- Relatos -

 

 

Pasaje a través de un sueño
(Relato)
1964

 


 

 

PASAJE A TRAVÉS DE UN SUEÑO (relato corto) (1964), en donde la nostalgia y la felicidad caminan juntos, en una aventura de juventud, orientados a la fugacidad de la vida y al encuentro del misterio de la muerte.

( fragmento pág.30) ... “ Una vez dentro de ella, mirando a oscuras, buscó un sitio en donde acostarse; y encontró, en un rincón, hojas secas y trozos de madera arrumados que, posiblemente, sirvieron de leña, para cocinar a sus dueños o huéspedes; pues, junto a esto había indicios de una antigua fogata.

                   La choza en sí misma era vieja, su techado de paja y barro se caía por trozos, ya que, debido a la antigüedad, las maderas que la sujetaban estaban muy apolilladas y cedían ante el peso. Las paredes, construidas con indistintas y geometrales piedras, se habían ennegrecido por la humedad del ambiente.

                   Jehiner, recostándose encima de aquél montón grande de hojarascas se dispuso a descansar y meditar un poco. Comenzó, entonces, a escrutar su vida pasada, su presente y el futuro que le esperaba lejos de los suyos, interrogándose continuamente:

 

 ¿Tendré suerte en este viaje hecho al azar?

 ¿Lograré hallar la dicha y fortuna que no tuve?

 ¿Habrá; cerca de aquí alguna población?

 ¿Cuál debe ser la ruta que debo tomar?

¿Y, mi familia que hará a esta hora?.

¿Me estarán buscando, acaso?.

¿A lo mejor nada?.

¿O, tal ves están alegres de que me haya marchado?...

        

Esta sola acumulación de preguntas inconclusas y sin respuestas, turbó la mente de Jehiner; quien con el alma acongojada y acobardado, bajó la mirada, a la vez que gruesas lágrimas se agolpaban en sus ojos.

         Durante aquél día, Jehiner, desde que partió no había probado alimento alguno y sintió hambre. Pero, sus pensamientos eran más fuertes que sus necesidades físicas; y así, con el cuerpo desfalleciendo,  los  labios  resecos  y  el  alma adolorida, con voz muy triste empezó a pronunciar el siguiente poema:

 

¡Ah!, noche... Triste noche

jamás pensé que eras tan fría;

a pesar de que lecho no tengo

tú te muestras tan vacía.

 

El infortunio, en mi alma

ha puesto su negra espada;

hiriendo en  lo profundo

las mustias rebalsa.

 

¡Dios!, Ay, Dios recuerda a mi madre

que en las nubes un día se fue;

recuerda y decidle, a esa buena mujer,

que con una estrella

mande su   bendición.

 

Yo soy,   el hijo  que  ella dejó,

sólo, sin amor

como la hierba sin Sol.

Pues, soy parte de su carne

que no tuvo canción.

 

¡Oh!, Dios, ¿ para qué me diste la vida

si no encuentro la felicidad?.

Ya rodó entre las rocas la luz,

la esperanza. Ya no hay el riesgo

 

 que revivan las caricias

del adolescente aromal,

secaron sus glorias, secaron

sus inocencias.

En un cuadrángulo deprisa

secaron su felicidad.

 

         Y, terminaba así, nuevamente, otro momento de gran inspiración para el joven Jehiner. Que ahora, ya conscientemente despierto la había expresado en palabras, enlazadas, unas a otras y en versos más o menos aparentes, pero, que brotaban de su más pura imaginación.

         Por lo demás, toda la santa noche fue brumosa, angustiante, para él. Y, como, también, en todo el día no había probado alimento alguno; sintió hambre y sed, pero, hablando las mitigó un poco.

         Cerca de la madrugada, con el cuerpo agotado por el cansancio del viaje y el sueño, recostado sobre aquel conjunto de hierbas resecas por el tiempo, en aquella choza se quedó profundamente dormido. “