende una parte de la desértica mañana. Quisiera recordar la redondez de mi sombra, para develar en posesión abierta, una noche sentida en un riesgoso vacío. Nadie sabrá, en cual de sus extremos contiene lo escrito, tampoco podrán entender lo hallado, en el esbozo pendiente del concepto.

          


          EXTREMADA EXISTENCIA

 

Largos años he dedicado, asimilar la configuración del mundo. Los sueños son como el agua, que se fatigan en su interior, se complican circulando en su lenguaje absoluto. Engendrado a plenitud del sol, la existencia del universo, se confunde en sus propias formas. Todos buscan un mismo destino y circunstancia. Que difícil es entender a la naturaleza, a pesar de ser comunicativa, no todos podemos entender a su única figura. Siempre la observamos tan aquí o tan delante, la vemos tan grande y tan allá, pero no llegan a los sentidos todo lo visto, nuestra percepción son verdades medidas en el tiempo.

 

Con vasto deseo de proseguir, no rehusar el ademán envejecido, dando giro en forma redonda. Ensanchara su centrada curvatura, doblada a la izquierda con mirada al infinito. Con pasos cautelosos, profundizaba cada vez más su delgada forma, de palabras no entendibles. Más parece trabajadas a lo rústico, que pintadas por artistas o soñadas por escritores, al borde del alba estancada en el vacío.


 

 

La noche es la noche, todos piensan que el tiempo es extenso y más largo dentro de la noche. En suma, aspiramos amanecer, después de habernos aventurado a un completo descanso. La totalidad de la gente, busca tramar partituras del reposo, como un conjunto de la integridad de la parte de la inexistencia. Cuando amanecían los exteriores de los recintos, las casas y sus jardines, relucían nacarados, lavados las hojas por los rocíos, sin polvo, sin manchas, las hierbas frescas y humedecidas, el viento soplando siempre de cuesta. El cielo nublado, no se veía el sol, todo era casi lloroso de ambiente conceptual.

 

En una dorada tarde del mes de septiembre, cuando las hojas de los árboles, eran mecidos por el leve soplo del viento. Los vientos, venían de diferentes partes del globo, de las cumbres, de las quebradas, de las lagunas, todos se movían por los caminos. Todos tenían vida, hablaban y percibían las consecuencias, sólo se sentían un poco de aire al respirar. Numerosas veces, nos hemos encontrado al cabo del camino o de la calle, el esfuerzo del resultado, no equivalía ni un centavo. Entonces, su trascendencia esta situado, por debajo de la emoción motivada, no debemos proceder a malgastarlo su alcance.

 

Siempre, el siguiente día de aquel domingo, no había salido el sol, me quedaba por algunos minutos, en los alrededores del huerto. Me di cuenta, que el completo frescor, de punta a punta, era indescriptible. Durante algún tiempo después, de aquel día del mes de marzo, por los cuatro costados el tiempo era frío y lluvioso. El campo de medio a medio nublado siempre. Mi tierra estaba triste de lluvias, la tierra era negra, más negra que el corazón a vuestro lado. Del principio al fin, las calles estaban limpias. En pleno, se encontraban lavadas sus piedras, claras, relucientes, por el lado de las lluvias. Todos andaban abrigados, reteniendo el aire entre pulmones, frotando las manos. Con un silbido agudo de los pajonales a la distancia, por el frío crudo y penetrante. Las noche eran húmedas, algunas veces llovían a cantaros, por varios días con sus noches.


 

 

En una noche de lluvia del mes de marzo, cuando el frío rondaba todas las calles del pueblo. Entre la neblina se cerraba, las ansias del inicio de los caminos, las nieblas empardadas de color. Hasta los campos, sombreados de un verduzco oscuro. Los árboles repintados, en un jaspeado amarillento anaranjado, en una superficie empardada con hielo y escarcha derretida al calor insipiente del tiempo. Mientras los cerros y quebradas, se extendían bulliciosas de aguas turbias de lluvias, que descendían de las alturas, formando los característicos arroyos, de caídas violentas, sobre las piedras, atravesadas por los caminos y puentes. Las brumas, decoraban las recargas tintas desoladas, de todo el panorama andino. Todos como yo, siempre nos encontrábamos cerca a la tierra humedecida, mojadas por el frío, el viento limitaba nuestras ansias de juguetear, por las inmediaciones de los huertos.

 

Las hojas, las flores, todo el camino entero, se quedaban mirando, como seres solitarios el pintorreado cielo. Mientras tantos otros, ensombrecidos lugares, dormitaban con tanto friolento malestar del invierno. Quedando los nidos libres y despejados, a merced del balanceado contestar de caricias del viento. Los habitantes siempre acostumbrados, iban por los polvorientos caminos, cantando y silbando tras de su ganado. Cuando más se alejaban, parecían que todas las puertas del cielo, se abrían a su paso firme y afortunado de sierra. Mientras la naturaleza temblorosa, se quedaba como una tela verde y azulada, de ida silenciosa hacia el infinito.

 

Nos pasábamos algunas horas sufriendo y quejándonos del tiempo. Luego de largarse el celaje, en un profundo suspiro o en otras veces, atirantada de gemir, como si el tiempo, tuviera toda la culpa de nuestro padecimiento. Por las calles del pueblo, se escuchaba cada vez, más agrandada y cerca. Se oía ahogarse, con la fuerza del toser y en otras, sollozaban sus familias, exteriorizando sus patéticas expresiones manifestadas de dolor y de fastidio, en que permanente y constantemente se vivía, en los pueblos más alejados de la sierra.


 

 

¡Que! contradictorio era el pensamiento, en la época de invierno, toda sombreada de tristeza y melancolía. El jugar y comer debajo de los árboles, de hojas verdes oscurecidas, eran tensas como para desalentarse. Mucha gente, transitaban de un lugar a otro, mojadas de alegría. Todos susurraban con un rumor sordo, ante el soplo del viento. Mientras regularmente alargada, se empañaba el cielo azul en un sonido, de ninguna parte se podía contemplar, su escogida claridad, ni menos la azul agua de sierra. El sol, no se veía sus acortados rayos, se ausentaban por semanas enteras. Dejando retardadas oscurecidas de frío, sólo apartadas intensiones, cantaban en el alejamiento retiro. Las tortolitas, desde sus escondites, solas enmudecidas, esperaban pasar el aguacero. Las ciénagas formadas por aguazales, se escurrían hacia los manantiales. Que a lo lejos se veían perderse en los nublados valles, recortados de su claridad. Se prolongaban, hacia los cerros cercanos, pelados de humedad, en donde humeando de lluvia, caída horas antes se quedaban en el despoblado.

 

La fantasía de la vida, se había esfumado. Al llegar a la parte más alta del pueblo, los suspiros al parecer, dejaban ver su vacío. Todos se acercan por un mismo camino, a las orillas de la tarde. Aún cuando se encontraba neblinosa, el tiempo es claro y el sol es brillante de piedra blanca. Ante los desfiladeros de alisos y alfalfares, como los sauces y los álamos descaminados de dos en dos. Todos los extremos del ámbito andino, los embalses y atolladeros del camino. Los terrenos cubiertos de alfalfares, que a los lados se extienden, convencidas en mi más viva esperanza. Admiro los días de primavera, los extensos brotes del verano. En donde se pasan largas y placenteras tardes, de sol puro de julio y de agosto, todos desplazados y extendidos, sobre el nacarado divisar de montículos. Y de las sementeras, ya cosechadas de trigo y de cebada a la distancia.

                  

En los meses de invierno, a pesar del persistente frío, la oscuridad tenía una presencia distinta de atemperar las fases del tiempo. Cuando llovía casi todo un día, a veces dos o tres seguidos, lo incierto, lo confuso, mezclaban los aspectos cambiantes del monte o del bosque de ternura. Más allá, la tosquedad ennegrecida del rastro de invierno. Siempre ésta confusa repintada del tormento, matizaba la despedida del consuelo.

 


CAMINO PERDIDO EN EL OLVIDO

 

La mañana se ausentó, el agua de los ríos se secaron en su silencio. Los caminos se oscurecieron en el incierto trayecto, sin ninguna esperanza. Las aves dejaron de trinar, muchas se asomaban por debajo de la sombra. Los cerros cercanos se silenciaron, arrojando una breve sombra como una triste canción. Los valles apartados de la oscuridad violenta, sus formas se ahondaron en sus adentros. Las vertientes como una naturaleza muerta se ennegrecieron ocultando su polvoriento colorido. Las cumbres en la lejanía abandonaron el cielo, estrujados en su propio universo. Los horizontes se despintaron, como una raya de rodillas dolorosamente giraba. Los vientos como una resonancia apagada, dejaron de circular por el más arriba de las cúspides. Las plantas dejaron de mecerse, como si el viento les hubiera arrancado el corazón. Las piedras dejaron de brillar sus aristas, revolviendo su oscuridad hasta dejarse confundir en su tristeza. La gente del pueblo, desorientada en su neblina, corría hacia abajo y a todas partes temerosas. El campesino lloraba dentro de la penumbra de su posada, próximo a sus sementeras inundadas. El pueblo agricultor, por arriba de sus afueras se quedaba solitario, en aquél mundo interandino. Toda la naturaleza sangraba su tinte natural. Mientras los molinos de piedra, como un sueño dejaron de funcionar. El extenso trigal a oscuras en la distancia, se partía como un pan.

         

Lima, sábado 10 de Abril del 2004.

 

 

A. Arnulfo Moreno Ravelo.