- COLECCIÓN LITERARIA -

- OBRA  COMPLETA -
 






 


(canto en prosa) 1998, en donde el autor se encuentra con la naturaleza
y nos recrea esbozando los paisajes color
eados con dulzura, revive
y rememora nostálgicas escenas del pasado, con un manejo estético
y retórico del realismo mágico literario, de ágil, brillante,  propio
y depurado estilo,  lleno de ternura, dándoles matices poéticos,
con un lirismo rítmico y sonoridad musical, característica
de una verdadera obra poética en prosa.


 

L A   C A S A

 

 DE  

T A P U G Ó N

 

 

(Canto en prosa)

 

A. ARNULFO MORENO RAVELO

 

-1998-


Colección Nº 13


113 págs.

 

Lima - Perú

1998

 


 

PROEMIO

 

A pocos kilómetros de la ciudad de TAUCA, provincia de Pallasca, Departamento de Ancash, se ubica el paraje denominado Tapugón, que se impregna  en la vertiente del cerro de Angollca, unida por la carretera afirmada que va a la ciudad de Cabana, capital de la provincia; rodeando los pliegues de las laderas y  de las soleadas peñas, con un verdor andino característico de esta parte de la cordillera negra, como si fuera un cinturón que ciñe las faldas del mencionado cerro, perdiéndose en el infinito cielo horizonte.

Por suerte, en este paisaje, se enclava, como un parche verdoso de forma cuadrada, circundada de arboles de alisos y de alcanfores o eucaliptos, contorneando por todos los linderos que comprende el terreno de mis padres Manuel T. Moreno Huazo y Ramona Ravelo Chinchay, quienes lo adquirieron por transmisión hereditaria de mis descendientes abuelos paternos. 

         Al centro de estos terrenos, sobre la carretera afirmada, en un promontorio que avanza y le contornea el camino carretero, se ubica modestamente la casa de campo, denominada como LA CASA DE TAPUGÓN, antigua construcción de adobes, con puertas de madera y techado de tejas, periódicamente se realiza su repajada, para evitar que por efectos del período de lluvias en el invierno se humedezcan sus paredes y se derriben su construcción.

         LA CASA DE TAPUGÓN, la casa del campo, fue el lugar en donde constante  y periódicamente era visitado por todos mis hermanos y mi familia; ya que en este lugar se encuentra un reservorio o posa de agua, en donde se almacena y este se abastece por intermedio de una acequia que fue construido para recoger y canalizar el agua desde la quebrada de Paccha, el manojo de agua que desciende del chorro de Comolanga, tanto en épocas de  verano, como en invierno, aumentaba su volumen, aveces ocasionando los llamados pilancones o los huaycos.

         Con este reservorio de agua, se regaba los terrenos de Tapugón y se mantenía las siembras y plantas en permanente verdor, como una alfombra poco estropeada, bajo una sombra fresca y placentera de sus arboles y de sus sementeras.

         Este lugar se quedó en el recuerdo de mi niñez y de mi juventud; pasaron los años y siempre latente vive en mi recuerdo, como algo inolvidable, como un paisaje pintado al óleo natural, que lo observo constantemente a través del espejo de mi vida.

         Recuerdo muy de cerca, aquellos días de sol, aquel sudor característico de niño y de juventud, aquellas tardes soleadas y de reflejos de aguas cristalinas de la posa, de la acequia y de los demás parajes que se observaba a lo lejos, ocultándose en sus leves sombras de cánticos y silbidos de los demás moradores, que se desplazaban por sus terrenos, pos sus campos bronceados, por sus polvorientos caminos, efectos de aquel soleado verano, alegre estación de todas las cosechas.

También recuerdo, de su incomparable  tarde  crepuscular, que  teñía el horizonte de rojizo amarillento, derramando sobre los cerros que bordean a TAUCA, Cabana,  Hualalay, Matibamba y a otros lugares más lejanos; de sus noches de  campo, de su cielo estrellado; de esas noches de luna llena, que alegres se jugaba, que sentados sobre la piedra o sobre el muro o sobre los cercos de las chacras. ¡Oh! que belleza, ¡qué satisfacción se experimentaba!; pues, era toda una inspiración de serranía, de cordillera negra; no existía sueño para los niños, tampoco cansancio, para los jóvenes, era vivir en un mundo sin limitaciones, sin preocupaciones, todo era felicidad nocturna de campo.

         No olvidaré jamas, aquel amanecer de campo, aquella alborada sobre el cerro de Angollca, aquella salida del sol, acompañado de un aire fresco, oloroso a hojas de alisos, a hojas de zarzamoras, a sombras de arboles, a frescor de la propia hierva, que se introduce en la propia naturaleza, al compás de los cantos de pajarillos y al ruido, que produce el leve viento arrinconada, hacia la vertiente como una caricia de palmada.

         A través de esta realidad natural, solo he pretendido, que encuentres el verdadero fundamento de mi canto y de mi arte verbal, que satisfaga mi necesidad interna; aunque adviertas, mi excesivo regionalismo y la ausencia del mensaje literario o “las posibilidades abstractas que inducen a paralelismos simbólicos o metáforas”; que no he logrado en la estructura de esta tarea poética en prosa. 

Quiero dejar aquí, plasmado este testimonio de gratitud; del quién corrió por sus caminos y sus campos, del quién jugo en sus acequias y bebió el néctar de su alborada y el cristal de sus aguas, bajo este pedacito de cielo azul claro, que se alberga en la profundidad de mi corazón, como una replica de mi ternura, como una floresta de mi alma, de mi amor por mi tierra de TAUCA, resumida en la semblanza de aquel pétalo de  la más bella flor.        

        

 

                                               A. Arnulfo Moreno Ravelo.

 

 

 


 

 

ESPERA  DEL TIEMPO

(viaje de Lima a Tauca)

 

         El blanco gris del cielo de Lima, lánguido y apagado se adentraba friolentamente en las fisuras del decidido deseo de los viajantes; quienes friccionando las manos y bien protegidos  del invierno, aguardaban el momento del desplazamiento vehicular; como quién vuelve otra vez, al lugar de donde hace algunos años atrás, partió alzando vuelo en busca de la esperanza.

Era un primer día del mes de Agosto, que viajaban los hijos de TAUCA, residentes en la ciudad de Lima, capital de la República; con destino a la fiesta  patronal de Santo Domingo de Guzmán de TAUCA, que se acostumbra celebrar anualmente, en la primera semana del mes antes referido.

         El viaje se realizaba, en el único vehículo de transportes interprovincial  de pasajeros “Montero”, que salía dos veces por semana, de la ciudad de Lima, con destino a la ciudad de TAUCA y viceversa (actualmente hay otras empresas más que se disputan la ruta, con mayor frecuencia y modernidad). Todos los pasajeros, abordaban con prisa y preocupados en sus equipajes; algunos meditabundos y abstraídos en sí mismo, como quién ocultara algo en sus adentros y llorara sus recuerdos en el extremo de la alegría. 

         Después, de varias horas, de incomodo viaje.

Se amanecía fatigado y cansado, bordeando la curva carretera de tierra afirmada, de la vertiente o de la cuesta de Calaball; momentos después, ya se observaba a lo lejos, las faldas de los cerros, que  a los extremos se iban  quedando: el río de Tablachaca al fondo, Calipuy al frente. La Galgada, Quiroz, Cocabal, Matal y Ancos, hacia más abajo; Llapo y Santa Rosa (antes Cajamala) al otro extremo del río de Ashoc, que va dar sus aguas al río de Tablachaca y éste, al río Santa caudaloso, a la altura de la antigua estación del ferrocarril de  Chuquicara.

El amanecer se había desparramado, cual ramilletes de flores anaranjadas, sobre los cerros circundantes; tiñéndose rápidamente de púrpura limón sus cumbres y de claras sombras sus valles; desprendiéndose la naturaleza toda, de su sueño de aurora, para cantar en los arboles  y en los tejados de todo el Distrito de TAUCA, la fervorosa alegría de fiesta, esperada  por los visitantes limeños que recientemente iban arribar.

         Después, de serpentear el paraje o el lugar denominado Ticapampa; y luego, de bordear Colgayunga; abrí las polvorientas lunas del vehículo, en el que viajaba y ansioso se distinguía a lo lejos, al frente la ciudad de Cabana, con la mayoría  de sus techos de calamina, fosforeaba como la misma nevada, recostada en su vertiente, esperando los rayos del sol.

Inmediatamente, vienen tras por tras, los lugares de Ayja, Llactabamba, centro poblado de Hualalay  y Quichua, van quedando al  fondo; formando el verde valle de arboles y alfalfares, propios  de esta estación de verano del mes de Agosto.

Luego, recojo mi mirada y me echo a recorrer por encima de los parajes de Alaypampa, Parga, Rumbamba, Ahua, que todavía ensombrecidas por las penumbras, de los rayos de color de limón, que desciende del sol de la mañana, que lentamente recién va creciendo y bañando de claridad las vertientes del cerro de Angollca, como una falda llena de coloradas manzanas, por solearse sobre las tierras arenosas de Alaypampa.

La mañana, la mañana empieza a desbordarse, en raudos destellos purpurinos, sobre todas las alturas.

Las sombras, se van consumiendo por todo el valle; como si alguien la barriera hacia la hondonadas, para arrinconarse en algunas de sus grietas abandonadas, a donde no llega la voz del silencio ni menos la caricia de la aurora.

¡Oh! Que admiración, ¡Qué! maravilla, regocijaba tanto y tanto mi alma, cuando sobre paré la mirada, para observar mejor a la distancia... entonces observé, frente a mí, las vertientes del cerro de Angollca, se deslizaban sus peñas cuesta abajo, hasta llegar al verdeoscuro valle que aún todavía dormía,  esperando la mañana.

El sol, desde la cumbre mas alta, con el abanico de sus rayos, iba ganando cada vez más y más a la fresca sombra, que se encontraba cansada y recostada, sobre la inclinada cuesta del frente y con mayor precisión y detenimiento contemplaba el lugar denominado “TAPUGON”, que al profundizarme percibía, sentir aflorar los más profundos recuerdos, sobre aquel verdor de sus alisos, sobre aquel verdor de sus eucaliptos; y aun más, de aquel frondoso eucalipto que había crecido en el centro mismo del terreno, junto a la serpenteante carretera afirmada, tenia una base gruesa de tallo, de tres metros de diámetro aproximadamente, sus raíces  se bifurcaban dentro de la tierra a varios metros de distancia, para ser más sólida su resistencia a los vientos; y una altura de más de cien metros de alto con una amplia frondosidad de sus ramas, que por su antigüedad de siglos, lozanía y forma característica  que mantenía, era admirado por los transeúntes, que diariamente pasaban por debajo de su sombra;  ya que, tenía exactamente la forma de un árbol de Navidad de gran tamaño.

         Precisamente el atractivo primordial era ese árbol, ese árbol único y característico, testimonio de mis antepasados; se distinguía a lo lejos, el resplandor de sus verduscas hojas plateadas, y la penumbra de algunos siglos, escribía su propia y larga historia; en ese paisaje sin par, completaba el cuadro pintoresco del lugar; que en su conjunto discurría por las profundidades de mi sangre, como tantos manojos de hierbas y variados hacecillos florales que  se guardaban durante tantos años en el mismo centro de la pileta de mi alma.

         Recreando la mirada, sobre aquellos árboles, alegremente la profundice dentro de sus ramas y luego observé que dentro de la verdusca obra de arte natural del paisaje,  se ubicaba la casa de campo, llamada por todos mis familiares y habitantes del lugar; y hoy también, por mí, como la “CASA  DE  TAPUGÓN”, como la pequeña morada del recuerdo, como el rincón de mis sueños, como, algo, que se ocultaba en el fondo de mi corazón; mas aún, se distinguía, su construcción de adobe y barro, expuestos a los efectos del tiempo a lo lejos y también confusamente se apreciaba a lo distante sus envejecidos tejados, de mi antiguo firmamento.

Toda esta pintura artística natural, se resumía en un solo ramillete florido de la memoria del pasado y que discretamente se escondía, en el hoyo más insondable y sagrado de la cavidad de mi pecho; como una huella impregnada en el cielo y regadas por las arterias de mi cuerpo; y que, tendida a la pálida luz del sol, descansa sobre un pedazo de lienzo gualdada y fraganciosa, que abraza  la fugas dicha, como a un niño de carita inocente, sonriente; bajo la sombra de tantos años atrás, de tantos recuerdos, que poco a poco se van borroneando en el inevitable olvido.

 

 


 

 

 

ENTRANDO AL PUEBLO DE TAUCA

 

El vehículo de pasajeros, cubierto de polvo, seguía rodando por la carretera afirmada, se acercaba cada vez más al pueblo.

Todos, corrían  las  lunas de las ventanas del carro y sacaban sus cabezas, por las ventanas; para mirar y añorar la tierra que les vió nacer, o el de sus padres, que alguna vez les contó su origen, o en su caso; eran turistas que deseaban conocer el tan ansiado pueblo de TAUCA.

A su paso. Ya, se veía aparecer el Centro Escolar 295; que se transformó en la Escuela Prevocacional, en donde iniciamos muchos nuestros primeros estudios y hoy nos trae tantos y tantos recuerdos de nuestra niñez y adolescencia; pasamos por la Cabaña y luego entramos a la ciudad de T A U C A, llegando a la Plaza de Armas.

El viaje se ha terminado.

Se respira un aire de fiesta y una alegría de pueblo; es la fiesta patronal del mes de Agosto de cada año.

Recojo las voces del pueblo, como un puñado de trigo y al volver a releerlos, se abren sus pétalos, como tantas frescas florecillas del campo, que amanecen constantemente de aurora, prendido en el ojal de mi alma.

Me quedo parado por un instante, mirando con gran profundidad, por todas partes y a todas las direcciones; las calles empedradas del pueblo, unas que suben, otras que bajan, manteniendo sus características de antigüedad; con sus chorritos de pura piedra en la esquina, la gente de polleras coloradas, reciben en sus muy usados baldes la porción menuda de  agua, liquido elemento de  todos  los días  y  tantas décadas pasadas.

Las casas antiguas  y  viejas, carcomidas por las lluvias de los fríos inviernos, de los meses de Enero, Febrero y Marzo de cada año; y que por estas fiestas, los han pintado de yeso blanco, manteniendo su peculiar estilo de pueblo típico y propio; además, con sus tejados ennegrecidos por el tiempo, por los recuerdos tan profundos y olvidados, en cada dintel de sus puertas, abiertas al pasado. Recordando a vuestros abuelos, a vuestros padres, que eternamente descansan en el Cementerio, en donde las florestas y los pinos acompañan muy de cerca su reposo, a pesar de quedar no muy lejos del pueblo; como una voz silenciosa y calmada; pero, latente y frecuentemente en las aberturas de nuestros corazones.

         De lo más alto de la cumbre, una sombra angosta se escurre, por dentro de los escabrosos peñascos de Angollca, Huaychonta y Andagada, hasta llegar a Pagarina; continúa descendiendo por la loma de Cagoma y Alto Colorado; para luego, correr bulliciosamente  las cristalinas aguas, por la acequia del Alto de Los Molinos, de singular belleza artística, que nos hace amarlos y es el que nos infunde en los hijos tauquinos, ese incomparable  deleite espiritual, que tanto cuidaron vuestros antepasados.

La vida delgada, lozana y clara como el día, van divisándose por sus caminos; ceñidos a sus laderas de azul acero, como una tendida faja de lana a colores en dorado viejo polvoriento, va dibujando el paisaje natural; en un trozo de cielo andino, que poquito a poco, y a la distancia de los minutos que pasan; se van abriendo como tantos elevados y vastos claveles encarnados, que nacen de un cuadro pintado artísticamente de sol matutino, enamorado del día.

En esa luz de color limón, se encuentra mi deseo de rosa; por donde rápidamente ascienden las tiernas y enamoradas partituras musicales, para cuartearse sobre las laderas del cansancio; hasta bordear la placentera claridad del corazón juvenil de Tauca. 

¡Qué, grandeza!, la vida esta hecha, de la misma redondez de la tierra, en donde existimos. No hay nada que hacer. Después de deslizarse sosegadamente el tiempo, vestido de gala por debajo del cielo azul; se espera abrirse todo el firmamento, como un desmesurado anillo de eclipse de sol, colocado en el mismo dedo del desbordante y colosal universo.

El firmamento azulino, como una gigantesca bola de cristal, giraba perforándose armónicamente en el espacio, sobre todo el pueblo y sus alrededores, como una campana de acero bruñido,  que  canta y llora a la distancia, colgada de su vejestorio campanario y que sonoramente se profundiza en sus movimientos vibratorios semicirculares de su inigualable vastedad  del infinito universo.

El aire fresco y puro de los andes, se descorre como una puerta interminable al infinito; y de la naturaleza profunda, retoña su inmenso encanto inagotable del verdusco campo del futuro; para florecer en el espesor del viento y divertirse en cada peñasco, en cada loma; detenida en el tiempo y entretenida en las épocas de fiesta.

Yo, atónito, solo contemplo y luego, desplego y escribo, lo enorme que no puedo cantar ni menos  entender esta desbordante belleza, que contiene la región andina, esparcida al aire libre del inmenso e ilimitado espacio.

Como quisiera tener las fuerzas suficientes y sobrehumanas; para entonces, reducir a la mínima expresión de la palabra, y cantarle a esta inmensidad incomparable de hermosura, que se adentra a lo más profundo de mi ser.

Toda esta lindura natural, se escurren de mis manos; para luego, deslizarse por entre la flores invisibles de la caricia, y solo, horadar esta grandiosa ambición de esperanza, que  se pierden a la distancia, dejando sus únicas huellas y ese pálido sabor, que se esfuma remotamente alejado, de haber palpado directamente las yemas de mis manos la fértil tierra y haber respirado el frescor de una mañana, que jamas se ausentará del alma.        

 

 


 

 

ENTRADA  DEL DIA

 

         Ya, es un nuevo día, la mañana se baña de sol. El día se refunde en los adentros del recuerdo.

Regocijada y contenta se despide la luna, por el Alto de los Molinos, hacia lo distante. Después de haberse jaraneado casi toda la noche.

El bullicio de las calles no es de todos los días.

El empedrado, comienza a relumbrar su azul piedra, y el tejado su color de tierra, que de gozo brota su canto, redondos como los frutos del sauco.

         Alborozados cruzan las calles, como las zarzamoras enteramente dulce de la zarza, que se cuelgan en los extramuros, y del ambiente se desprende, sonora música y encanto de rojizo azul,  derramando de amarillo sobre todo el campo.

         De verde claro se adornan, las laderas y las lomas, que tras por tras se van, pausadamente adentrando al mismo corazón de la mañana, y que abriendo su claridad hacía la inmensidad, esparcen un tibio verano andino, de peculiar atmósfera de esta parte de la sierra, que alberga y complementa la dicha y la felicidad de haber venido a la vida, sobre este maravilloso macizo continente.

         La espléndida naturaleza, sonriente y abierta, cual pétalos de rosa hacia el vasto firmamento; sosegadamente se desplaza, con risueño gesto de mañana, va calentando las hojas de las plantas; como quién, abriga a las aves en lo más profundo del corazón. Para luego, cariñosamente, besar las fronteras del friolento clima, que reverberante se esconde, en lo más puro y amplio amor.

         Rebrota de los huertos, la frescura del tiempo. Regado por las cristalinas acequias, el cultivo de las esperanzas; que bañadas por los rayos oblicuos del sol, descienden y descienden, como flecos de hilos amontonados; las aguas bulliciosas,  torrentosas y blanquísimas, como la propia nieve, por la cuesta de Los Molinos. Invitando a seguir viviendo, en esta mansión natural y pintoresca, que se dibuja amorosamente, en el cuadro celeste de la existencia.

         El pueblo de Tauca, franjeado por sus estrechas y desniveladas calles empedradas, su gente cobriza y coloreadas, vestidas de pueblo, recorren cantando y silbando, unos que llegan, otros que van; por los soleados y polvorientos caminos, que  se pierden en la lejanía.

         La mañana, se retiene en el frontal del tiempo y las horas se tardan a un costado del camino; para llegar a las lomas, ablandadas por el frío y abrigar nuestros recuerdos en la memoria; bajo un cielo azul de historia, que se pierde a la distancia, como una voz salida del seno de la nada.                   

 

 


 

  

ENCUENTRO CON LA CASA DE TAPUGÓN

 

         El sol, ascendía la espalda de la mañana, diluída de amor.  

Del pueblo de TAUCA, a dos kilómetros de distancia aproximadamente, queda el lugar denominado Tapugón, a donde me estoy trasladando.

         Al fin, nuevamente en Tapugón.  Recorro su amanecer, acaricio sus hierbas, sus hojas; caminan las esperanzas de mi ser, por los caminitos de mi niñez y respiro hondamente su aroma, su esencia de sabor  y  su oloroso perfume  de hierba del mes de Mayo.

         Extraigo del recuerdo, tantas páginas doradas y de ellas las despolvo, como el oro más puro sacada del mismo corazón de la tierra;  y  vuelvo a jugar debajo de tu sombra, camino por el borde de tus acequias y otra vez se derrama mi amor; como la luz de tantas formas, tras de los rastros indistinguibles de los becerros, ovejas o de los equinos.

         Todo se desliza al imperceptible surco del recuerdo.  

Sobre los  surcos de aquella tarde, desesperado te busco, porque detrás de la casa, te ocultas de rojoamarillo horizonte, para jamas volver, aunque se detenga el tiempo. 

El sol seguía ascendiendo los muros de piedras, que por el tiempo transcurrido, algunos se habían derribado por el suelo; como tantas flores, sobre un buen trozo de jardín que soñoliento y desordenado esperaba el viento.

La diversidad de la naturaleza andina, plácidamente tendida de punta a punta, descansa sosegadamente, bajo un cielo azul claro, que encierra la claridad del día, apaciguada dentro de las ramas verdes oscuras, que se mecen en los brazos del leve viento, haciéndose sentir al correr por las laderas y las lomas que se pierden a la distancia, como las canciones, salidas de las mismas entrañas del silencio.

El día, acentuaba con más evidencia su calor, sobre las hojas de los arboles de alisos, que rodean la CASA DE TAPUGÓN y en forma más pronunciada se desliza por los tallos, la frescura del tiempo, que  posiblemente halagaba sus troncos tan vejestorios y que en ellos se releían, tal vez  los muchos siglos pasados.

Pues, antes de que cayera la tarde del todo; ya había llegado su cansancio, hasta el fondo de la penumbra y ese lagrimar de cada gota quejumbrosa, que dejaba a su paso, calmadamente se arrinconaba melancólica, hacia la mitad del invisible mundo.

El viento frío, muge por la ladera, y el silencio se sepulta en la lejanía, como un sórdido dolor, que sale de la profundidad del alma y se entrecruzan  sobre los campos; arrebatando las hojas de los bosques, que se sepultan en un estrecho suspiro; en donde los indecisos caminos casi invisibles en la oscuridad,  se agotan y se agotan; en las entrañas de una triste noche, que envuelve a la tierra al final de la vida.            

Cuando todas las aves, dejan de cantar sobre la tierra, el verdor débil y apagado circula de hoja en hoja, reprimido y callado; como cuando al reverso de la luna, la tarde y la noche; ambas escriben sus propios nombres, diluídos de esperanza en una sierra de montes y peñascos abiertas al corazón.

 

 


 

REMENBRANZA MATERNA

 

Hoy, que me encuentro dentro de la Casa de Tapugón. Dentro de este pequeño mundo de sentimientos, de tristezas, de tantos recuerdos, de tantas horas tiradas en el pasado, cual hojas secas cubiertas de polvo, enmudecidas en el silencio, en donde rebota mis pensamientos casi ya vacíos, por aquella distancia, que al impacto de mis pasos, trizados por el suelo se van quedando y otras de tanta sombra se han envejecido.

Miro a mis alrededores.  Observo los asientos de barro y piedra, que en su mayoría se han deteriorado; por que el paso del tiempo, los ha estropeado, como páginas de la historia, leídas por las sombras.

Dentro de estas tantas  horas que se van quedando, perforando la distante memoria de sus campos; puedo divisar la figura de mi madre, como en aquellos tiempos de mi niñez y de mi adolescencia; la veo cocinar, la veo peinar su ensortijada cabellera, que rebeldemente descendían sobre sus hombros, sobre su silueta, que simultáneamente armonizaba con su tierna sonrisa y de rojo atuendo de polleras, bordadas en alto relieve de diversas clases y colores de hilos; hasta escucho su voz de madre y aveces me parece llamarme.

Pero, Dios mío, que fugaz es esta visión, que corta duración tiene esta remembranza, que inmediatamente huye, tal como se permitió venir; he ahí, cuando se siente, se experimenta, se percibe el dolor y la pena por la madre muerta. Es cuando  regresas al medio de la  realidad y se desbordan sin compasión las cuencas más profundas del alma; los sentimientos más tristes y amargos se rebasan por las aberturas del pensamiento; inundando la sensibilidad de todo el cuerpo y aún de todo el conocimiento como la  luz de la luna de plata.

Pues, he regresado realmente a caminar las mismas rutas de antaño, palpo con mis manos las hojas, los tallos de los árboles que me rodean y hasta he llegado a beber el agua, que corre por la acequia, que pasa frente a la Casa de Tapugón; son las mismas que salen de la misma fuente, de la misma posa, con la misma ternura, como antes, fresca y cristalina de agradable sabor, dulce como el néctar de las flores, como miel, como el zumo de los tallos de  raíz, azul cristalino como el cielo; cotidiano y familiar como la vida. Quiero almacenar su pureza en mi corazón,  para el deleite de  mi alma; mientras que al otro lado de los alisos, los rayos del sol disueltos broncean las sombras, alumbrando mi amor, mi flor y mi luna que  al revés,  se tiñen de rosa blanca  y mi sed, de fría felicidad.

Al otro lado de la casa, en donde ya no alumbra la luna, en donde las hojas y las aguas se han hecho agonía, por tu ausencia Madre; por que ya no estas en la casa, ya no te sientas frente al fogón, frente a la cocina de leña; ya no gustamos, ya no paladeamos de tus manitas de Madre, ya no saboreamos las papas amarillas sancochadas y abiertas como rosas amarillentas; tampoco las habas verdes del mes de Mayo, ni el calor de las ciegas de trigo, las parvas están vacías, como los platos sin el almuerzo; las tres piedras caldeadas de esa fogata, antes era la hornilla rústica del placer del estómago; hoy se encuentran frías, tan frías, como el hielo dentro de  sus cenizas, diluídas de pesar.

Madre, me haces falta, quiero cobijarme bajo tu cariño, bajo tu ternura del alba, de blancura; quiero que albergues mis mañanas y mis noches, entre tus tiernos abrazos maternales.

Pero, que entristecidos desfilan de uno en uno, las sombrías horas que se refugian en mi cóncavo pecho; bajo el manto de verde campo, que no es más, que el  cobertor de mis manantiales y que lloran la penumbra del tejado dolorido.

Te busco dentro de la hierba, dentro de las hojas de los árboles; te rastreo dentro de la tierra soleada, dentro de las piedras azuladas, que atraviesan los puentes del corazón; te rebusco, dentro de las límpidas aguas que reflejan mi amor, mi alma; te rebusco dentro de esas nubecillas que de atuendo lila desciende del firmamento; como algo que quiero, coger con mis toscas manos y no alcanzo lograrlo.

Te busco dentro de la casa vacía, dentro de las cenizas, dentro de las antiguas tejas y llora el silencio en tu ausencia; rebotando de un extremo a otro, cae desconsolado y afligido, como mustios helechos corren por las acequias congeladas y humedecidas de melancolía.

Todo el lugar, se tiñe de angustia y abatido e infeliz se desplaza por los aires, como hebras mortecinas y lánguidas, apagan el sol de un tono verdoso de agotamiento y de angustia.

No quiero, ni debo aceptar tu partida, tu ausencia; me resisto a creer en lo imposible y me rebelo contra el mundo mortal, que cubierta de su  negrura, ocasiona la muerte espiritual, como también corporal de todos los hombres del universo, como una tempestad oculta y temblorosa, disuelta en la esperanza.

Vuelve Madre, vuelve... que aquí los tuyos te esperan. 

Regresa Madre, regresa... que aquí estamos esperando tu presencia, tu existencia, tus consejos, tu guía de perfume, de flor, de  amor, de mujer vestida de alba; que traes y das la claridad al mundo, como el surco sembrado de tantas paciencias y púrpuras esperanzas en el divisar del horizonte.

Todo el día te he buscado, por todos los rincones de la vida, hasta la entrada de  la noche he llegado, tropezándome en los filetes de las cumbres; para mirarte profundamente, en el otro lado, de la rojiza y amarillenta despedida, que va hundiéndose en los regazos del más allá, en la divisoria inmensidad de lo desconocido, diluida en la distancia ... en la distancia ...

 

 

 


 

VISTA  INTERIOR Y EXTERIOR DE LA CASA DE CAMPO

 

 

La casa en su interior, rústica de caricia, consta de dos ambientes pequeños, de construcción de adobes; pero, es tan amplio de corazón, que durante muchos años a acogido y a sido posada de varias generaciones de mis antepasados. Tierra afirmada es el piso, como la palma de la mano, que acaricia amorosamente los pasos del ocasional visitante.

Cuenta con dos puertas de madera de aliso: uno en el interior y otra más chica, que da salida a la parte posterior de la casa; por donde todas las tardes se oculta el sol, dejando extendido su rojizo y disuelto su amarillento manto, sobre el distante y alejado extremo, de la basta serranía que se pierde en los filos del horizonte.

Las paredes de la casa, carcomidas por el tiempo, sostienen a esa viga de aliso antiguo, que forma y suspende el entejado de dos aguas; que ya  por el tiempo se ha verdeado de moho antiguo, cubriéndose como una capa orgánica de cierta vegetación, que le da un tono verde oscuro de acuarela.

El color de tierra natural de las paredes,  con excepción del ángulo derecho, en donde se cocinaba con leña y de cuya combustión se generaba el humo característico, que levemente sombreaba la pared, atravesando el techo de envejecimiento tejado, se dispersaba  ondulándose por las ramas y los aires, hasta perderse en las nubecillas del celeste firmamento.

¡Oh! que belleza,... ¡Oh! que hermosura se veía el paisaje, con su casita al centro, rodeado de la frondosidad de los arboles de alisos, de sus sementeras de trigo, de habas, de maíz y de papas en los meses de Mayo y Junio; todo era verde, verde esmeralda, todo el valle era verde esperanza; se revivía los años, los campos se volvían hacer frescos y tiernos; los peones desherbaban las siembras, regaban los alfalfares, los trigales, los maizales y otras tantas sementeras, que se desarrollaban a lo largo y ancho, de todo el hermoso valle de TAUCA y de sus distritos Matibamba, Hualalay, Alaypampa, entre otros.

Dentro de todo este contexto de lindura, por todo el valle se veía las aguas correr por sus quebradas, por sus acequias; brotar de sus manantiales, de sus fuentes, de sus posas o reservorios y sobre todo; el sol del medio día radiante y caluroso se esparcía en todo el valle, cansado y fatigado los hombres, surcaban los polvorientos caminos y a lo distante se dejaban escuchar algunos cantos, que entonaban las jóvenes mujeres de los campos y algunos  otros niños, también entraban al ruedo; más el cantar de las aves, el bramar de las vacas, el relincho de los caballos, el fuerte bramido del viento; todo, todo, conformaba una armoniosa naturaleza viva, plasmada en el lienzo pictórico más bello del mundo y que la guardo, en la pinacoteca más profunda de mi alma.                     

Pero, cada vez más y más este cuadro pictórico. ¡Ay!... se aleja y se aleja tras del destino, tras del silencio, tras de ese recuerdo de mi niñez. Se aleja como las flores de lila, como las plantas que se van, como algo que se seca, que  se muere, y se olvidan colgadas en el pasado.

El singular paisaje, fatigado por el sol del medio día y bajo un cielo azul extenso y con algunas nubecillas a lo lejos, descansa debajo de las ramas, como quién se esfuerza, por traer al recuerdo algún dolor olvidado.

El viento quería ganar la profundidad del occidente.  Corría a tanta velocidad, que ya no se veía a la distancia; solo se sentía su fuerza, que arrinconaba a vuestras prendas a cada cuerpo que se incorporaba en el alma y a las hojas en sus ramas, se agitaban oscilando libremente al calor de la tarde; para alcanzar la altura de la esperanza y buscar dentro del azul firmamento el amor y la caricia en los labios del mismo viento; para que no se repita, tan fuerte, tan apurado y conozca, ambos extremos de la paciencia del corazón.

Inclinada ya el día, va caminando hacía su último respiro de la tarde, perturbado y extenuado rebalsa su amarillo mortecino, por el desfiladero dibujado en la lejanía del horizonte.

 


 

 

SENDAS DEL PASADO

  

Hoy es un día jueves del mes de Agosto. El día esta tan claro, como los cristales de un museo, que despide su fuerte luz y que abriga la mañana de todo el valle de TAUCA.

Todos los montículos y cerros, miran la alegre cara de la mañana y aun más curioso, los rayos del sol, que se deslizan sobre la tierra ya cosechada y otras por cosecharse, después de las fiestas patronales. Pues, también, van bañando  el dorado tapiz de acuarela, y el verdor del campo, cantando de gozo y placer; cual color de manzanas que maduran en sus matas,  y se saborean en los corazones de todo el pueblo de TAUCA.

Las miro en  toda  su extensión,  con los ojos de adolescente y las palpo con las manos del recuerdo. Con el sentido del tacto, le doy toquecitos entristecidos e inmediatamente las puertas de mi alma  se  abren de par en par; para dar salida unas tras otras, todos los tiempos, a todos los días, de aquél enorme pasado, que se recuesta en el lecho de mi olvido y se guarda en el cofre más profundo de la esencia de mi alma, de mi amor tierno e inocente, que andaba y recorría tus sinuosos senderos trazados a la deriva del campo;  para cumplir con el recado encomendado y regresar contento y regocijado a nuestro hogar;  - como lo hacia antes - en aquellos tiempos, que a lo lejos los veo tiernamente volver a pasar. 

Luego, he cerrado mis párpados. ¡Ay!... se han roto los folículos de mis sentimientos y a esta hermosa mañana  le he dado también,  la otra mirada de adolescente; la de mis primeros años de juventud, el que guardo en su propio receptáculo, en un extremo de mi vida, el que núnca olvido, el que me dio sus pétalos de todos los colores y de todas las flores.

La llevo y que siempre la llevo como un pedúnculo, en donde descansan todas las hojas y todas las flores del campo, de la sierra integra, que se oculta en el cielo despejado y azul de todos los veranos.  Son los verticilos que rodean a mi espíritu, como un conjunto de ramos y flores, que circundan a los tallos de todas las plantas del mundo; y hoy, y siempre brotara consolando a mis pensamientos, para sembrar en esta mañana lo que ayer recibí y aprendí del seno de la misma naturaleza.

Me requiebro en mi aliento y despido muchos suspiros, que son lanzados al pasado y al presente, como un montonal de cartas del recuerdo, escritas con tinta de sol y contenido de luna, con fragancia de amor y memoria de rosadícima flor; que vuelan como palomas mensajeras, retornando a esta mañana, todos los recuerdos de aquel niño que jugaba con la propia naturaleza; trepando en el sauco, trepando en los alisos; haciendo su pequeño molino y huerto, para jugar con las aguas de la posa, que frescas y cristalinas, divertían la inocencia de sus pensamientos y miraba plácidamente a lo lejos, a lo profundo, a lo distante; desde  una antigua planta de aliso, con tallo grueso y descascarado; bajo aquél Sol ventilado de Mayo, perfumado de olor a hierba, a hojas de ortigas y zarzales; también a plantas de habas, de trigo y otras tantas... .

¡Oh! campo abierto de sol, campo verde de tierra fresca y fértil, regada con la plenitud del tiempo, con aquel diáfano y cristalino liquido, que corría lentamente en el silencio de mi mente, por las acequias de mi recuerdo, por aquéllos fieles  testigos naturales imborrables,  que guardan el testimonio de mis ancestros.

¡Oh! que felicidad sin par de aquellos tiempos, cuando se sentía al caminar por ese lugar, por aquéllos caminos pequeños polvorientos, que bajaban y subían a la Casa de Tapugón y unían los recorridos con la posa, con la parva, con la quebrada, con la acequia; sí, por la acequia,  por la ladera de mi alma, por las aventuras de mi corazón, por el prado de tierra húmeda, recogida como lienzo de inspiración  del  artista.

¡Ay!...no encontrare más regocijo y alegría en el mundo, que en esta parte del planeta. Pedacito de cielo descendido en una parte del relieve de la sierra ancashina, como una perla divina, obsequio de luz del sol y de la luna.

Pues, me siento tan orgulloso y feliz de mi pueblo de TAUCA, de haber nacido en ella, debajo de la  sombra de sauco, junto a las plantas de rosa y de los geranios; perfumados con las aromatizantes plantas de cedrón y toronjil y aún más todavía; con la esencia misma de la manzanilla, de la hierba santa, del coyal, de la hierbabuena, del chincho (huacatay), del hinojo y otras tantas, que sus sabores y fragancias, nos transportan al infinito de nuestra satisfacción gustativa del placer de nuestros órganos, en el universo de  la imaginación y fantasía del ser humano.

Soy dichoso, por haber reposado debajo de las sombras de los alisos de la Casa de Tapugón, mirando las nubecillas que se dispersaban en el cóncavo azulino firmamento; y aún más afortunado, por haber retozado por las calles empedradas y por sus alrededores, bajo los techos entejados del pueblo de TAUCA.

En un celeste cielo placentero de la mañana o en un caluroso tiempo de medio día; en donde el firmamento se parte en dos y deja derramar con más fuerza los rayos dorados del sol, que cuidadosamente  se encoge al oeste, para descender luego,  por la vertiente de la tarde.

 


 

RECUERDOS VIVIENTES

 

Pues, he viajado y visitado los veinticuatro Departamentos de nuestra patria querida, por todos los peruanos; pero, hasta ahora no he encontrado algún lugar, algún pueblo, que se asemeje al pueblo de TAUCA, ni a la Casa  de Tapugón.

He transitado por las arenosas tierras de la costa, por  los accidentados valles de la sierra y de la cuenca sedimentaria de la selva; he sobrepasado  sus aires, sus climas, sus aguas, sus costumbres y su atmósfera sonriente de luz y de amor. Impresionantes valles interandinos, saludables ambientes del placer. 

Pero, ningunos se asemejan ni se quieren tanto, como la tierra en donde nacimos, o en donde se vio por primera vez la luz de la naturaleza, la claridad de la nueva vida y del calor del nuevo mundo.

Pues, la identificación salta hasta el cielo, en cuanto del complejo morfológico  andino se trate. Todos, como hijos de ese inmenso cosmos, adentrados en los ramales de la cordillera de los Andes quisieran pintar con palabras la intensidad y profundidad de aquél azul, que guarda el cielo interandino y aun todavía, en cuanto se observe en sus diferentes  posiciones; tanto al amanecer, al mediodía o al atardecer; cuanto quisiera pintar el atardecer de rojo intenso carmesí, lindando con ese color amarillento azul que descansa en el horizonte del mundo.

 No es un mito ni menos una leyenda perdida ni moribunda andina; pues, es una realidad concreta y comprobable por todos los hombres de la tierra; que desde los andes, a gran altura sobre el nivel del  mar, se distingue y se define mejor los colores de los bellos y eternos atardeceres, que son dignos de trasladarse al lienzo, con una perspectiva mística del arte impresionante y una visión mágica de la naturaleza, que encierra su propia filosofía.

He ahí, todas estas experiencias, te traen al vivo recuerdo los sentimientos, por tu inolvidable cosmo andino, que te vio germinar entre las piedras y que te recibió en sus faldas con el lenguaje de colores,  dentro de un verde campo expansivo, que se adentra en el centro sincero y comunicativo materno de una patria,  con una enorme visión tan, tan grande como el universo.

Cuando te profundizas en tus valles, descubres la peculiaridad de las cordilleras y que a los cuatro puntos cardinales las llevan de frontera; y luego,  principias andar por tus caminos, por tus pueblos, por tus parajes y sientes de cerca el aire de cada hoja, el tropezar en cada piedra, el dolor del roce de los zarzales, la fatiga de las cuestas, el cansancio en deshierbar los surcos de la tierra, las cristalinas heladas de la joven mañana, la frialdad de las aguas de las quebradas y de su bullicio pausado y general de los arboles; matizados de cánticos de las aves y tristes melodías entonados por los improvisados habitantes del lugar.

Todos, estos recuerdos te desgarra en lo más intimo de tu ser y luego sangras por tus profundidades subterráneas, como los colores del arcoiris que enhebra los extremos que  une la tierra natal, con el centro mismo de tu corazón y traes a tu mente los asoleados días, como aquél color de maíz tendida sobre los cercos de piedras, que sonrientes miran hacia lo alto de la esfera.

Cabalgabas tu caballo color caramelo, frente blanco, arisco, alerto de orejas, con jato y montura; puestas herrajes en las cuatro patas, muy bien conservado y bien amaestrado en su caminar, que  votando polvo con sus patas delanteras, se divisaba por los caminos y luego por los campos.

Diferentes paisajes, contrastables en sus colores que se extendían, ya sea de un amarillento verdoso o de un verdeoscuro que se confundían  con la tierra; de donde las caídas de aguas blancas como la nevada se encarnaban  en el alma.

¡Oh! tierra Tauquina, ¡Oh! caudal primaveral, ¿qué es lo que guardas en tu seno, que no la puedo encontrar en el mundo?... y aun más, me enmudezco de amor y cariño y no puedo encontrar frase alguna, para describirte en tu real y concreta desnudez, y plasmar tu aspecto artístico y pintoresco en el contenido de la palabra prendido de mi alma, para mostrar al mundo tu incomparable valor ecológico  que conservas.

Cuanto esfuerzo he hecho, para desgajarte de mi recuerdo, de mis pensamientos por un momento y dejarte descansando en el trayecto de mi mente, quieto y tranquilo como una porción del tesoro más preciado del Cerro de Angollca; hasta que yo retorne para acostarme contigo, sobre ese fragmento cordillerano de los andes y dormir de felicidad en  medio de tus arboledas, de tus huertos, de tus trigales y en fin en esas parcelas de lindicimas rosaledas y cubrirme  de punta a punta  con el aire fresco de tu penumbra,  en el más hondo sentimiento del universo de un verdadero hijo Tauquino.

¡Oh! pueblo de Tauca, tierra ancashina de cielo andino, sumergidos en las límpidas aguas del recuerdo, en el bruñido espejo de mi existencia y en los rocíos de mis primeros años. Todo en su conjunto,  las encuentro sembradas en las hoyadas internas más puras de mi memoria, que siempre brotaran sus raíces en las riberas de mis venas, como los verdes bosques de las perspectivas mágicas del orbe.

Los días andinos se requemaban, hasta en la misma sombra forestal y el cielo salpicado en toda su extensión de un azulino matizado con yeso blanco; para luego, incorporarse encogiéndose en los regazos de la alegría, como una temporada inolvidable de verano, que en muchas partes de la Tierra, se quedan empinados como una jubilosa sonrisa de la vida.

Las noches eran claras. Eran unas noches de luna llena. La luna media inclinada hacia la derecha, giraba al compás de nuestros pasos. Contenta y alegremente la sierra andina se abría como un puñado de satisfacciones y de deseos de amanecer.

En las temporadas de verano, las noches de cielo estrellado, con la mitad de luna en alto se quedaban estacionadas de tanto andar cansadas y soñolientas; dispuestas a alcanzar la madrugada, como quién es llevado arrastras, en contra de su voluntad, se encubre y se esconde tras del próximo amanecer.

Aquellos días del comienzo de semana, atareados y preocupados la gente se desplazan por las diferentes salidas del pueblo y el tiempo se arrincona hacia el fondo con algo de alegría y junto a la lejana claridad espera su turno; mientras que algunas sombras temerosas y acobardadas, se ocultan en algún lugar  de los rincones olvidados; se enarbolan las vertientes como si quisieran alcanzar la luz del sol, que se  maduraba en lo más alto de la jornada del día.

La fatigada claridad del día, débilmente ya se recuesta sobre el occidente y en los últimos rayos del sol se pintan de un rojo pálido y amarillento de precipitado abismo; dejando en la pendiente al abatido cielo enormemente agrietado, para sollozar en la ribera del infinito universo.   

 

 


 

 

EVOCACION AL INVIERNO ANDINO

 

La tierra andina. Ese universo de sierra, fue uno de los principales escenarios de mi infancia, no quisiera callar en las profundidades de mis palabras ni se me escapen algunos detalles que veo en mi paraje, a través del cristal de mis sentimientos, que a flor de agua, corre por las hondonadas de los valles y de las quebradas.

En ella se produce una especie de asociación cromática, que reviven los conceptos y se hunden las visiones; pues, el niño que ya no es niño; el joven o el adolescente, que ya no es ni joven ni adolescente; todo se aleja cada vez más, de aquel largo viaje, que se bifurca en el pasado y se seduce como flores caídas en las faldas de la noche, de una serranía abierta plenamente de par en par, con amplísimo corazón de olor a rosa, que da cabida a la inmensidad toda, que abraza amorosamente al agrestes y ásperos vertientes de la tierra.

Cuando era invierno, durante los meses de  Enero, Febrero y Marzo, el frío era más extenso y fuerte.

La leve lluvia era más constante, que aveces caían tanto durante el día como en la noche íntegramente, eran como algo que se desprendían de los cabellos oscuros del cielo; eran tan oscuros que no se podían diferenciar el día de la noche, la neblina era tan espesa que ni los dedos de la mano podían verse o distinguirse.

El sol se había ido de viaje a lo lejos, a los cálidos arenales de la costa; mientras esta ausencia se asentaba más la frialdad se  sentía y lloraba de lluvia toda la sierra; desde las agrestes rinconadas, hasta los árboles y plantas medianas de la lomada, del valle, de la  ladera, de los vertientes; todos los huertos, todos los campos, sentían la melancolía de los vientos y hasta las faldas de los cerros, se derribaban y las aguas de las quebradas se desbordaban; haciéndose sentir sus efectos y sus peligros, que  venía a generar un verdadero desazón y agravio en perjuicio de sus habitantes, en desmedro de su amor a la tierra, de su afecto a las laderas del tiempo y a las horas invernales de aquel mundo serrano andino.

Bajo un cielo cenizo y friolento, la humedad que indecisamente ascendía entre las nubes ennegrecidas por el invierno, se entrecruzaban entre violáceas pinturas, diseñadas sobre un azul, que ha dejado de ser azul; porque de ella se ha desprendido todos los pétalos de amor y se han caído en gotas de aguacero, formando los arroyos y los ríos que se divisan y se pierden a lo lejos del fin  del universo.

Densamente, se iba descendiendo el día totalmente nublado, hasta consumirse  la tarde, en la orilla del infernal disgusto, que jamás se desea, en la vida del espectador visitante de la región andina; porque todos buscan contemplar, un cielo despejado, un cielo claro, de un verano andino.

Las pequeñas vegetaciones de las lomas, húmedas y regadas por las lluvias, van quedando empantanadas, llorando la soledad y la inclemencia del clima; pero, que a lo lejos desaparece en el viento, que bruscamente le daba su palmada, arrastrándoles hasta las orillas del invierno, en donde se saborea las heladas y el viento.

El canto de los  aleros, tristes y apagados se difundían hacia el huerto y hacia lo más lejos de los campos, volando de blanco plomo, llevando en sus picos, una simple paja, para su nido y el abrigo de sus pequeñuelos; porque las madres dan el amor a sus hijos, en cualquier estación del tiempo; pero, en cambio los hijos no pueden retribuirlos verdaderamente, como élla quisiera en sus últimos pasos por la vida.

Los relámpagos y los truenos, por todas partes a distancia se escuchan y se ven centellar, dentro de las nubes  color ceniza, que se desplazan a menudo por el valle y por las laderas, arrastradas por los vientos de los sueños, hasta el mismo verdor de las horas del anochecer, y este estruendoso y sonoro resplandor, era como un beso profundo y apasionado, humedecido con el deseo de amar; porque el amor significa sufrimiento y sacrificio; el quién sufre, es porque siente el sacrificio, que se va con el viento al pasado, sostenido en el corazón de la vida.

Un arcoiris a la distancia, como un pincel pasado a rastras a la media redonda; sobre un fondo friolento y húmedo, formando un gran puente, que a lo lejos une  la  voz con el futuro, coloreado en alma viva de amor y paciencia. 

Como una vocal débil y prolongada, va cayendo la umbría tarde, bajo un cielo ensombrecido que cae sobre el valle, como una sombra fría; casi ya, sin contenido, como un suspiro por apagarse, va perdiendo su altura, como si alguien se ahogara, en un oscuro mar sin ninguna esperanza.

Aun, la ennegrecida tarde, será extensa y prolongada, tendrá muchas horas que cansaran a la tierra, como un peso de varios  baldes con agua, sobre  los hombros de sus habitantes y será difícil liberarse, hasta que el tiempo se vaya abriendo, hacia la claridad despejada y la lluvia vaya cayendo, su última gota de consuelo, al otro lado, de la apesadumbrada tarde; dejando muy lejos al cielo sin cielo, enclavado en el mismo centro del infinito.

La umbrosa tarde.

La tarde llorosa y despeñada, quería recuperarse y desparramar su postrero y ulterior aliento, sobre el sombreado verdor y aguadijados campos lluviosos.

Las nubes poco a poco se iban retirando y escondiéndose tímidas, tras de los desfiladeros de los ríos; como la tierra húmeda y negruzca, resbaladiza y fangosa, que  iban a dar a la misma orilla, del rojisimo crepúsculo enfermizo, que perniquebrado y rengueando lntamente corcovado se despide, dejando un largo y largo rastro, en lo más lejano de la penumbra.

Al ausentarse el día, el cielo se oscurecía lentamente, inclinándose al lado del occidente, como quién, quisiera beber agua del mar o de otra fuente extraña y distante; para satisfacer un extremo del deseo, en los colores fugaces de rojo violeta, que se pintan en el horizonte, tendido al final de la tierra.

La nubosidad cubría el ceniciento cielo, de frontera a frontera, de cabo a cabo; como una franja sinuosa, que envuelve los cuatro extremos de la Tierra, y aprisionando la respiración, hasta exprimir como un simple limón, la ultima lluvia del atolondrado celeste, y en silencioso asombro del viento, se extendía la ennegrecida manta de paciencia, sobre el nublado tiempo, que nos transpone  al comienzo de la vida.

Terminada la tarde a la entrada del anochecer.

Ya, avanzada la noche, el cielo estaba oscuro; la luna, las estrellas, todas, todas ausentes; se inundaban las tinieblas y el aguacero caía toda la noche; el pueblo se encoge de hombros y las nubes vagan disimuladas las altas horas de la noche, y con el rozamiento de su negrura, en las orillas de las oscuridades, se iban perfilando los cerros a la distancia, hasta esperar el siguiente día.

 

 


 

PROFUNDIDAD DEL SENTIMIENTO

 

Junto a la concavidad del cielo de azul plomizo, giraba gracioso y sonriente el círculo solar de la claridad, sostenida en su profundidad infinita y engalanadas por las opalinas retasadas y  diseñadas por el día.

Manantiales del alba, aguas que corren por las acequias, aguas que caen del cielo cenizo en lluvia de azul acero; ambas se persiguen, hasta encontrarse en el centro mismo de mi amor y transformarse en cristalina vida, como las hojas del campo, como las flores violetas, que atraviesan la profundidad  de una resentida mañana, que luego de perfilarse va a llenar  los cauces del día.

Si la poesía es la existencia; pues, he aquí, os doy y tú la tienes esta profunda poesía, que solo es un silencio sentimiento, que corre como la misma agua y desciende como los cristales de la propia lluvia; de aquéllas tardes de invierno, de aquéllas oscuridades de frío, que acurrucaba al atardecer.

Cuanto más presiono mis sentimientos, más se buscan: entre mi amor, por la tierra, por el aire, por el camino que vivimos, más se plasma tu aroma, más grande se hace mi corazón; como cóncavo cielo azul y que en el horizonte, se queda su rojiza pintura de inspiración dibujada en la mente.

El paisaje andino, se hunde  en el horizonte, como el ser viviente en el vientre materno de azul, de  rojizo, de puro amarillo y de aire también; tan pronto lo cojo todo, todo en mi pupila; luego, se desvanece en un puñado de mi pensamiento.

Tanto quiero, tanto deseo, que sea grande, que se amontone la belleza y todo cuanto de hermosura exista en los valles interandinos, como un mundo sin par.

Pues, he aprendido a mirarte de lejos, a valorarte como  parte del planeta, a quererte como un trozo de corazón, como un aliento de vida, como un poco de agua cristalina, como algo que riega al mundo y nace las estaciones; como un tesoro, en la palma de  la mano, que se escapa,  para no volver del inmenso pasado.               

Eres tan incomparable, como si fuera  una palabra desmontada de su origen, para nacer y vivir con alma plena de ternura, como la aurora de las cumbres, como los cielos del espacio y como la luz del continente.

Pueblo de TAUCA, mi recuerdo  es un albergue de tantas y tantas felicidades del ayer; con penumbras de claridad, de sol naciente perdurarás con el mismo color verdusco de las plantas, o con la sombra tenue, dentro de ese color gris o lila, que deja las hojas al moverse por el viento, dentro de su silencio de placer, de amor, de amor que palpita como círculos concéntricos de agua pura y fría estancada en la quebrada del recuerdo.

 Cuando a  mi Casa de Tapugón, la miro de lejos, esos muros de adobes se adentran en el pasado, como el tiempo cuadrangular; hablando con el silencio, dialogando con el pasado, resistiendo al presente y desafiando al futuro. Para prolongarse en el espacio, en la vida, en el camino dentro del universo, resplandeciente de horizontes. Reverberando el canto, la orilla de lo lejos que duerme  sobre  la tierra, en un sueño de esperanza.

Sobrepaso mi mirada por las verdes hojas, cada planta de aliso es un archivo de pensamientos, que se entrelazan de esmeraldas, en un nudo de conocimientos y que junto a ellos, también van los zarzales y las ortigas, llevando en cada hoja, una sílaba mística de toda una poesía, que se hunde en la eternidad.

Luego observo, como pasa el tiempo, como mueren las ideas a cada instante, como se aleja el ser humano, arrastrándose por la hoja, por el tallo, como un gusano, introducido en su noche, viajando en su sombra, sin gusto y sin sentido, todo neutralizado como un simple autómata, que se deja llevar por los vientos sin tener participación de su voluntad.

Tierra andina, tierra serrana, así todo lo llevo en mi sentimiento, en mi alma, como unas pinceladas de azul y de teja, que en mis adentros reviven a cada instante mi ser de antaño, de tierno y de afecto para mi TAUCA; como si fuera una cantera de oro y de plata, se levanta hasta el espacio, como una bandera de triunfo, regada por mi sangre.

Paso a paso, de una a una he hojeado las paginas cristalinas de las aguas, hasta verme reflejada en el rocío, como un paisaje, como un todo de TAUCA, como un tejado de musical color, que se negrea en el pasado, y que viaja en el tiempo, con su canción, con su corazón a cuestas, rasgando su dolor de  alma y de vida.

 

 


 

 

DÍAS DE VERANIEGO

 

Todas las mañanas, con el sol bastante alto ya; la gente del pueblo alegremente se dispersan, por los únicos caminos, que los une a sus corazones con sus campos; en donde siembran y cosechan con el mayor deseo sus esperanzas.

Los rayos solares caían de lleno, sobre la curvatura de la carretera que va de TAUCA a Cabana; las líneas de luz, tan luminosas venían desde el sol, tan perpendiculares descendían, que sus energías se sentían en vuestros hombros, como chorros de aguas calientes, y su calor y fuerza reverberaban la sofocada naturaleza, que aturdida se marchitaba en las hojas de las plantas.

Un viento enmudecido y enredado, entre los tallos resecos de todos los rastrojos, pretendía hacer de la naturaleza, un halago y gentileza de bastante ternura, que hace activar todos los movimientos y desplazamientos de sus habitantes, por todas partes del valle andino.

Yo, a caballo me trasladaba por esa carretera, que se confundía con la vertiente frontal del Cerro de Angollca,  que al mirar cuesta arriba, parecía hundirse la cumbre, en el basto ceno del azulino cielo; y sus ambientes tibios, como una mano divina limpiaban algunas blanquecinas nubecillas, que pretendía mellar su hermosura de  aquél sonriente y placido firmamento.

 

Las herraduras del caballo, color caramelo y frente blanca, levantaban el polvo marrón del camino y seguía hasta llegar a la Casa de Tapugón, a la casa de campo, en donde las rectilíneas del calor se quebraban en oblicuas sombras, bajo los arboles de alisos y de aquél enorme eucalipto, que siempre arañaba mi corazón, bajo esa sensación  nostálgica y pasajera que aveces  rodaban por mis mejillas, como un recuerdo de antaño, que se sumergía en mi alma, como los rocíos sobre el agua.

Durante el día, sentía que mis glóbulos rojos de andino y de serrano se acumulaban, se acumulaban de tal manera, llenadas de aurora y de sol, que aveces se hacían intransitables mis venas; y luego, veía sumirse en su congelamiento, varios puentes celeste o azul, que desesperados buscaban sus riberas en donde sostenerse; como las aves en el aire, como los claveles en el pecho, como la vegetación a su tipo de suelo, como las montañas a los vientos y todo, todo ese  medio diáfano; solo buscaba algún camino que los transborde hasta la quebrada, para cruzar sus aguas, sus cauces, con un solo beso de hoja verde, prendida en el ojal,  y poder beber tantas veces la luz, como quién bebe el  amor del cielo, en el punto céntrico de la tierra y de mi propio ser.

El día era caluroso, el viento soplaba tibio, como la boca del horno, cuando se amasaba el pan; entonces, el único fresco y cristalino se encontraba en el reservorio, en la posa de agua, que se guardaba del calor, debajo las ramas de los alisos, de los zarzales, de las ortigas  y de todas las demás hierbas, que por su humedad las rodeaban y se germinaban en los bordes húmedos de la posa de agua. Además de la cantidad de helechos que se verdeaban, sobre los embalses y las acequias de regadío, como las venas del corazón, que  regaban el último rincón de los terrenos de Tapugón.

Pues, era el momento oportuno, que se debería regar las chauchas (papas de riego), que habían sido sembradas, precisamente en las partes pendientes o laderas del lugar, por que la tierra era más fértil, era tierra noble y fecunda, bastante descansada.

Yo, contento y gozoso trataba de regar, por una toma (acequia)... luego, por la otra toma... en fin, hasta terminar el surco o el anden de chauchas; la tierra noble y reposada, se humedecía hasta el fondo, hasta hacerse barro y mis pies se sumían en el fango; el lodo me cubría los pies de juventud, como en las épocas de mi niñez, que me divertía en la lama o en el cieno de las acequias, de las aguas estancadas; en donde se refractaba las sombras y se hacían manojos de luz, como esbeltas y grandes plantas de  rosas encarnadas y rojas, muy rojas, como mi propia sangre.

La Tierra, la tierra madre, fresca y húmeda, como la mujer que nos da la vida, con su rostro siempre juvenil, sombreada por los arboles, por los bosques del mundo, por la vegetación interminable del cosmos, en donde vivimos siglos tras siglos y  la tierra siempre será la misma tierra, sumida plácidamente en el sueño del universo, como una pera colgada del cielo, para nuestra subsistencia en el transitar y transcurrir del tiempo.

 

 


 

PUENTE INVISIBLE

 

Desde lo más alto de las montañas, veía mentalmente a lo largo y ancho el paisaje andino, a lo lejos, de azules cumbres, sombreadas de  anaranjadas tardes y un blanco humo cielo, que se oculta tras de ellos; y muy cercano, colindante con mi ser, con mi vida, con mi inmediato amor; que se derrama por encima de las hojas de la inmensa vegetación del planeta; entonces, pienso interiormente, ante esta suntuosidad y riqueza de la naturaleza, nosotros no somos más que unos pequeños hijos de las estrellas y que habitamos, nada más que un minúsculo mundo de estas grandezas astrales, que conforman el conjunto de cuerpos celestes de la vía láctea.

Entonces, quiero tender idealmente un puente, desde esta parte de la existencia, hasta tocar muy sutilmente el matiz mismo de sus paisajes del pueblo de TAUCA; para deslizarme al mismo corazón de mi casa de campo, a esas pinturas naturales, generosas y cándidas; bordadas con los aspectos y colores de cada distancia y enlazar cariñosamente con todos mis sentimientos, como quién atraviesa los astrales aislados de mi amor; del beso de afecto y de todo mi ser, a ese paraje del recuerdo, que no es mas que un enclave de oscuro verdor, en el corazón mismo de mi pueblo natal.

Reforzaré las paredes, de aquél puente invisible hacia el infinito; con los esfuerzos laterales de mis afectos perfumados, con las plantas de cedrón y también con las del toronjil, de muy fragante olor y sabor, que nos infunde ánimo y aliento, en el insondable abismo del trasponer riberas circundantes del conocimiento; y en las compuertas de mis salidas, vigorosamente gritare bullicioso, como las tormentosas aguas de todas las noches, junto a las hierbabuenas de aquel manantial, que fragancioso se encumbre,  en los recodos de mi pensamiento.

En el estribo derecho del valor, edificare una sólida columna, que embalsamado una la tierra y el cielo, para traspasar hacia el universo; y en el extremo izquierdo, formaré una plataforma, que servirá de base al huerto, en donde crecerán todas las frutas de la sierra y su fragancia perfume todos los rincones de la conciencia.

Al otro lado, haré una inmensa hoyada cósmica, que perfore mi conocimiento terrenal y contenga todos los alfalfares, que oloroso a esa característica natural de hierva, se adentre su verdor y su azulada flor, hasta lo mas recóndito de mis soñados sentimientos.

Y se vea refractar las cristalinas aguas, arriba del río y regar el celeste y galáctico paraguas del planeta; en aquél descampado abierto, del interminable azul estelar.

Plasmado de amor y de sensibilidad, exteriorizándose su inclinación y pasión de ánimo expresamente, mediante la ingeniosa expresión de la música y del intelecto entendimiento de los colores naturales, que ligados y unidos dan el matizado mismo del arte y el verdadero suspiro profundo del alma.

 

 

 

 


 

 

TARDE  NUBOSA  DEL  RECUERDO

 

Bajo aquellos días sombríos, de cielo nublado, de sol ausente y de luna también, todos abrigados y cabizbajos; como si el tiempo se hubiera desembarazado de su pesimismo o se hubiera detenido bajo su sombra, para contagiarnos también su tristeza, su friolento clima o su melancólica música o talvez sus quejidos y lamentaciones; por el mal tiempo de la época, época de invierno, de lo meses Enero, Febrero y Marzo, época que muy pocos las desean y casi todos las evaden, bajos sus techos de tejados y encubiertos de botas y otros pies sueltos sobre la tierra que les vio nacer.

Caudal de épocas de lluvias, que turbulenta corres abriendo el vientre de la tierra, en el pétalo de la flor y en las ventanas del alma; descompones el día en el frío de tu obtusa y perfil de tu sombra, que se recuestan sobre tantas rocas, que cubren los forados abiertos de la niebla; como un fenómeno que desciende sobre el reservorio y luego cruzan por mi entendimiento, hasta llegar a la cuenca del río, para extenderse como mis arterias y regar los campos agrestes de la vida.

El desborde de los ríos, de mí alejado corazón, seguirán regando la fértil tierra de bella flor; dentro de las nubes, tantas caras quemaditas, por el frío de los repliegues de los andes, por donde el hombre llego a pie y continua caminando sus bellos campos, llenos de nubes, de lluvias, de luna y de sol.

Dentro de las tormentas, cuando los truenos y relámpagos rompan de repente el silencio atmosférico, que va en dirección de la cabeza al pie, dentro de las nubes y el suelo, edificaré un inmenso panel;  con divisiones verticales en el interior de lo nublado, para que en los lienzos cenizos, se delinee la esfera celeste perpendicular del horizonte  y sea el camino del amor, prendido en las orquídeas, que nacen en las orillas del descanso del alma.

Vibro tanto, tanto de emoción, como las cuerdas de la guitarra, que  tañe constantemente dentro de mi corazón; y siento como hombre enamorarme del paisaje; mientras tu, mi bella dama, con los acústicos oídos femeninos y acompañado de tu poder táctil se enamora del cuerpo de la noche, como el viñero de su madura y lozana uva, que exprime y goza del deleitable sabor oscuro del  vino divino que produce  sobre la espalda.

Todos los desvíos de mi alma, todos los causes de mi sangre, siempre, siempre tratan de llegar a tropezones, sin sosiego alguno; aún falto de respiración, pálido como un trozo de amasijo, ahogándose por falta de aire; pero, siempre a ti, tierra bendita, llega mi aliento y siempre llegará para siempre, mi último suspiro, como el agua que se seca en el desierto.

Ya sea en el verano o en el invierno, siempre fue lo mismo; en los aniegos y en el lodo, jugábamos como niños; las piedras rodaban  y se hundían, jugueteando en sus orillas, con el blanco pañuelo o de cualquier otro color y aveces, con el del mestizado contrario color; todo era un desorden de alegría, que se tendía sobre la faz de aquel día inolvidable, prendido del corazón de aquel niño de mirada húmeda e inocente, que se perdía en los brazos maternos de la sierra andina.

 

 

 


 

 

 

REMEMORANDO EL MES DE MAYO

 

Cuando todos del pueblo salen a sus campos, a regar sus parcelas de chauchas (papas de riego), a refrescar el suelo de sus plantas, de sus siembras, bajo un clima del mes de Mayo o del mes de Junio; todo el agua esparcida por las laderas y los hoyos, reflejan a lo distante, como rayos de plata tirados sobre los surcos y  las acequias; unidos a los deshechos cristales, que se sumergen en la fértil tierra y aún más, si por la cantidad de agua, rebalsaban deslizándose por encima de la tierra acumulada, era una imprevista alegría de niño, alegría de frescor, como fraguas que derraman el liquido de la plata, para perderse en el siguiente surco, como un beso en una flor.

Las horas no han cambiado de ritmo ni de sangre; pues, con ese mismo universo serrano, con ese mismo sabor andino, ya mis venas se han acostumbrado y duerme con esa misma imaginación lírica, en los cauces de cualquier otra parte del planeta.

Con la percepción divina y mística de tus costumbres, de las entradas de las diferentes cruces del mes de Mayo, regadas de flores las calles y los campos, de tus aires frescos y puros, de tu claridad cordillerano, de tu fragancia de huerto, de perfume de rosales, que deleita e inspira el amor de las verduscas pendientes, de las piedras labradas en las canteras más profundas del alma.

Pues, vivo obsesionado de tu paisaje, quiero cogerte en mis manos y estrujarte, tanto, tanto, hasta hacerte un pequeño mundo, para guardarte como una joya en el cofre más secreto de mi corazón.

Y esta fuerza invisible de mi yo, renueva este mundo interior de mi ser, con el viento de las cumbres, como el azul cielo de los andes, como todas las mañanas reunidas en la pupila de tus ojos; así veré deslizarse la  nieve, por la profundidad de tu pecho y sepas como beber el agua de aquellos chorritos, que orada las piedras en todas las tardes.

Solamente dos acequias, con bordes de grama verde, azuleada de intenciones  sus tallos, regaban los árboles, las hiervas y todo el terreno fresco.

El agua corría y corría, tranquila y durmiente, refregando el sabor de  agua cristalina dulce y suave; como la atmósfera relajante de un viaje tras andino.

 Mis labios sentían el deseo de probar y de paladear el encanto secreto del cristal;  y entonces, aquél cuerpecito de niño, se inclinaba a beber el agua de la acequia, de su propio cauce; ...¡que maravilla!... ¡que gusto y placer! el beber directamente de las aguas mismas, que corren diáfanas y transparentes, como el mismo día de sol, y que a lo lejos solo se veía reflejar, en un manojo de agua cristalina, como los rayos de la luna llena.

Aquéllas hojas de alisos, que caían por el suelo, formando la sementera de una tierra fértil y húmeda, como los rincones de un jardín de placer, que se pierde en los alvéolos de un jocoso corazón, que lleva a cuestas un sentimental suspiro de vida.

De la Casa de Tapugón, ya no emana el humo apacible y armonioso que se dispersa en el aire, hasta llegar triunfante a la falda del cielo, hasta perderse en el inmenso espacio y trasponer el día entero en el alma.

Ese débil humo, que solo decoraba las endijas del techado antiguo y cansado por el tiempo, como una rosa marchita; pero, amorosa de un simple y campestre hogar, que se queda cada vez más en el fondo del conocimiento espiritual, como una compuerta auricular, que unía la tierra con el cielo, en esa luz violeta del tiempo alejado.

Pensando, he vuelto a retroceder, a retroceder  sobre mis pasos, ya desaparecidos, ya traspuestos a la puerta del destino; pero, luego quiero integrarme verticalmente, tocando  el rincón de mi alma en descanso, en descanso sobre la tarde.

Quisiéra contar con un lenguaje geométrico alargado y difuso,  para describir en pequeño, muy de cerca, todo lo que para mí significa mi Casa de Tapugón; lástima que la parte arquitectónica se encuentra ausente; porque solo es natural, rústica , modesta y además, más cerca, más próxima  a las entrañas de la tierra, que a las edificaciones actuales; todo es para mí, un pequeño volumen de arte, de vida doméstica; como tantas caritas femeninas de color de manzanas y de sabor de casa o de hogar, que envuelve y reúne a todos lo pétalos del mundo, en un leve y agradable olor de rosa y de color indefinible, por su variedad en mi vida.

Mi casa de campo, mi casa de adobe, campestre, de rustica ternura, las paredes son antiguas, jamás ha sido pintada, se encuentran algunas partes carcomidas, por la caricia constante del viento y de las flores del tiempo, que se alejan en el recuerdo; cual bandadas de palomas que se van para nunca más volver, como las aguas que corren, bajo el vientre del azul cielo.

Cuantas veces, las lágrimas se represan en mis ojos, cuando veo las tiernas neblinas pasar y pasar, y que el recuerdo y que el recuerdo grandemente sea  la cuna de las otras, neblinas, que otro tiempo los acumulo, en el valle más cercano de mi recóndito  pecho y que a cada instante ahoga a mi trajinado corazón.

Dormitando en las ramas de los árboles de alisos, se quedaron las palomas y otras tantas aves, que se pierden en sus cantos, como los verdes campos en las noches y todo en su conjunto, conforma esa vida paisajista atardecida, que se deslumbra a lo largo y ancho de las lomas, de los cerros, que se ocultan en la oscuridad de la lejanía; pues, es cuanto, la naturaleza nos ofrece las virtudes del ambiental de armonía y su elasticidad contraste de la serranía, en el cristal de la vida.

Las tardes de la agreste sierra andina, disueltas extienden su manto crepuscular, sobre el distante desordenado horizonte, como un suspiro de los labios carnosos de la tierra, tragaderos  dolorosos del requemante sol, para luego digerirlo en la noche obscura de luna pálida, en un cóncavo estómago del universo.

Todos los montes y todos los cerros se aúnan a la tragedia. Para morir también en la tarde, en la orilla de la noche; en los últimos rayos del sol, que bañadas de oro su vegetación, van quedando a los flancos de sus propias riberas, envueltas de sombras.

Aunque seamos contrarios a  las erosiones e inundaciones, o se hablen tanto y tanto, y dolorosos sean los huaicos, como lluvias torrentosas de escombros, en el espacio mágico de la mente y hagan cuantos cambios de paisaje y aún también climáticos; pues, siempre estarás ubicada en el ceno mismo de los andes, disueltas de cielo azul, de un verdoso campo, de un fino sueño, desplomado en la espesura de oro y plata de admiración.

Claridad disgregado de la bóveda celeste, asombrosa densidad de sierra, pura y maciza, cobijaras siempre mi Casa de Tapugón, que naturalmente unida al firmamento del pueblo de TAUCA; como una fortaleza de esfera natural de su propia fauna, albergarás entre tus brazos y recogiendo en tus faldas y vertientes; sus lluvias, sus vientos, sus verdores ámbitos; que no hay nada que le falte; en ti quedarán todo, todo ese impacto ambiental paraíso que siempre llevaras e irán, conformando las alturas como un todo general de la vida andina.

El sol caído ya, al otro costado, del borde del horizonte, dejaba al crepúsculo, teñido de un rojoamarillo lloriqueo, que lentamente se silenciaba, a la entrada de la cimbreada noche, que sobre las cumbres de la lejanía, de fin a fin, derramaba su gemida negrura, enmudeciendo los vestigios de los vientos, que rodea a la Tierra. 

 


 

 

LOS  DÍAS  DOMINGO

 

La mañana del día domingo, sonriente con cara de niño, va abriendo su folicular destino al sol, con la frente fresca y levantada, lista para un beso de amor, adentro, muy adentro en la misma abertura del propio corazón.

Quiero enterrar, todos los orgullos, tras de mi y sentarme en la parva, como antes lo hacia, y ver cosechar el trigo, la cebada, las habas y otros tantos, del sustento de la vida. Mirar el trillado y desmenuzado del trigo; luego, el aire los determinaba, en un poco de granos y otro tanto, en cascaras al viento.

Llorar y llorar, por aquellos recuerdos, por las ramas y por las hojas se escapan al pasado; galopan los entre dorados  caminos por el sol, que se van, para no regresar, para no volver, y que solo a lo lejos, quedan desoladas, como los cerros, que son quemados,  por el fuego de los años, por el morir de las tardes, por el vencer de las sombras y  por el ocultamiento final de la noche.

Recuerdo tantos domingos, cuando el sol radiante,  recalentaba las calles empedradas de TAUCA.

Los caminos de acceso de llegada y de ida, por las laderas, por los cerros, por todas las sementeras ya cosechadas, por todos los campos barbechados (tierra arada); el sol se asentaba tan fuerte, que todo se soleaba y todo se secaban, como una playa serrana, como una costa sin mar; pero, ahí se aparecía el declinar del día, como quién dice, para equilibrar el clima, se generaba de inmediato ese débil airecito, tibio y alentoso, se aparecía detrás de las penumbras, de los promontorios y de los copiosos árboles; como un amor tierno, paulatino, como una palmada de cariño, que se da a la tierra natural, pretendiendo envolver, en un abrazo  la redondez terrestre.

Por eso,  con la mente acaricio mi recuerdo, acaricio mis cerros y mis quebradas y digo en mis adentros, que los entresuelos me acojan, para vivir con ellos y dormir contento, pasear tranquilo por las calles y caminos, de los frescos días de viento, y saborear el pan de trigo, para comer las papas (el día de las cosechas), en el fogón de la posada, de las tierras de altura, o en el fogón, de mi casa de campo; en donde la ceniza, ya esta casi tierra, apenas se observa su incipiente blancor, dentro de las oscuras piedras, que un día sirvieron para cocinar.

Así como la parva, que se asemeja a un plato de arcilla; porque en ella, se trituraba y se ventilaba las cosechas de todos los años, de trigo, de cebada, de habas y de otros tantos, que son productos de tantas lunas y de tantas estrellas; como las vidas de la tierra, que son tantas y tantas vidas, de tiernas vocecitas y acariciadas ramas, que se mueven en vaivén, dentro de los brazos del frescor y del aire, que silban en las faldas del valle, tan cerca y tan lejano, que para todos se abastece, esta caricia de la naturaleza.

Las telarañas viejas y polvorientas, se caían de los techos de la casa de campo y también de los pocos árboles, que aún, quedan como mudos testigos y como brazos invisibles, de una desesperada vida, que vive dentro del olvido; como un cansado pensamiento, que solo busca, una vaga memoria de una anciana, que sus pasos se borran como el tiempo que pasa.

Los campos se acuestan a mi lado y levemente me busca la anciana memoria, para hacerme recordar, lo que no debo olvidar, de los juegos de infancia, de la asistencia de todos los días al colegio (cuando aveces llegaba tarde al segundo recreo); todos estos recuerdos, forman la loza solitaria de un pasado y que la pálida luz (como si fuera de varios cuartos de casa), cansados de sombras, se aleja fuera de su claridad.

Todos, recurrimos al campo inmenso de la vida, que no es mas que un viaje; puede ser afortunado o al contrario, lleno de problemas y sin sabores; ... ¿qué?, comunicación en silencio..., ¿qué?, mirada sin palabras, te representa en su conjunto el paisaje; que solo mi interior, mi yo, mis huesos, me comprende la dimensión de mi placer de viajar y quedarme en algún lugar, de la geografía nacional; pues, todas las ideas de viajes, de placeres, siempre se inclinan, hacia un costado, del enorme campo secreto del corazón; y entonces, decimos a lo largo y ancho, ...¿qué bello es su paisaje?, que todo y que solo hablan su plumaje, su color característico del hogar, dentro del inmenso paisaje, que coge en sus manos la fe del futuro, para creer en el.

Todos, vemos las faldas calizas de los cerros de los andes, cuando emprendemos, algún viaje y aveces, vemos más al fondo, que se dividen y se parten la corteza;  cuantas veces hemos observado a lo lejos, en las cumbres, esa capa blanca de hielo macizo, que se ve llorar de riachuelos, que se cuelgan en los hombros de los cerros y corren por entre sus vertientes, como pliegues de tierras, sobre la piedra viva, como una voz, que se desprende, desde el mismo cielo, para seguir el estrecho camino hasta llegar al mar.

¡Ah! cuando viajamos, todos libres, todos vuelan en el tiempo, la libertad solo se define, como el vuelo de las aves y con la luz de la aurora, sonrosadita de mejillas, como una plataforma hexagonal de toda conciencia, de toda intensión de los hombres, como algo que creció y corrió por los campos y voló por los cielos.

 

 


 

 

DISTANCIA DEL PAISAJE

 

Pues, la casa de campo, con el reflejo de los rayos solares, toda la vertiente en su conjunto, parecía un espejo de gran dimensión, en donde se veía el paisaje entera, en toda su extensión; se adentraba en el corazón del cerro de Angollca y en el, se traslucía la sierra andina, toda entera en un valle de vida y subsistencia.

A la distancia, parecían que del cielo azul claro, descendían tantos trozos y retazos de muchas esperanzas; coloreadas de naranja y de amarillo limón y descendían tan abajo, que su manto de oro y de plata cubrianse de verde; en los inmensos potreros de alfalfares y en algunos de los terrenos fértiles, se sombreaba tantos  maizales, que en sus mazorcas de granos  veteados por el tiempo, se mecía  agitadas por el viento.

Desde Hualalay y Matibamba, con la mirada a cuesta,  he corrido, por todas las vertientes, por todas las lomadas y he llegado a las cumbres; teniendo siempre a mi lado, como el único amigo los precipicios hondos y temerarios y además, también a mis costados, la compañera inseparable de la distancia, de la lejanía; que también, parecía que se escondía y se guardaba en lo más distante, en donde la sierra termina, en donde las cumbres duermen, disuelta como una mantequilla, de queso fresco a la redonda.

Y desde la cumbre del cerro de Angollca, se divisaba hacia abajo, hacia el fondo del valle, de donde  brotaban unas blancas y agradables nubecillas de puro algodón, plasmadas en obra de arte y que sosegadamente va cruzando el verdor paisaje, de fondo  matizado artísticamente.

 Yo, tan emocionado y regocijándome, no faltaba el deseo de tirarme sobre ellas, desde arriba, desde la cumbre de aquél cerro del recuerdo; sobre aquellos cúmulos de nubes, que los aires los sostenía sobre sus hombros.

 ¡Oh!, que deseos tentadores tenia de lanzarme, sobre su blancura y hundirme para siempre, con alegría de niño, perfumado de  rosa blanca y acompañado de todas las plantas del orbe.

Del otro lado del valle, hacia las alturas volaban las águilas y los cóndores, con sus característicos movimientos y vaivenes de sus largas alas; sobrevolaban rasgando los rayos perpendiculares del medio día y remontándose  sobre ellas, rompían el silencio de la lejanía, como una sombra a la distancia, semejante a una media luna, derribada sobre los caminos de la esperanza.

Ese surcar de los aires, por otras tantas aves, armonizando con su canto melodioso, bruñían las lomas rocosas a la distancia y todas las vertientes, se doraba de un color azucarado, como las cumbres de toda la serranía, bajo los reflejos de los colores del sol, y las inseparables penumbras, como los secretos del alma, teñidos de azulino cielo, de aquél verano eterno y perdurable de los Andes.

Pues, ya la tarde, va cayendo hacia el occidente, las sombras también, van creciendo y creciendo, al dorso de la tarde; como quién camina en sentido contrario, escalando las vertientes de los andes, dejados por las tardes; sollozando en una entonación de flauta, por donde rueda una enorme gota de lágrima, oscura y silenciosa; y que van a dar, hacia los bulliciosos ríos, que a lo lejos van quedando; adentrados sinuosamente en las aberturas profundas de la tierra; como en las cavidades del corazón, partidos en tantas partes del dolorido y afligido quejido.

De tantas hebras radiantes de la mañana, se han trenzado en la tarde, que al soltarse en el aire, siguiendo al sol que va ocultándose; luego, se derrama  como un abanico crepuscular, sobre la cima de las cumbres andinas, coloreándose de   anaranjada y amarillenta, van entrando calmadamente al rojizo tan lejano, como los pasos de los hombres, en  la playa de los extremos de la esperanza.

 

 


 

 

VISTA CREPUSCULAR

 

Desde la parte posterior de la Casa de Tapugón, donde siempre crecen los  chilgañes, quishcubas y otras plantas como las ortigas, los eucaliptos,  junto a la acequia que constantemente esta húmeda; por el agua que baja y corre como un canal quebrado en saltos y recodos; pues, desde ahí, en donde la parte de atrás de la casa de campo; espera el medio día.

Ya a pasado el medio día. Cuando el día, cansadamente se inclinaba hacia el oeste. Se podía espectar en aquél, lejano horizonte andino, que al ocultarse el sol, se acentuaba mas, el color bañado en oro puro y también, la rojisima línea, que siempre se trazaba sinuosamente, sobre la inmensa sierra.

 Y que aún, los seres vivientes que los observan, con ansias quieren cogerlos con los ojos, como si  fueran ramos de flores, para tenerlos en las manos, por más tiempo y aspirar el olor de  la tarde y no dejarlos fácilmente desaparecer, esta expectante belleza natural.

Que también, se observan al otro lado del mundo y en  su momento preciso, siempre a esta misma hora, en que los vientos también se ausentan, para dejar observar la maravilla de la tarde y del matizado de colores, antes de fenecer en el eterno extremo del occidente.

Luego, mirando hacia la quebrada, por donde corre el agua, pura como el alma de un niño, que va dejando en el camino, una sucesión de pequeños y medianos trozos de velos blancos, desparramados al aire libre de su cause; de arriba hacia abajo, se van bulliciosos y alborotados, unos tras otros, hasta perderse en el vientre de la tarde; que cada vez más y más se va desinflando, como una cámara de aire, presionado por el espacio, va arrastrándose imparablemente, hacía el seno de la noche.

Ya es la hora de la comida, la noche está de regreso sobre nosotros, sobre esta parte del planeta que se retrasó, por no irse con la tarde al fondo del firmamento; entonces cojo en  mis manos el plato y la cuchara, que mi madre usaba y aún, veo cerca de mí el cucharón, que también cuelga en la cocina y lo usaba, para servirnos los alimentos como sus hijos; en aquellos momentos tan felices, que poco a poco se van alejando, para resbalarse al abismo del olvido.

Como las gotas de sudor, que corría por su frente, por sus mejillas, de una mujer trabajadora, como una buena Tauquina, que vives en mi corazón; pues, al usarlos lo siento el sabor de tus labios, como un beso cariñoso de Madre, como un abrazo fuerte y sincero de amor maternal, que me diste en aquellos días de mi infancia, que muy distante y muy adentro de mi alma sigue palpitando y meciéndose a la caricia del viento.

Estoy seguro, que tú estas pendiente de nosotros tus hijos, aunque del más allá, desde la eternidad; como quisiera precisar, de cual de las dimensiones me estarás mirando; tu sabrás, que hay muchas dimensiones, que la mente del ser humano, todavía no ha llegado a explorar, ni a descubrirlo por ser tantas y tan lejanas, y otras tan cercanas, que solo escucho tu manifestación; pero, aún, no puedo coger tus manitas frías, tan frías, como la distante cordillera blanca de los andes.

Cuando me encuentro, bajo los árboles, bajo los alisos, como quién retrocede sus pasos a lo largo, a lo largo del tiempo; que va quedando como un cielo tendido sobre la tierra.

Observo los nidos de las palomas silvestres, de color ceniza, que mansa y agradablemente vuelan, tocando el aire tibio de la sierra y cuelgan en los árboles más altos sus nidos, y quién subía, podía encontrar a sus crías abiertos sus piquitos, esperando el bocado de la madre que vuelva, durante el soleado día del mes de Mayo.

Pues, en su conjunto, representaban estos nidos en los coposos árboles; como cuando se anidan el amor, en el seno de las madres, brindando el calor de vida, en todos los estratos sociales; como la Casa de Tapugón, mi casa de campo, como todos los campos del mundo.

Que en cada nido, en cada cuna de la esperanza, se ve brotar y aflorar, todas las auroras del amanecer, traslúcidas en cada hoja, en cada rama, el encanto en toda la humanidad; toda entera sobre este planeta y que se deja mirar por la rendija del paisaje terrestre, hasta tocar con los ojos, el lejano azul del inmenso firmamento.

Madre, ese poncho que me confeccionaste, todo de lana pura de oveja, de color nogal, claro caramelo, con un cuello de cantar y con ribetes de tela más oscurita de amar; para protegerme del frío de las mañanas y de las tardes, sin sol y aún, más, de la lluvia de invierno o del granizo, caído del cielo retasado, para unirte con el alma y con el corazón de una madre, amorosa enquistada en mis pupilas color de mar.   

También, la alforja, que me dejaste y que la tengo de recuerdo en el alma, con los colores de vida y esperanza que nunca muere; porque en sus extremos de sus cuatro puntas, lleva los manojos de los rayos del sol, en trenzas de cariño y de amor que rodean mi sombra y mi corazón, en un tibio calor de vida.

Todos llevan en sus almas, el calor del sol y por los aires, dentro de esa claridad, cruzan tantos vuelos, que ascendiendo y descendiendo se pierden entre las nubes de luna y de amor.

Me apresuro hacia el medio día y me revuelco en tu agonía, como un madero carcomido por el viento, que ya no retoña la alegría; aún que con ojos de agua marina, quisiera de lejos mirar el suelo, que recostado regresa a rastrear las yemas, que en la madrugada se fue, lejos, tan lejos;  se ha perdido en el fondo del cielo, que se ha quedado, como un vidrio quebradizo y que hasta pareciera, que está sangrando, sin ninguna compasión.

Todo el valle quieto y sosegado, Hualalay se duerme entre sus manzanas; el cielo plomizo de la tarde lluviosa, lleno de juncos y bastantes álamos y saucos, que el viento acaricia, por las acequias y caminos, junto a ellos se acerca una sombra, la sombra del sol que muere en la tarde.

 

 

 


 

 

LA FIESTA PATRONAL

 

La luz de la aurora, venia rayando el azul cielo del pueblo de Tauca. Por calles y plaza un olor a trasnochado se levanta hacia el firmamento, con un sabor a fiesta, que se enclava en el pecho y el toque de campana, de la torre mas alta de la plaza de TAUCA; trasmina todos los corazones de los cristianos católicos, abriendo el camino hacia e1 altar de la Iglesia “Monumento Histórico y Artístico Nacional” del pueblo de TAUCA; que se levanta como una joya de religiosidad, hacia el límpido y cristalino cielo, sonriente de un jubilo día; mientras que las bodegas y tiendas, contentas, se abren al placer de la costumbre, del cántico  Tauquino.

Los caudales de aurora, que se derraman cada amanecer, sobre las eternas cumbres; cuál oro blanco de suspiro; ...¡Oh!, pincelada de artista en el saliente. Respiro fresco de la primera hora de la mañana; ...¡Oh!, blanquisima mirada, pestañear del cielo.

Pues, comienza el día, el día está llegando a una parte de este planeta y luego, huye apresurado, calle abajo, por el mismo corazón de este pueblo de TAUCA, y se empoza regocijado y tierno, sobre las aguas de esta pequeña lagunita, que junto al estadio y al campo santo de los muertos, espera y sigue esperando, que una dócil mano del pueblo, cariñosamente la despierte, con la orilla de la luz verde de la mañana.

Para abrigar su aposento frío, de una helada madrugada. ¡Oh!, amanecer de serranía.

¡Oh! placer sin par de los andes; eres todo, un todo corazón, que se desprende del cielo, para vivir por siempre y para siempre a la altura de tu infantil pecho, que abraza y que te adora como un tierno amor.

¡Oh! claridad infinita, que cruza los aires de la tierra y en esa parte inferior al final del claroscuro;  se guardan ese olorcito, de tantos tallos antiguos, de ramas secas y aún todavía húmedas, mojadas por las gotas de lluvias, que hace tiempo, cayeron enmudecidas del cielo, y que soportando tantos vientos, van quedando escondidos, en las mismas sombras de los arboles y plantas, que el cosmos mantiene sembrados en la propia tierra.

Las lomas y los cerros sentados y abrazados, húmedas por el frescor del rocío, caídos durante la madrugada, que trotando pasó, como una caricia de palmada y dejo las aguas heladizas, por el descenso de la temperatura,  en verticales cristales colgadas de las rocas; para luego, deshacerse en los cauces de las quebradas, que nacen de arriba del estío; como las aberturas del envejecimiento del tiempo, y se extienden como rasguños, de arriba hacia abajo, en la falda del cerro de Angollca; bajo la  sombra de la mañana, que se encoge en una raya de luz  y  se guarda en las arrugas de tu frente.

Por la cuesta de Los Molinos. Por donde suben y bajan los que van y los que llegan de Corongo. Por la acequia que bulliciosa  movía y giraba la pesada piedra circular del molino, como el viento, que hace  rotar a la tierra y entre sus aguas, corría el gemido de una joven mañana, en permanente ruido, juguetón y divertido, para los que usaban los molinos y acoplaban sus cantos de amor y de tristeza, bajo un sol tibio de esperanza.

Más arriba la mirada. El cerro de Angollca enclavada entre las blancas nubes, como quién alcanzar el cielo quiere, y su cúspide se escondió en el corazón mismo del tiempo, para mirar la eternidad de los andes, que allá, ...lejos, muy lejos quedan.

Todos los cerros. Todo el valle, duermen igual, no han cambiado en su estructura, tampoco en sus costumbres, el verde de la mañana despierta y camina como todos los días, tras de la tarde se esconde y  gateando hacia las orillas, la noche de luna llena espera.

En aquellos bejucales de cada lado del camino, se van quedando las viseras del día, como algo tan callado y  dolorido, que muge cuando se le mira, y se resbala por el aire cuando se le acaricia, como un animal dispuesto a herir al quién se le acerca, dentro del polvo amarillento, soleado y calizo, que solo duerme, cuando la noche se enferma como una parturienta.

Luego vienen los zarzales, de hojas verdes como la propia vida,  que zumba a la orilla de cualquier estrella, por que los caminos y los cercos, se están desmoronándose en el limite  de la luna y de la sombra, como dos caminos que se bifurcan, sin pensar, para que sirve ni para que existe, en la vida.

 Los zarzales trepaban, por esa luz oblicua, que dibujaba el perfil de la sombra; mientras que en los campos, una yunta de bueyes, abren los surcos de la verde vida, para sembrar los tiempos y germinen las estrellas, en un silencioso beso de luna, con rumbo directo, al ceno de los cielos.

Quién, anteriormente pasaba, por el lugar denominado Alaypampa, en donde producía la mejor de las manzanas y hoy en Hualalay; saborear una de esas coloradas manzanas; pues, era saborear gustosa, una infinita dulzura de cariño y de corazón, y que en un chasquido húmedo de paladar, conformaban gotas dulces de rocíos, de una incomparable y placentera satisfacción.

¡Oh! que agradable y apetitoso era divertirse y entretenerse, bajo las penumbras de aquellas ramas de manzanos o de las demás plantas frutales, que a vuestro paso, deleitaba el sabor de los carnosos labios del visitante y que al merodear por aquellos lugares, me parecía que la luz del día se había paralizado, sobre la basta y eterna serranía.

Acariciando las alturas, de todos los promontorios, que rebosante y ameno esperaba, que brotara desde lo más profundo de aquel suspiro, que se perdía en el sueño, extraño y único en la incontrastable serranía, pintada con la acuarela mas relumbrante del tiempo de la felicidad.

¡Oh! tierra Tauquina, eres un valle de paredes de cristal y en ti vibra mi corazón entero y en cada paso, que dan las manecillas del reloj; voy sembrando el amor, que me diste en el huerto de la ciudad y en los caminos de tu alma, para no perderse en el solitario espacio,  se esconde bajo la sombra de una cóncava altura; que de azul se pinta, veteado de nubecillas en la claridad, que se sujetan en cada extremo del horizonte.

Todos los hombres de la tierra, solo tienen y cuentan con un mismo lugar de nacimiento, nadie podrá decir: Que ha nacido dos veces; pues, esta es la única tierra de nuestra vida, de nuestra existencia, que prendida de los recodos de nuestra mente, viajará eternamente, como  una rosa, fresca y perfumada, sin que la adversidad del tiempo, marchite en lo mas mínimo, su mocedad y lozanía eterna.

La fiesta patronal del pueblo ha comenzado, desde el 31 de Julio de cada año, el pueblo se alborota en sus quehaceres. Los caminos de todos los puntos, de todos los caseríos, llegan cansados y polvorientos al pueblo de TAUCA, y luego de bañarse en la aurora dejada por la mañana, salen a las calles empedradas y el pueblo entona su alegría y estallan sus cohetes en el aire frío,  iluminando sus noches de luna llena.

El patrón Santo Domingo de Guzmán, listo en el cielo, esperando para descender, por el camino de madero, que lo conduzca directo hasta el pueblo, que con alabanzas y cánticos de sus Yaravías, todos, todos sus creyentes, emocionados los esperan, como una reliquia de fe y esperanza, que corre en la sangre de todo Tauquino, con puerto y destino bien conocido.

El multicolor folklórico de sus festejos, reúne los colores de primavera de todos los tiempos, de todas las mañanas y de  las tardes; para festejar y promover el regocijo y la alegría, que corren a chorros, por las calles del pueblo y se adentran en los ojos azules del cielo; al son de la armoniosa música, que los instrumentos de la región, las produce como las flores de los huertos en primavera.

El patrón Santo Domingo de Guzmán, recorre  en  hombros de sus fieles, por las primeras arterias de la ciudad, sobre alfombras, hechos de pétalos de variadas flores de la región y va regando su luz de alborada, con el áureo reflejo de su capa. El fino rayo del sol, se anida en la aureola de su frente y de ella sale una sagrada bendición, que se derrama sobre el rojo crepuscular de la tarde, como un manto diluído de colores que envuelve a todo el globo terráqueo.

La imagen a regresado a su sagrado aposento. En la plaza y en las calles de la ciudad, se agolpan en parejas para danzar, como las estrellas de la serena noche,  que al compás de la banda de músicos, de los chirocos, guitarras, quenas, rondines, flautas y otros tantos, instrumentos musicales de cuerda y percusión; acompañan al cadencioso zapateo del huayno, que hacen temblar la ciudad toda, con sus alrededores en conjunto y para dar más fuerza, su trago de licor moja la garganta, como un balde de agua que se arroja a la fragua, y sigue la danza, como si con los pies se aplanaran las calles de pura piedra, que se forman en toda la inmensa sierra.

El pueblo baila, bebe, come, se divierte, se alegra y el aire al polvo levanta, como una tarde nublada, dentro de un sabor de fiesta, que en la boca de su gente se encierra.

Los devotos, tiran la casa por la ventana y en la gente del pueblo, estallan satisfacciones de haber comido, hasta ya no poder. Pero siguen bailando, el pueblo sigue alborozado; las tristezas, los pesimismos, los disgustos, todos, todos los han arrastrado y arrojado al vacío, ya se quedaron atrás, ya no hay odios, nada ni nadie, enturbiara la felicidad de las miradas del pueblo; todo se aúnan  al regocijo festivo del mes de Agosto, para ellos no existe ni abra un final en el mundo;  no temen ni piensan, que algún día, vengan copiosas lluvias, para derribar sus campos o sus caminos o algo parecido a los terremotos.

Las casas sonríen, los campos se recrean en sus sombras, los cerros se alborotan y se regocijan al ver que dentro de sus entrañas existen pueblos como TAUCA; que conservan sus costumbres, su folklore, su fe religiosa, característica de los pueblos de la sierra, que acortan las penas y alargan los años de inmensa felicidad; que todos los hombres sueñan, tiernos abrazos, besos floridos, como un cielo que nunca se despinta y no pierde su color de cielo ni menos su sonrisa.

La noche venteada y entorpecida con tantos cohetes y resonancias, los cerros quietos y observadores del transcurrir de la fiesta de Agosto. La luna llena se cuelga del cielo y gira de brazos en la plaza de armas de TAUCA, todos alegres. Las damas en rebosadas de azul marino y flecos de amor, anudados como tantas flores azulinas, que se esparcen al aire libre; como besos que vuelan, y los varones de ponchos abanos, color claro de nogal,  todos de blanco sombrero bailan y que bailan, hasta faltarles el aire, que agitadamente se respira; bajo una noche sudorosa, que se arrancan todas las venas del corazón.

La Noche toda, danza de alegría y la claridad del cielo de luna, se expande al son de la música, por todo el pueblo. Con el corazón palpitante, bajan y suben constantemente,  por las calles adoquinadas con piedras. La noche medio inclinada, se adentra en el desdobles de la sombra de la luna, para abrir el consuelo de los hombres de la tierra.

La plaza de armas del pueblo, bulliciosamente penetra en la intimidad de la noche, trasponiéndose debajo de aquel manto claro de luna llena, que bondadosamente  la acoge, entre los brazos de una noche, que desvela y no duerme; porque la fiesta prosiga sin cesar, y sus luces artificiales pretenden perforar a lo más alto posible de la atmósfera, hasta llegar al cielo azul de estrellas.

A la distancia, una sombra de luna, se proyectaba redondeando, los secretos de la noche y de ella, se levantaba la polvareda, hasta rozarse con las colinas contiguas, y dejar empinada las ásperas aristas de las rocas; mientras se rociaban, sobre la agramada pajilla, el eco de los cánticos y de las notas musicales, que el pueblo escribe, calladamente en los repliegues del recuerdo.    

Todo el pueblo siente, que la música distante o cerca, va y viene; todos de la fiesta, las aprietan tan fuertes con las manos, para que no se escapen; pero, llegan al filo del amanecer y se derriban, cansadas y agotadas de tanto licor, hasta la siguiente noche; que dentro de una fría madrugada, se queman todos los fuegos artificiales, todos se revientan, todos estallan y sus resonancias se expanden a los horizontes; mientras que los zapateos se filtran por la tierra, hasta el amanecer, y rebotando sobre el alba, se pierden en el espacio, para ya no volver.

La fiesta ha concluido. La alegría queda sostenida de los techos de tejado, derramada de color de tierra colorada, hasta el próximo año venidero y todas las sonrisas quedan enterradas; para luego regresar y acariciar los cerros silenciosos, que siempre rodean al valle, desde todos los frentes.

¡Oh! TAUCA, eres pues, un precioso cofre  de  claveles, llenos de recuerdos y de las esperanzas, que se anidan en tus saucos y se tejen en tu pecho fértil como la tierra.

Mientras, todos acarrean de aquí, para allá, con caras tristes de amor, como viento pálido de ruido y de negro corazón, van quedando todos los caminos, enterrados sin sabor; pero, lleno de pureza, sobre las sementeras de maíz, de trigo o de tanta labor, que ha arrastrado las gotas de sudor, por los recodos de sus mejillas arrugadas y quemadas por el frío de los andes.

Las nubes se desplazaban bajo el cielo, como blanquísimos vellones de lana pura de ovejas y simultáneamente se multiplicaban a pasos agigantados hacia la distancia, donde los vientos bordeaban las colinas y las montañas, que sumergidas en aquél algodón, se disponían alcanzar la bóveda celeste del corazón.

Cariñosamente estiro la tensa imaginación, sobre el tiempo rudo y pálido, para que de esta manera, se pueda dar el alcance, preciso y necesario a los últimos recuerdos, que confusamente se perciben, antes de fenecer sumergido, en ese mar de los olvidos.

Después, la recorro lentamente, con el calor de mis manos y entre ellos, tiernamente acaricio, el frescor de todas las flores del mundo.

Ha llegado el séptimo día del mes de Agosto, la fiesta se ha terminado. El tiempo ha retrocedido. Las mañanas se han enmudecido, como las tardes y el pueblo, está sosegado y quieto semidormido. El sol, parece que se ha ausentado y la luna se a hundido, hacia el fondo del cielo.

Los campos soleados, se ocultan unos tras otros, como quién busca algo perdido, en un campo verde lila, por encima de una tierra fértil y negruzca, un poco al borde de los ríos, más o menos silenciosos, como para regresar pacientemente, entre dalias y girasoles, a escarbar los recuerdos idos.

El cerro de Angollca encorvado, de reojo mira y llora, encogiéndose de pronto de hombros, como si se mirara aún espejo, apenado por dentro, en un incomodo asiento, por que la tarde de color pardo ya está por morirse.

Mi Casa de Tapugón, de color de tierra, con un triste rojo amarillento, más próximo a la oscuridad, enclavada en la vertiente del cerro de Angollca, se profundiza en la desdoblada umbría tarde, solitaria y en silencio se aleja, más y más de mi lado...  Desconsolada,  como si no quisiera, quedarse en la distancia; pero, enmudecida casi llorando... se queda dentro de la penumbra de la noche, y se seguía quedando, irremediablemente, con todos mis recuerdos... y al despedirme; también, me cayeron melancólicas lágrimas, como lluvias frías, tan frías de invierno, que se hicieron afligido nudo en mi garganta... y con la mano derecha entristecida... hice señas, tantas señas... para darle el último ¡Adiós!...  ¡Adiós!, para siempre...¡Adiós! para siempre... 

 

 

Fin

 

                                   (Revisado, Lima, 23 de Octubre de 1999)